La Palabra de Dios

Carta a los jóvenes creyentes

Nunca insistiremos suficientemente en la importancia y el valor de la Palabra de Dios. El apego a esta Palabra debería caracterizar a cada creyente. No cabe duda que nuestro crecimiento en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo depende de la influencia que ejerza la Palabra de Dios sobre nosotros.

Si usted lee el Salmo 119, por ejemplo, verá de qué manera se relaciona la Palabra con la vida espiritual del salmista en cada una de sus frases. Muchas de sus expresiones nos humillan al mostrarnos el lugar que la Palabra ocupaba en los afectos del escritor sagrado. Dice particularmente: “Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras”; más adelante: “Pues tus testimonios son mis delicias”, y aún: “Y me regocijaré en tus mandamientos, los cuales he amado” (v. 16, 24, 47). Exclama: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”; y otra vez: “Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro” (v. 97, 127). De la misma manera, Job dice: “Del mandamiento de sus labios nunca me separé; guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23:12). Desde esos días lejanos y hasta ahora, la misma actitud se halló en todos los creyentes serios y espirituales. En esta carta me propongo mostrarle algunos de los varios aspectos bajo los cuales la Palabra de Dios es presentada en relación con los creyentes.

1) Es el instrumento del nuevo nacimiento

“Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23). El Señor enseña lo mismo en Juan 3: el hombre debe nacer de nuevo, de agua y del Espíritu (v. 3, 5). Sabemos que el agua es el símbolo de la Palabra.

2) Así como es el instrumento del nuevo nacimiento, también es el alimento de la nueva naturaleza

Pedro escribe: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:2-3). En Deuteronomio 8:3 y Mateo 4:4 aprendemos que “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. La Palabra es el alimento y el sostén de nuestra vida espiritual durante la travesía del desierto. Es el alimento del cual sacamos nuestra fuerza en Cristo. Digo “en Cristo”, porque ya sabemos que Cristo es nuestro alimento, tanto el maná en el desierto como el fruto de la tierra; lo había sido anteriormente para los hebreos, como cordero de la pascua, asado al fuego, en Éxodo 12. Cristo nos es revelado bajo estos caracteres solo en la Palabra de Dios. Si deseamos recoger nuestra porción diaria de maná, nada es más valioso que la lectura de los evangelios y de las epístolas, en los cuales Cristo nos es presentado bajo este aspecto: humillado, rebajado, despojado. Y si deseamos alimentarnos de él como el fruto de la tierra, lo hallaremos en las epístolas como el hombre del cielo, sentado a la diestra de Dios, coronado de gloria y de honra, llenándolo todo, y esperando la hora en la cual su Padre le mandará para recogernos e introducirnos con él en los lugares celestiales. Las Escrituras son los delicados pastos en los cuales el divino Pastor apacienta a sus ovejas.

3) Es nuestro guía

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). Cuando Josué iba a conducir al pueblo de Israel a Canaán, Dios le dijo: “Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:7-8). Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, en todas partes, la Palabra es presentada como nuestra única y segura guía, a través de la escena cambiante por la cual pasamos (véase Hechos 20:32; 2 Timoteo 3:15-17; 2 Pedro 1:19; 1 Corintios 10:11; etc.).

4) Es nuestra arma defensiva contra las tentaciones y las artimañas de Satanás; es la espada del Espíritu (Efesios 6:17)

Cuando nuestro Señor fue tentado en el desierto, la Palabra fue su única arma. A todos los argumentos que Satanás le presentó, Jesús contestó sencillamente: “Escrito está” (Mateo 4:4, 7, 10). Desde el principio hasta el fin, no expresó nunca voluntad personal, sino que para su defensa se sostuvo solo con la Palabra escrita. En consecuencia, Satanás fue reducido a la impotencia y no pudo dar un paso adelante. Completamente derrotado, no le quedó más que retirarse vergonzoso y vencido.

Y es igual de impotente hoy, cuando se encuentra en el mismo terreno. No puede alcanzar a un creyente dependiente y obediente. ¡Que cada uno, joven o anciano, sepa acordarse de esto!

5) Es la única norma de doctrina y de practica

Tenemos que comprobar por la Palabra todo lo que se nos presenta. En los mensajes del Apocalipsis a las siete iglesias de Asia (cap. 2 y 3), hallamos cada vez: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Las iglesias, su doctrina y su andar tenían que ser comprobadas por esta piedra de toque infalible. A quienes escribe, el apóstol Pablo recuerda constantemente su responsabilidad de juzgar todo por la enseñanza que les había dado (véase por ejemplo Gálatas 1:8-9; 1 Corintios 15:1, 11; 2 Tesalonicenses 2:15; 3:14).

6) Es el instrumento de nuestra santificación práctica

El Señor, al presentar a los suyos al Padre, oraba: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). En efecto, por medio de la aplicación constante de la Palabra a nosotros mismos, a nuestro andar, a nuestros caminos, estamos cada vez más separados del mal. Igualmente, el Señor interviene como nuestro Abogado ante el Padre y nos lava los pies, aplicando la Palabra a nuestras almas por el Espíritu Santo. Es el trabajo que, por gracia, Él cumple a nuestro favor. Pero nunca debemos olvidar que, por nuestra parte, tenemos la responsabilidad de juzgarnos continuamente en la presencia de Dios, conforme a su Palabra. Muchas pruebas y castigos nos serían evitados si fuéramos más fieles en esta práctica. “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Corintios 11:31). También el salmista hace la pregunta: “¿Con qué limpiará el joven su camino?” Da la respuesta: “Con guardar tu palabra” (Salmo 119:9). David declara: “Por la palabra de tus labios yo me he guardado de las sendas de los violentos” (Salmo 17:4). Ante todo, mediante las Escrituras aprendemos cuál es la voluntad de Dios. Por la aplicación de la Palabra en el poder del Espíritu Santo somos, por un lado, separados de todo lo que es contrario a la voluntad de Dios y, por el otro, llevados a la conformidad con su pensamiento. Siendo continuo este proceso, somos cada vez más conducidos a realizar la santidad práctica, reconociendo que la santidad perfecta solo se encuentra en Cristo glorificado a la diestra de Dios.

7) Por último, quisiera recordar el precio que el Señor atribuye a la obediencia a la Palabra

Por ejemplo, tomemos el pasaje muy conocido de Juan 14:23: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”. La bendición que se relaciona con la obediencia a la Palabra es infinita. En este pasaje, no debemos perder de vista que nuestro gozo del amor de Dios y la morada del Padre y del Hijo en nosotros son condicionales: “El que me ama”. En el capítulo 15, el Señor dice a los discípulos: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10). Para no multiplicar las citas, vamos al final del libro del Apocalipsis (22:7), donde leemos: “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro”. No solamente espera que estimemos y guardemos las comunicaciones que quiso hacernos, sino que cuenta con que nuestros corazones hallen sus delicias en la obediencia a cada palabra que viene de su boca. Verdaderamente la obediencia es la más elevada expresión de nuestro amor para con él: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15)1 .


Esta rápida presentación de varios aspectos y usos de la Palabra de Dios, así como de nuestra responsabilidad hacia ella, es suficiente para que reconozcamos la suma importancia de esta Palabra para el creyente. Permítame ahora dar una o dos observaciones prácticas que pueden ayudarle, así como a jóvenes cristianos. Ante todo, reconozca la necesidad de estar familiarizado con las Escrituras. Por ejemplo, no puedo rechazar una tentación, como lo hizo el Señor, si no conozco el pasaje con el cual he de contestar. Por otra parte, puede haber muchos casos en los cuales yo estaría inducido a error por mi ignorancia de la voluntad del Señor aunque está revelada en su Palabra.

Uno de los primeros deberes del creyente es estudiar la Palabra de Dios. “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios. Porque Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia” (Proverbios 2:1-6). Con este propósito, escudriñe y estudie metódicamente las Escrituras, si desea ser “perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:17). No quiero decir: no lea otro libro, sino haga de la Biblia su compañera, y lea, dentro de lo posible, los libros que le ayudarán a comprenderla. Mantenerse fielmente al corriente del pensamiento de Dios debería ser la preocupación mayor de cada creyente.

En segundo lugar, permítame aconsejarle, si lee mucho, que medite aún más. “El indolente ni aun asará lo que ha cazado; pero haber precioso del hombre es la diligencia” (Proverbios 12:27). No basta hallar su placer en la «caza» y quedar satisfecho con lo que se ha conseguido. Es el caso de varias personas que leen la Palabra. Se regocijan de ese contacto con la verdad, se quedan satisfechos, y así pierden la bendición. En un pasaje citado ya, Dios dice a Josué: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él” (Josué 1:8, véase también Salmos 1:2; 119:97; Proverbios 22:17-18; 1 Timoteo 4:15; etc.).

Al meditar en la presencia del Señor, la dulzura, la belleza y el poder de la Palabra se despliegan ante nosotros. Así, no hay que dejar pasar ninguna ocasión de meditar sobre una lectura. Tampoco olvidemos que dependemos enteramente del Espíritu de Dios para la comprensión de la Palabra. “El Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:10-11).

Si lee las Escrituras, será conducido cada día a un conocimiento siempre creciente de la verdad y de esta manera, llevado a una comunión cada vez más estrecha con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

  • 1Subrayemos, para apoyar lo que se dice aquí, que en el pasaje de Juan 14 la «condición» supuesta es “el que me ama”: la obediencia será el resultado y la prueba de este amor; guardar los mandamientos no será difícil.