El poder de la fe y la oración

Marcos 11:20-26

El Señor maldijo la higuera estéril, y a la mañana siguiente, al pasar por delante de ella, vieron que “se había secado desde las raíces”. Pedro llamó la atención del Señor, evidentemente preguntándose por lo que había pasado; y el Señor aprovechó la oportunidad para instruir a Pedro – una instrucción, creo, de gran importancia para todos nosotros– en relación con dificultades demasiado grandes para que el poder humano pueda afrontarlas. Deseo señalar el principio que subyace en el texto, aplicable en todo momento, no la aplicación especial del texto a Israel.

Hay tres cosas: la fe, la oración de fe y el espíritu de gracia al perdonar.

“Tened fe en Dios” (v. 22). Más literalmente, es «tened fe de Dios». Es la fe la que se enfatiza más que su objeto. Es una fe que toma su carácter del objeto divino en el que se apoya: Dios mismo. Ese es el ejemplo de fe para las grandes dificultades. En otras palabras, es la fe que descansa en Dios, y lo hace intervenir a él en el problema.

Supongamos que usted tiene una dificultad tan grande como la montaña más alta; ¿tiene confianza en Dios? ¿Puede usted hacerlo intervenir en la dificultad? Ahora bien, él es más grande que el problema, más grande que la montaña más alta. ¿Qué es una montaña para Aquel que “midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados” (Isaías 40:12)? “Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho” (Marcos 11:22-23). Es una simple cuestión de confianza en Dios.

No hace falta decir, sin embargo, que esto implica el conocimiento de Dios, y la comunión con él. Si vivimos prácticamente distantes de él, esta confianza es imposible. No podemos saber lo que sería conveniente para él.

“Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras” (Salmo 103:7). No se dice que Israel conociera sus caminos. Ellos conocieron sus obras, pero Moisés conoció sus caminos. Esto es mucho más que conocer sus operaciones. Sus obras pueden verse a lo lejos, pero sus caminos se aprenden en el secreto de la presencia divina. Moisés era una persona con la que Dios hablaba cara a cara, y en la intimidad de la comunión con él, aprendió sus caminos.

Cuando Israel pecó en el asunto del becerro de oro, Moisés supo actuar de manera adecuada a Dios. Mantuvo Su verdad tanto en el juicio como en la gracia. Quemó el becerro en el fuego, lo redujo a polvo, lo esparció sobre el agua e hizo que los hijos de Israel lo bebieran. También se puso a la puerta del campamento y dijo: “¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo” (Éxodo 32:26). Entonces mandó a los hijos de Leví, que se habían reunido con él, que se ciñeran las espadas y pasaran y volvieran de puerta en puerta, y mataran cada uno a su hermano, a su amigo, y a su pariente. Todo esto era un juicio. Pero también se trataba de la gloria de Dios, de la realización de sus propósitos y del cumplimiento de sus promesas a los padres al bendecir al pueblo y llevarlo a la tierra prometida. Y entonces Moisés subió a Dios, y se postró sobre su rostro durante cuarenta días y cuarenta noches para interceder por Israel. Esta fue la energía de la fe que contó con la bondad de Dios en esa hora terrible. ¿Cómo podría haber perseverado esos cuarenta días y cuarenta noches si no hubiera conocido a Dios? Fue el conocimiento de Dios que había adquirido, lo que le dio confianza y este saber fue el resorte secreto de toda su acción.

La dificultad era como una gran montaña. Israel que había sido puesto bajo la ley como un pacto de obras, había violado la ley, y esa violación era la muerte. Por otra parte, Dios había jurado a los padres que les daría una tierra y bendeciría a la descendencia de Abraham. El pueblo había pecado y era objeto de un juicio merecido; pero si Dios lo consumaba, como había amenazado hacerlo, ¿qué sería de su palabra, de su juramento, de su nombre? Moisés tenía el conocimiento de Dios y estaba lleno de fe – una fe que había crecido en el secreto de la presencia de Dios–; y se postró sobre su rostro y alegó la palabra y el nombre de Dios. Introdujo a Dios en la dificultad. ¿Resultaría la situación demasiado grande para él, o se negaría a sí mismo? No pudo bendecir al pueblo por lo que era, sino que se apoyó en Sus propios recursos –Su propia gracia absoluta y soberana– como base de acción. Él mostró gracia a quien quería, y misericordia a quien quería, y perdonó a su pueblo culpable. Cristo es la verdadera solución de esta dificultad con respecto al hombre culpable –Cristo, en cuya persona en la cruz, se mantuvieron tanto la gracia como el juicio. Pero lo que vemos aquí es la fe de Moisés actuando en vista del estado caído de Israel, y el carácter del gran nombre de Dios. Su intercesión prevaleció, y la montaña fue removida y arrojada al mar.

Ahora bien, si queremos tener esta «fe de Dios» que nos hace superiores a todas las dificultades, nuestro corazón debe conocerle a Él, para aprender sus pensamientos y caminos. Debe haber una búsqueda habitual de su rostro, para que nuestros pensamientos y deseos se formen en su presencia. ¿Y no vale la pena esto? El correcto estado del alma depende de ello. La presencia de Dios es la atmósfera en la que se forma la fe, y tiene su crecimiento. Es cuando estamos cerca de él que la confianza se desarrolla en el corazón. Él escudriña el corazón, y si este se descubre ante él, y juzga todo lo que no le conviene, se establece la confianza. Sin embargo, si hay engaño en el corazón, no estamos tranquilos; no podemos ocultarle nuestro verdadero estado; nuestro corazón nos condena; y “si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:20-22). “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (5:14-15).

Tenemos que tratar con el escudriñador de corazones, y estos deben estar en su presencia sin engaño. También debe haber sumisión, y guarda de sus mandamientos; y donde hay sumisión a su voluntad, los deseos se forman en su presencia, pedimos según su voluntad, y tenemos la confianza de que nos dará lo que pedimos. Cuando este es nuestro estado, nuestras voluntades no van en contra de la suya. Deseamos lo que él quiere. Él forma nuestros corazones y despierta deseos en nosotros; y responde a esos deseos que él mismo ha despertado. No solo pedimos lo que él quiere, sino que pedimos lo que nosotros queremos, y él responde, porque nuestras voluntades son su voluntad. “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Cuando existe esta dependencia – esta permanencia en Cristo– y sus palabras permanecen en nosotros, y forman nuestros deseos, tenemos comunión con él. Pedimos según su voluntad, pero también es nuestra voluntad, porque sus palabras han forjado deseos en nosotros, y él no puede rechazar las peticiones que él mismo nos ha movido a hacer.

Esto, pues, es lo grande: estar en su presencia sin engaño, y tener el corazón abierto a él, para que nos llene de sus propios pensamientos y deseos. Esto produce confianza y seguridad. “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24). El poder de la oración del creyente no tiene límites. Sin embargo, como hemos visto, esta fe solo se ejercitará cuando nos encontremos en un estado que esté de acuerdo con Dios. El siguiente versículo muestra que debe haber gracia en el corazón del que perdona, para tener tal confianza en Dios: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno; para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas” (v. 25-26).

Aquí, por supuesto, no se trata del perdón eterno de los pecados o de ser justificados ante Dios como pecadores culpables. Se trata de sus formas de gobierno con aquellos que están en relación con él. Tampoco se trata de ir a uno que nos ha perjudicado y decirle que le perdonamos. En tal caso, la palabra sería “si se arrepintiere, perdónale” (Lucas 17:3). En el pasaje que nos ocupa se trata del estado del corazón en la presencia de Dios. Si estoy en su presencia, cuya gracia me levantó cuando era un rebelde culpable, y ha seguido conmigo desde entonces, manteniéndome día a día, o restaurándome cuando he caído, ¿cómo puedo guardar algo en mi corazón contra mi hermano? Un hermano dice: «No puedo sentirme bien con el hermano A». ¿Cuál es la raíz de esta declaración? Es el yo. Los sentimientos propios han sido heridos de alguna manera, y hay amargura. Algo se guarda en el corazón contra el hermano. El corazón no está formado por la gracia. Aunque se le perdonan 10.000 talentos, guarda contra su hermano la más mínima cosa. Este no es el camino de la gracia, ni es la forma en que Dios ha actuado con nosotros en Cristo.

Guardan sentimientos duros hacia un hermano a causa de alguna injuria real o supuesta. Esto no es algo raro entre los creyentes. Ahora, hablando con toda reverencia, ¿pueden concebir que Dios tenga «resentimiento» hacia uno de sus hijos o amargura en su corazón por algo que ese hijo haya hecho? Instintivamente uno se aparta de ese pensamiento, y lo considera totalmente aborrecible para el alma, porque falsifica completamente las revelaciones de Dios recibidas en Cristo. No es que Dios haga caso omiso del mal en sus hijos, pero lo que llamamos «resentimiento», o amargura de uno hacia otro, es inaceptable para él.

Ahora tenemos que elevarnos a los pensamientos de Dios; tenemos que estar por encima de nosotros mismos y de nuestros sentimientos, juzgando en nosotros el manantial de todos los pensamientos amargos, de todos los sentimientos duros, para tener confianza en Su presencia. Sin esto no tenemos poder, y nuestras oraciones quedarán sin respuesta, y nosotros mismos seguiremos siendo los objetos de los tratos gubernamentales de Dios. “Si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.”

Cuántas veces han surgido peleas y conflictos entre los creyentes que tuvieron su origen en una pequeña raíz de amargura, en alguna falta de gracia, o el haber mantenido sentimientos negativos hacia uno u otro. Y ¡cuántas veces los creyentes son aparentemente impotentes en presencia de estas cosas! ¿No hay, pues, remedio? Gracias a Dios lo hay; pero no está en nada que podamos hacer, sino en la fe que introduce a Dios en la dificultad. ¿Hay alguien entre los creyentes que viva de tal manera en los pensamientos de Dios que tenga la mente de Dios en el asunto y se pueda contar con él? Dios es capaz de resolver la dificultad. Pero, ¿se encuentra el tal en su presencia, con un espíritu implacable hacia su hermano? Debe entonces comenzar por el mismo, en lugar de su hermano; pues hasta que no lo haga, Dios no le escuchará. “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66:18). Cuando nos hemos juzgado a nosotros mismos, de modo que el corazón está libre ante él, Dios forma el corazón, y la fe entra en actividad, de modo que podemos, con confianza, presentar nuestra petición, y la montaña es removida. Cuando la gracia de Dios se pone a trabajar en los corazones, los problemas y las dificultades pronto comienzan a desaparecer. Pasan como las nubes de la mañana ante los cálidos rayos del sol naciente.

Que el Señor conceda a sus amados santos, en medio de las crecientes dificultades de estos últimos días, conocer más de su propia gracia, y en presencia de ella, dejar de lado todas las cuestiones de malos sentimientos personales de unos hacia otros, para que nuestros corazones sean libres en su presencia, y se eleven a sus pensamientos de gracia para con los suyos. Permaneciendo en el sentido de esta gracia, y actuando en el espíritu de ella, al perdonar a otros en el corazón frente a Dios, tenemos confianza ante él, y podemos contar con esa gracia que nunca falla, introduciendo al Dios de toda gracia en las dificultades que acosan a su amado pueblo, y quitarlas del camino, como montañas arrojadas al mar.