Abigail

1 Samuel 25

Aun cuando cada israelita debía conocer su ascendencia y estar capacitado para demostrarla (véase Esdras 2:62), el origen de Abigail, sin embargo, es desconocido. Pero la Palabra de Dios no juzgó necesario revelar de qué tribu provenía, ni cuál era su genealogía.

En cambio, la Escritura consigna que era esposa de Nabal, “un hombre que tenía su hacienda en Carmel, el cual era muy rico, y tenía tres mil ovejas y mil cabras” (1 Samuel 25:2). En sí misma, esta prosperidad podía mostrar la bendición del Señor.

No obstante, el hombre tiende a no considerar más los dones que Dios le confía como una bendición, sino como algo que le pertenece, resultado de su fidelidad, de su piedad, de su trabajo y de su valor. Es el orgullo, la locura del hombre. Tal era Nabal (que significa insensato, impío; v. 25).

¡Qué matrimonio! Abigail, quien es presentada como una “mujer de buen entendimiento y de hermosa apariencia”, estaba casada con un insensato, un hombre “duro y de malas obras” (v. 3).

El contexto histórico

Saúl, el rey deseado por el pueblo, vivía y reinaba aún. Fue infiel, y Samuel se vio obligado a decirle: “Desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel” (15:26). Guiado por Dios, Samuel salió para ungir a David, un hombre según el corazón de Dios. Desde entonces, Saúl se dedicó a perseguir a David para matarlo. David se escondió. Al comienzo, cuatrocientos hombres estaban con él, y, más tarde, seiscientos (22:2; 25:13).

Errante en el desierto de Parán, David y su ejército llegaron a Carmel en Judá. Los hombres estaban cansados y tenían hambre. David envió diez jóvenes a Nabal con un mensaje de paz, y para pedirle un poco de comida: “Te ruego que des lo que tuvieres a mano a tus siervos, y a tu hijo David” (25:5-8).

Dios dijo: “Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”, “y no serás de mezquino corazón cuando le des” (Deuteronomio 15:11, 10). Sin embargo, Nabal no tuvo en cuenta lo que Dios había dicho; rehusó todo socorro a los siervos de David, burlándose de ellos y de su jefe. En su necedad, se preocupaba sólo de sí mismo. No más que en el versículo 11, hace resaltar muchas veces su «yo».

Nabal, el amo orgulloso que nada podía dar, esta-ba bajo el dominio de Satanás. Era como el hombre necio que sólo tenía deseos para los bienes materiales, y anhelaba construir mejores graneros, diciendo a su alma: “Muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”. Olvidaba que muy pronto vendrían a pedirle su alma (Lucas 12:16-21).

David, herido en su orgullo, decidió vengarse. Se ciñó su espada y pidió a cuatrocientos hombres que le seguían, hacer lo mismo. Destruirían la casa de Nabal mientras que otros doscientos guardarían el bagaje. Entonces intervino Abigail. Fue avisada por un siervo de Nabal que conocía bien a su amo y que presintió que el mal estaba ya resuelto contra su amo y contra toda su casa. Así ella se apresuró, tomó una gran cantidad de comida, sin comentarle nada a su esposo, quien en ese momento no podía comprenderla, y bajó al encuentro del ejército de David. Esta entrevista con el verdadero rey de Israel fue grandiosa. Se postró sobre su rostro delante de él, considerándose como su sierva, y hasta su esclava. David dejó sus ideas de venganza y acogió con favor el presente de Abigail.

Mientras tanto Nabal tenía banquete; la bebida corría en abundancia, y estaba plenamente ebrio. Al día siguiente, Abigail le contó fielmente lo que ella hizo. “Desmayó su corazón en él, y se quedó como una piedra. Y diez días después, Jehová hirió a Nabal, y murió”.

Cuando David oyó que había muerto, envío “a hablar con Abigail, para tomarla por su mujer”, y ella “siguió a los mensajeros de David, y fue su mujer” (1 Samuel 25:37-42). Dos hijos nacieron de esta unión: Quileab y Daniel (2 Samuel 3:3; 1 Crónicas 3:1).

La nobleza de Abigail

Abigail estaba casada con Nabal, unión que se rompió por la muerte. “La mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido” (Romanos 7:2). Se hallaba bajo un yugo muy duro, que soportaba con paciencia, esperando en Dios.

“¿Quién es David?” dijo Nabal en su insensatez. Mientras que Abigail, cuya fe estaba llena de discernimiento y sabiduría, vio en David al que pronto sería establecido “por príncipe sobre Israel”, aun cuando en ese momento, el exiliado era perseguido como “una perdiz por los montes” por Saúl, a quien ella llamó simplemente “un hombre”. Más que el futuro rey, veía en David, a quien llamó “mi señor”, uno de los vivos por la eternidad: “La vida de mi señor será ligada en el haz de los que viven delante de Jehová tu Dios” (1 Samuel 25:29-30; 26:20).

En estas circunstancias, Abigail fue más alto espiritualmente que el mismo David. Era la gracia entre la insensatez y el orgullo. Pues, en su deseo de venganza, David no actuó según la voluntad de Dios. Sus intereses inmediatos y su amor propio herido iban a inducirlo al error. En su sabiduría, Abigail intervino. David, el rey que Dios había escogido, no era el que debía ocuparse de sus enemigos para hacer correr sangre. Dios “arrojará la vida de tus enemigos como de en medio de la palma de una honda” (25:29). Abigail evitó una ocasión de caída para David porque ella poseía una verdadera apreciación divina tocante a él. Sabía quien era. Aplazó su deseo de hacer justicia por sí mismo recordándole que Dios, juez justo, se ocuparía personalmente de los malos. Estaba allí como un rayo de gracia en medio de las sombras de la ley. David no pudo menos que relevar esta fe y esta sabiduría, y bendijo a Dios que la había enviado a él.

Lo que representa Abigail

Como esposa de David, Abigail representa a la Iglesia más bien que al remanente judío. Su origen judío no es mencionado. Parece como afuera de la casa de Israel. Su unión con Nabal tiene similitud con el yugo de aquellos que, en conjunto, pertenecen a un amo duro, malo e insensato, rico en las cosas terrenales. Fue lo mismo que Satanás con Jesús cuando, llevándole a un monte, le dijo: “A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy” (Lucas 4:5-6). El usurpador y padre de la mentira podía desafiar a Dios, pero fue vencido.

Librada de sus primeros lazos, Abigail pudo pertenecer a David, como la Iglesia liberada de la tierra estará unida a Cristo por la eternidad.

En su sabiduría, Abigail trajo un “presente” a David. Reconoció su gloria como la Iglesia reconoce la gloria y el señorío de Cristo.

Al fin, como última analogía, Abigail, dejando atrás todos sus bienes, aceptó seguir a David en su rechazo.

De manera análoga, Asenat y Séfora también son imágenes de la Iglesia. Estuvieron unidas según la voluntad divina a José y a Moisés, imágenes de Cristo, cuando fueron rechazados y exiliados en tierra extranjera (Génesis 41:45; Éxodo 2:21).

La Iglesia no es la esposa de un rey de gloria establecido en la tierra, sino la de un Cristo rechazado, a quien nadie quiso recibir, que fue muerto como un malhechor en la cruz del Calvario y que está ahora sentado en el cielo a la diestra de Dios.

¡Qué hermosura moral hallamos en Abigail! Su prisa es mencionada en tres ocasiones: cuando procuraba llevar provisión a David y a su ejército (1 Samuel 25:18, V.M.); luego, cuando se postró delante de él para reconocer sus derechos (v. 23). Por último, cuando fue llamada a ser la esposa del verdadero rey, se dio prisa aún para encontrarlo a fin de vivir con él (v. 42, V.M.).