“El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13).
“El Dios de paz sea con todos vosotros” (v. 33).
¡Qué especiales son los momentos en los que nos quedamos en silencio delante de Dios y dejamos que él nos hable a través de su buena Palabra! Él desea fortalecer nuestra fe a través de la contemplación de su maravillosa Persona y también de sus caminos hacia nosotros, los creyentes.
En la carta a los Romanos, capítulo 15, el apóstol Pablo relaciona el nombre de Dios con cuatro características que son distintivas de su obra en nosotros. En el versículo 5 habla del Dios de la paciencia y de la consolación, en el versículo 13 del Dios de esperanza y en el versículo 33 del Dios de paz.
Estas características de Dios dejan claro lo que él quiere ser para nosotros y lo que quiere darnos a cada uno, ¡también en el año que acaba de comenzar!
El Dios de la paciencia
La palabra paciencia deriva de dos palabras griegas que significan literalmente «permanecer debajo». Cuando las circunstancias son difíciles, nos cuesta mucho aceptarlas y «permanecer debajo de ellas». Para hacerlo necesitamos paciencia. Pero eso no nos resulta fácil por naturaleza. Sin embargo, el Dios de la paciencia, que lleva a cabo sus consejos y planes con gran constancia y perseverancia, puede darnos la gracia y la fuerza para hacerlo. Además, tenemos «las Escrituras» (v. 4), las cuales nos presentan muchos ejemplos dignos de imitar de hombres y mujeres de fe que perseveraron con paciencia en las circunstancias más adversas y dieron un buen testimonio. Dos ejemplos especiales son Abraham y Job (Hebreos 6:15; Santiago 5:11).
¡Que el Señor les siga concediendo la gracia de perseverar, especialmente cuando las circunstancias sean difíciles!
El Dios de la consolación
Dios es bendito en sí mismo y no necesita nada ni nadie para gustar la bendición (1 Timoteo 1:11). Nosotros somos muy diferentes: con demasiada frecuencia estamos abatidos y deprimidos. Nuestra alegría suele ser como un juguete en manos de las circunstancias y a menudo desaparece al primer signo de resistencia o dificultad.
Muchas cosas banales de la vida nos roban el gozo o nos llenan de temor. Pero el Dios de la consolación está ahí para alentarnos y fortalecernos con su Palabra. Cuando ponemos nuestra mirada en él y pensamos en su gran amor y fidelidad, su paz nos llena. La tristeza y la preocupación se desvanecen y el gozo y la confianza vuelven en nuestro corazón.
¡En el Señor Jesús uno se puede regocijar siempre, incluso cuando las circunstancias no nos dan ningún motivo para hacerlo!
El Dios de esperanza
Dios conoce “lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho”, y dice: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10). Nosotros, los creyentes, por el contrario, debemos tener esperanza.
Nuestra esperanza está puesta en el Dios vivo. Él es el objeto de ella (1 Timoteo 4:10). Por eso nuestra esperanza no es vaga ni incierta, sino firme y segura.
Sabemos que el Señor Jesús volverá pronto y nos llevará consigo a la casa de su Padre (Tito 2:13; Juan 14:3).
Dios quiere que estemos llenos de esperanza. Para ello nos ha dado el Espíritu Santo, que utiliza la Palabra de Dios, las verdades y los ejemplos que contiene, para fortalecer nuestra esperanza (Romanos 15:13, 4).
¡Podemos dar gracias al Señor cada día por ser nuestra esperanza! Pronto, quizá hoy mismo, volverá para llevarnos con él a la gloria.
El Dios de paz
Dios está en perfecta paz y es superior a todas las circunstancias. Pero también es la fuente de toda paz. Sin Dios no hay paz verdadera. Quien busca paz para su corazón y su conciencia debe acudir al Señor Jesús, el único que puede darla (Isaías 48:22; Romanos 5:1). A través de su obra en la cruz del Gólgota, sentó las bases para la paz verdadera (Colosenses 1:20).
Pero, además, Dios también quiere darnos paz en nuestra vida cotidiana.
Si le entregamos todas nuestras necesidades y preocupaciones y confiamos en él en cada situación, Dios nos da su paz en el corazón (Filipenses 4:7). Es la paz de la que él mismo disfruta.
Pero lo que es aún más grande: Él mismo, el Dios de paz, quiere estar personalmente con nosotros.
¡Qué gran privilegio: podemos decirle a nuestro Señor en cualquier momento todo lo que nos conmueve y preocupa! Podemos entregarle nuestras preocupaciones y él nos dará su paz.
Con esta confianza queremos entrar conscientemente con nuestro Dios en un nuevo año.