Naamán

2 Reyes 5

“He aquí yo decía para mí…”
(2 Reyes 5:11)

La amarga experiencia de Naamán

Un hombre está ante la puerta del profeta Eliseo. Es de una elevada posición social, y viene de la vecina Siria, acompañado de un gran séquito. Sin embargo, la misión de este oficial de alto rango (general del ejército sirio) no es de orden político ni diplomático. Se encuentra frente a una grave dificultad personal: está herido de una enfermedad incurable. Sus éxitos militares no cuentan para nada, porque en este momento se trata de su vida. Los médicos consultados no pueden ayudarle. Está herido de lepra, enfermedad insanable y sin esperanza.

No obstante, un rayo de luz se deja ver en el horizonte. Una joven del pueblo de Israel, además una prisionera, dio un consejo a su esposa: El señor debería ir al profeta de Israel; él podría ayudarle. El hombre se pone en camino. Después de algunos rodeos, por fin se detiene, sin duda ansioso e impaciente, delante de la puerta del hombre de Dios.

Sin embargo, Naamán, el sirio, también se imaginó con cierta convicción de qué manera debía ser curado. Ya había reflexionado sobre esto y llegó a la conclusión de que el profeta Eliseo debía recibirlo con todos los honores de su rango, invocar solemnemente el nombre de su Dios y finalmente poner su mano sobre la piel enferma.

Pero, ¡qué decepción! No hay acogida solemne, ni señales de respeto. El profeta únicamente envía a su siervo a la puerta. El mensaje que se le transmite es peor todavía: el gran hombre de Siria debería bañarse siete veces en el Jordán. ¿Así se trata a un hombre que está acostumbrado a que todo el mundo le obedezca? Lleno de cólera, se desvía y se prepara para regresar a su casa.

Los motivos de la decepción

Detengámonos unos instantes en este punto de la historia. Conocemos el final feliz de la historia de Naamán, pero no nos vamos a ocupar de eso. Preguntémonos, ¿por qué se puso Naamán furioso? Probablemente uno de los motivos es que ha sido herido su propio «yo». ¿Cómo se atrevía a obrar así con él, cómo se podía pedirle que se bañara en un río de Israel, mientras que los ríos de su país le parecían mucho mejores? ¿Qué pensaría la gente?

Seguramente por otra razón, la invitación de Eliseo le parecía demasiado fácil. Naamán estaba dispuesto a llevar a cabo grandes cosas, a gastar una fortuna. ¿No había traído con él expresamente mucho dinero y numerosos regalos? Lo que el profeta pidió no tenía valor para él.

Un tercer motivo se pone de manifiesto. Naamán vino con ideas preconcebidas y precisas, pero las cosas se desarrollaron de forma diferente. Confesó: “He aquí yo decía para mí...” (v. 11). Ahí se origina toda su decepción. El mensaje que el profeta le hizo llegar era demasiado diferente de lo que había imaginado. Decepcionado y molesto, se volvió furioso. Si sus siervos no le hubiesen hecho entrar en razón, habría muerto de su enfermedad.

Ideas humanas concerniente a la salvación

Las pocas palabras de Naamán: “He aquí yo decía para mí...”, ilustran el estado espiritual de muchos en nuestros días.

En primer lugar, podemos aplicarlas a los incrédulos que procuran resolver el problema de su culpabilidad y pecado. La lepra de que Naamán estaba herido es, en efecto, una imagen del pecado que separa al hombre de Dios. Para ese problema sólo existe una solución: la que Dios ha dado. El único medio de salvación es la muerte de Cristo en la cruz. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Sólo hay un camino, no dos.

Hoy en día, numerosas son las personas que tienen dificultad para comprometerse en ese camino. No quieren aceptar con sencillez lo que Dios dice. Al igual que Naamán, se sienten heridos en su propio «yo». Como él, encuentran ese camino demasiado fácil y tienen sus propias ideas sobre la manera en que pueden ser salvos. Muchos falsos caminos de salvación existen en nuestros tiempos. Están según la medida e imagen de la fantasía y de los pensamientos del hombre, pero nunca llevan a bien.

El diablo se ingenia para dar a los hombres nuevos medios imaginarios por los cuales podrían hallar la salvación. Siempre es el hombre que quiere o debe hacer algo para ella. Sin embargo, ante Dios todos esos esfuerzos son vanos. Tiene poca importancia lo que pensamos. Es necesario que nos comprometamos en el camino de salvación que Dios nos ha ofrecido. Con un “he aquí yo decía para mí”, uno puede sólo perderse. Debemos aceptar lo que Dios dice, hasta si difiere totalmente de lo que podíamos imaginar.

La ayuda de Dios — nuestras reflexiones

Sin embargo, las palabras de Naamán son una advertencia para nosotros los creyentes. ¿Cómo nos conducimos cuando se nos presenta una dificultad? Quizás nos volvemos a Dios, y oramos, pero al mismo tiempo ¿no tenemos ya forjada la idea de cómo debería ayudarnos? Si Dios responde de manera diferente, entonces nos decepcionamos. Decimos como Naamán: “He aquí yo decía para mí...”.

María y Marta, las dos hermanas de Betania, estaban muy preocupadas. Su hermano Lázaro estaba enfermo. Con toda confianza, se dirigieron hacia el Maestro diciendo simplemente: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:3), pero en el fondo de sus corazones —la continuación del relato de Juan 11 nos lo muestra— se habían imaginado que el Señor pronto vendría para sanar a Lázaro. A esta conclusión llegaron después de haber reflexionado. No les vino a la mente que el Señor podía haber obrado de muy distinto modo. A causa de esto, primero estuvieron decepcionadas y tristes; luego, cuando el Señor intervino, estuvieron muy asombradas. Sin embargo, por medio de esta resurrección, aprendieron a conocer la gloria del Hijo de Dios de una manera totalmente nueva.

¿Significa esto que no debemos reflexionar? De ninguna manera. La capacidad de pensar juiciosamente es un don del Creador por el cual debemos ser agradecidos. No obstante, no debemos llegar a ser esclavos de nuestros pensamientos, ya que no evolucionan sino dentro de un marco muy limitado. Como seres humanos, estamos ligados al tiempo y al espacio. Las experiencias del pasado nos llevan a sacar conclusiones para el futuro. Pero la lógica humana no es la lógica divina. Dios no está limitado por el tiempo ni por el espacio, y sus posibilidades no chocan contra ninguna barrera. “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9). A menudo, buscamos desesperadamente todas las soluciones posibles y olvidamos que Dios quizás nos reserva una sorpresa. Su manera de intervenir puede ser totalmente diferente de todo aquello que hubiéramos podido suponer.

¿No tenemos tendencia a querer traer nosotros mismos algunas cosas para solucionar nuestros problemas? Por supuesto, pedimos la ayuda de Dios, pero, al mismo tiempo, pensamos en todas las iniciativas a nuestro alcance. Entonces, Dios debe hacernos sentir nuestra incapacidad.

Consideremos otro ejemplo: El pueblo de Israel estaba unido para combatir contra los filisteos. El gigante Goliat quitó al rey Saúl y a sus tropas toda esperanza de victoria. Temblaban de miedo. David, entonces, el joven pastor, salió a escena, dispuesto a enfrentarse con el gigante. ¿Qué hizo el rey Saúl? No tenía fe ni confianza en Dios. Sólo contaba con su razonamiento humano. Reflexionó y llegó a la conclusión de que sus armas eran de gran utilidad. ¿Podría David ir al combate sin ayuda alguna de su parte?

Pero, poco después, David dio a Goliat la respuesta adecuada. Dijo: “Sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza” (1 Samuel 17:47). La espada y la lanza eran, según el razonamiento humano, las únicas armas con las cuales Goliat podía ser vencido. Sin embargo, para Dios no servían de nada. Tenía posibilidades muy diferentes. David contaba con esto, al contrario de Saúl y del pueblo.

“He aquí yo decía para mí...”. Con esta disposición de espíritu tendremos numerosas decepciones. Descansemos con toda confianza en nuestro Dios, sin limitar sus posibilidades de intervención a nuestras capacidades de reflexión. Nuestras extremas situaciones sólo facilitan a Dios ocasiones de manifestar su poder. Este pensamiento debería animarnos continuamente, y sobre todo cuando no vemos salida. Nuestro Dios siempre tiene una.