Un pueblo propio, celoso de buenas obras

Tito 2:13-14

Los resultados de la obra redentora de nuestro Señor son múltiples, y no estamos en condiciones de comprenderlos todos a simple vista. Dios nos presenta los diferentes aspectos de ello en su Palabra. Veamos en particular este pasaje de la epístola a Tito: “Jesucristo... se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (2:13-14).

Si uno hace la pregunta: ¿Por qué Cristo se dio a sí mismo? hay aquí dos respuestas:

  • Primero, quería redimirnos de toda iniquidad. Es lo que hizo por nosotros.
  • Segundo, quería un pueblo propio, celoso de buenas obras. Es lo que quería para sí mismo.

Redimir

La palabra «redimir» nos hace pensar en un precio o en un rescate. Se trata de una liberación por medio de un pago. Por naturaleza estábamos todos cautivos, en los lazos del pecado. Vivíamos en la “iniquidad”, es decir que andábamos sin ley, sin preocuparnos por la voluntad de Dios. Al mismo tiempo, éramos esclavos del pecado. Es un inmenso error creer que los hombres sin ley son hombres libres que pueden hacer lo que quieren. Romanos 6:15-23 pone esto a la luz. De hecho, el hombre sin ley es un “esclavo del pecado” (v. 17), está en los lazos de Satanás y del pecado. Solo puede pecar. Cada hombre está en tal esclavitud por naturaleza. Pero el creyente ha sido convertido en otro hombre. Ha sido puesto en una verdadera libertad. Cuando “anda en el Espíritu”, es capaz de no satisfacer “los deseos de la carne” (Gálatas 5:16). Puede estar entonces a disposición de su Señor y Salvador para servirle.

Purificar

No estábamos solamente cautivos sino que también estábamos manchados. Por eso debíamos ser purificados. Esto también lo hizo Cristo por su obra en la cruz. “Nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). Así somos ahora seres purificados.

Un pueblo propio

Pero esta purificación no tuvo lugar para ser un fin en sí misma. Se dice: “Para... purificar para sí un pueblo propio”. Cristo desea tener algo para sí mismo. Por la purificación somos hechos aptos para su presencia y estaremos un día junto a él. Pero desde ahora podemos ser un pueblo que le pertenezca y que sea celoso de buenas obras.

Israel, el pueblo terrenal de Dios, había sido escogido también para ser su pueblo. Dios había dicho: “Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra” (Éxodo 19:4-5). Y más adelante: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó” (Deuteronomio 7:6-8).

El pueblo de Israel nunca respondió realmente a este llamamiento. Al final del Antiguo Testamento no había más que un pequeño remanente, pero Dios dice respecto de ellos: “Y serán para mí especial tesoro” (Malaquías 3:17).

Hoy los creyentes constituyen un “pueblo para su nombre” (Hechos 15:14), “pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9). Dios desea regocijarse en nosotros. Lo que no encontró en Israel antes, lo busca hoy en los que recibieron a Jesús. Nosotros, que por naturaleza éramos esclavos, podemos vivir ahora en una condición nueva, con motivos nuevos, y regocijar a nuestro Señor.

Los cristianos no pertenecen más a sí mismos, ni individual ni colectivamente. Cada uno de ellos es propiedad del Señor, y todos juntos constituyen su pueblo. No disponemos más de nosotros, sino que debemos vivir para la honra y la gloria de Aquel que nos redimió y purificó.

Celoso de buenas obras

Se agrega todavía: “celoso de buenas obras”. Los cristianos no hacen buenas obras para recibir algo, sino porque han recibido algo. Esto distingue de una manera clara al cristianismo de todas las religiones humanas, pues en estas, el hombre siempre debe hacer algo. Los cristianos poseen la salvación de Dios. Y porque Cristo se dio a sí mismo por nosotros, nosotros nos damos ahora a él (compárese con 2 Corintios 8:5). Esta es nuestra respuesta a la gran salvación de Dios que nos ha sido dada por pura gracia en la persona de su Hijo.

Notemos que no se trata de hacer alguna buena obra de vez en cuando, sino de que seamos “celosos” de buenas obras. Bajo la dirección del Espíritu Santo, podemos abundar “en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58). Las buenas obras son las que “Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Al fin de cuentas, cada manifestación de la vida nueva que nos es dada es una buena obra. Por eso los incrédulos no están en absoluto en condiciones de hacer “buenas obras” en el sentido divino, por más nobles que puedan ser sus actos según los criterios de este mundo.

Las “buenas obras” son mencionadas varias veces en la epístola a Tito. Pueden ser hechas en favor de nuestros semejantes, sean creyentes o no. En el versículo que hemos considerado, tienen por objetivo primordial agradar a nuestro Señor, para que él sea glorificado por ellas. Para toda actividad cristiana, es seguramente este el motivo más elevado.