La eternidad

Hay solamente tres lugares en la Escritura que nos dan una representación de la eternidad sin aparecer unidos a otras cosas. Son 1 Corintios 15:24, 28; 2 Pedro 3:13 y Apocalipsis 21:1-8.

La Palabra de Dios nos da escasa descripción de ella. Es tan diferente de la creación actual, que nosotros —como hombres en la tierra— somos incapaces de formarnos alguna idea de la misma. Nuestra imaginación es demasiado débil para ello. No obstante, algunas revelaciones contienen grandes principios generales y nos dan mucha luz, tanto sobre la eternidad como sobre nuestro estado actual.

En 1 Corintios 15 está escrito: “Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte” (v. 24-26).

“Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (v. 28).

El primer Adán y el postrer Adán

Dios, originariamente, estableció al hombre —como su representante— a la cabeza de la creación terrenal (Génesis 1:27-28). Sin embargo, el hombre no se contentó con esta posición. En aquel momento en que todo estaba en armonía y en relación perfecta con Dios, se levantó contra Él. Puso en desorden la creación entera y perturbó la relación originaria de ella con su Creador. Satanás se hizo el príncipe y dios de este mundo.

Entonces Dios envió a su Hijo, pero el hombre le rechazó. La contestación de Dios a esta desaprobación fue constituir al Hijo —como Hijo del hombre— no sólo a la cabeza de la creación terrestre, sino de todo lo creado (Salmo 8; Hebreos 2). Este hombre no se levantó contra Dios, aunque haya venido a un mundo donde todo estaba en rebeldía. “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:8-11).

En los capítulos referentes al milenio hemos visto cómo ejercerá el Señor su poder. Someterá a todos los enemigos de Dios. Y, en fin, destruirá a la muerte, arrebatándole su presa y lanzándola a ella misma al lago de fuego (Apocalipsis 20). Vemos de nuevo aquí que el juicio es una acción del reino. 2 Timoteo 4:1 une estas dos cosas.

Entonces no hay más resistencia contra Dios y todo está puesto en relación justa con su Creador. La plena bendición de la eternidad en el nuevo cielo y la nueva tierra ha llegado. Pero, entonces, el Hijo del hombre —en contraste con Adán— renunciará, voluntariamente, a su posición reinante y mediadora, para que Dios sea todas las cosas en todos.

Claro está que se habla aquí del Señor Jesús como del Hombre glorificado. Él continúa siéndolo también en la eternidad. Y la Iglesia permanecerá, eternamente, en esta comunión íntima con él como lo está ahora.

Más él es también Dios eterno (Juan 1:18; 3:13). Y cuando se dice aquí: “para que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15:28), entonces se habla del Dios trino: Dios el Padre, Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo.

Nuevos cielos y nueva tierra

En 2 Pedro 3:13 encontramos lo que es la nueva tierra y cómo ésta se prepara. Isaías ya había hablado de nuevos cielos y nueva tierra (65:17; 66:22). Pero, como se desprende de su sentido, no ha visto más allá del milenio. Habla de Jerusalén, de construir casas y de morar en ellas. Ciertamente, hasta de pecadores que son maldecidos y cuyos cadáveres serán vistos. Claro está que esto no es la eternidad.

En cierto sentido, el cielo y la tierra en el reino son un nuevo cielo y una nueva tierra. El diablo será echado para siempre del cielo y después atado y lanzado al abismo. La tierra será purificada por juicio (fuego). La maldición sobre la tierra será abolida. “Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:21). Cristo va a reinar. El Señor Jesús lo llama “la regeneración” (Mateo 19:28).

Es como después del diluvio. La familia de Noé habitó en una tierra purificada por el juicio. Noé había recibido de Dios el derecho y el encargo de refrenar y oprimir el mal ejerciendo el gobierno. Si hubiera sido fiel, ciertamente muchas de las gloriosas bendiciones del jardín de Edén habrían sido halladas en esta tierra purificada. Pero nunca hubiera podido igualarse a él. El pecado ya había entrado y permanecía, aunque no se haya podido manifestar en grado semejante al de ahora.

Sin embargo, en el estado eterno no habrá más pecado. En él, el estado del jardín en Edén habrá sido restaurado nuevamente, y mucho más gloriosamente, porque la posibilidad de pecar no existirá más, aunque el hombre posea conocimiento de lo bueno y de lo malo. Claro está, pues, que entonces, cuanto pudiera estar en relación con el pecado, habrá desaparecido.

He aquí, yo hago nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21:5)

¡Eso ha ocurrido en la cruz, en cuanto a los creyentes! Allí, “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). De ellos puede decirse “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo” (Colosenses 2:11). “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura (literalmente, creación) es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

Murieron en Cristo, en la cruz, bajo el juicio de Dios. Pero Jesús resucitado les dio vida nueva (Juan 5:21; 1 Juan 5:12, 20), su propia vida de resurrección (Juan 20:22; compárese a Génesis 2:7). Son nuevos hombres aunque siguen siendo las mismas personas. Y sin rastro alguno de pecado llegarán al nuevo cielo y a la nueva tierra.

Los incrédulos se hallarán delante del gran trono blanco. Serán juzgados y lanzados al lago de fuego y azufre. Allí quedarán para siempre, así como el diablo y sus ángeles.

Pero, también, la tierra y los cielos creados han sido ensuciados por la presencia de Satanás y sus ángeles y por los hombres seducidos por él. Y también por las obras efectuadas por estos malvados. Por eso “los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos” (2 Pedro 3:7). “El día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (v. 10).

¡Solemne oportunidad ésta para nuestra meditación! El conocimiento de que la tierra y las obras que hay en ella han de ser quemadas, ¿no nos desatará y apartará de ellas? — “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir...!” (v. 11).

Como el cuerpo del creyente después de su muerte se pudre y deshace, y, no obstante, el mismo cuerpo ha de resucitar (pero sin nada que recuerde el pecado y la corrupción) así también la tierra.

Los elementos, ardiendo, serán deshechos; la tierra y los cielos irán a la ruina en fuego. Pero serán creados de nuevo. Los mismos cielos y la misma tierra. Sin embargo, todo lo que recordare el pecado, todo lo que esté en relación con el hombre natural, será borrado. Son nueva creación. Son una habitación digna para Dios mismo y para su pueblo.

En los cuales habitará la justicia

En el milenio reinará la justicia. Habrá aún pecado e iniquidad. Pero tan pronto como se manifiesten, el que los cometa será castigado de muerte. Imperará la justicia. Ahora, en el tiempo actual, reina la iniquidad. “Perece el justo, y no hay quien piense en ello” (Isaías 57:1).
En el milenio, contrariamente: “He aquí que para justicia reinará; un rey, y príncipes presidirán en juicio. Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión” (Isaías 32:1-2).
Pero en la nueva tierra y en los nuevos cielos habitará la justicia (véase 2 Pedro 3:13). Aquí no habrá más pecado e iniquidad. Aquí no habrá nada que esté en pugna con los pensamientos de Dios o que se oponga a Dios. Aquí no será necesario gobernar, porque todo estará, por completo, en armonía con Dios. Aquí la bendición de Dios podrá derramarse sin impedimento sobre sus bienaventurados habitantes.

Y el mar ya no existía más

¡Cuántas cosas se encierran en esta expresión de Apocalipsis 21:1! Si ahora faltara el mar, ninguna vida podría subsistir en la tierra, salvo un milagro de Dios. Ni hombre, ni animal, ni planta podrían vivir en ella.

Pero en la eternidad, cuanto se relaciona con la vida natural, pasó. Allí no hay más vida animal o vegetal. Allí hay hombres, pero no en el estado en que se encuentran ahora. Han sido vestidos de incorrupción e inmortalidad (1 Corintios 15:53-54). Son iguales a los ángeles (Lucas 20:35-36). Allí, Dios es todas las cosas en todos. En Génesis 1:2 la tierra está cubierta de agua y en el tercer día Dios aparta la tierra del agua. Por segunda vez la tierra fue cubierta por el agua, como juicio de Dios (Génesis 7; 2 Pedro 3:5-6). Pero en la nueva tierra no existirá más el mar.

En ella no hay nada que haga separación. No hay estado desordenado, del cual el mar es muchas veces imagen en las profecías. Allí no hay más juicio. No hay inquietud, porque allí todo ha encontrado su forma definitiva (Hebreos 4:9; 12:27-28); compárese con el mar de vidrio en el cielo, Apocalipsis 4:6, representación de la santidad en una forma inmóvil y firme.

La Iglesia en la eternidad

Entonces la Iglesia hará ya mucho tiempo que mora en la casa del Padre, en la gloria eterna. En Apocalipsis 19 encontramos las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y aunque ello haya tenido lugar más de mil años antes, su belleza y su devoción no habrán cambiado, sino que permanecerá “dispuesta como una esposa ataviada para su marido” (Apocalipsis 21:2).

Desciende de su propia habitación. Su morada está en el cielo, también en la eternidad. Y siempre permanecerá en el lugar especial que ha recibido ya en la tierra: “un templo santo... una morada de Dios” (Efesios 2:21-22; véase también 3:21).

Es llamada el tabernáculo de Dios. En la Escritura hallamos más nombres de Dios. Es llamado Jehová, el Todopoderoso y Padre. Pero todos sus nombres están siempre en relación con su manifestación a los hombres en determinadas circunstancias.

Por ejemplo: en Génesis 1, donde tenemos la creación, se habla solamente de Dios (Elohim). Es el nombre de la Deidad como tal, en contraste con el nombre creado. En el capítulo 2, desde el versículo 4 y en el capítulo 3 encontramos Jehová Dios (Jehová-Elohim), porque hallamos allí la relación en la cual Dios ha establecido la creación respecto a él. Y desde el capítulo 4, ya expulsado el hombre del jardín de Edén, unas veces se trata de Jehová y otras de Elohim, según las circunstancias.

Hasta el Señor Jesús, quien durante su vida en la tierra habló siempre al Padre, exclamó en la hora de tinieblas, cuando el juicio de un Dios santo cayó sobre él: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

Pero en la eternidad, todo lo relacionado con las épocas ha pasado. Aquí ni siquiera el Cordero es nombrado. Aquí es: «Dios es todas las cosas en todos», Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la eternidad no existen ya naciones. La división de los hombres en naciones es consecuencia del pecado. La rebelión contra Dios le movió a dispersar a los hombres sobre la tierra, dividiéndoles en naciones por la confusión de lenguas (Génesis 10:32 a 11:9).

En la nueva tierra no hay confusión de lenguas. Y aunque se llame hombres a sus habitantes, todos están reconciliados con Dios, en virtud de la obra del Señor Jesús. “Morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3).

Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos

“Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:4-5).

Todas estas cosas o aflicciones no son más que consecuencia del pecado. Y cada hombre en la tierra las experimenta en sí mismo. Verdad es que Dios las utiliza, ahora, para ejercitar el corazón del hombre; para conducirle a donde pueda encontrar efectivamente a Dios.

Pero ¡qué feliz acontecimiento cuando todo lo malo haya pasado! Cuando Dios no necesite más estos medios, porque habrá una comunión completa e ininterrumpida con él. Cuando él mismo los haya quitado. Cuando él limpie toda lágrima de nuestros ojos. Cuando incluso el recuerdo del dolor sea por él quitado.

La parte del vencedor

El que tuviere ahora sed recibirá, entonces, de la fuente, el agua de vida (Apocalipsis 21:6). Y no solamente recibirá el agua de vida, sino que Dios mismo será su refrigerio.

Ahora cuesta duro combate ponerse al lado de Dios. Vivimos en un mundo que odia a Dios y que ha rechazado al Señor Jesús. Hay dificultades que vencer. Pero “el que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (v. 7). “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (3:21).

Pero los que no vencen, los temerosos, son los que por miedo a las dificultades no han seguido el camino de la bendición; los que no han vencido al mundo y a Satanás; los que han vivido en incredulidad e iniquidad. — “Tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (21:8).

Con estas palabras termina, propiamente, el Apocalipsis. La última parte de este capítulo 21 y siguiente se retrotraen en el tiempo al milenio.
¡Cómo destruyen y abaten estas palabras las alegaciones de los que niegan la condenación eterna!
Precisamente aquí, donde son presentadas la gloria y la bendición eternas de todos los que han sido reconciliados con Dios por la sangre del Señor Jesús; donde Dios se manifiesta como amor hacia todos los que moran en la nueva tierra; donde se presenta la eternidad, aquí es donde Dios habla del lago que arde con fuego y azufre, la muerte segunda.

En vista de la eternidad, donde no existe más pecado, ni mal; donde mora la justicia en paz; donde todas las cosas son nuevas, allí, aquel de quien se dice: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5) tiene que erigir tal separación eterna.

“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte” (Apocalipsis 21:8).

“... Al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:43-44). “Allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 8:12).

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).


(Sacado del libro: El Porvenir)