Parece generalmente aceptado que Pablo escribió la primera epístola a los Tesalonicenses al cumplirse el plazo de un año después de su visita a Tesalónica y de la acogida del Evangelio en esta ciudad. En consecuencia, los destinatarios de su carta eran jóvenes en la fe.
A la luz de esto, las referencias de Pablo a temas como la elección (1:4), el Espíritu Santo (1:5), el reino de Dios (2:12), la venida del Señor (4:1318) y el día del Señor (5:1-3) pueden parecer fuera de lugar, ya que probablemente se extienden más allá de lo que normalmente describimos como los fundamentos del cristianismo. Sin embargo, el hecho de que los tesalonicenses conocieran estas doctrinas debería animarnos, ya que demuestra la capacidad de la nueva naturaleza que hay en cada creyente, para crecer para salvación tomando la leche espiritual no adulterada de la Palabra de Dios (1 Pedro 2:2), independientemente del tiempo que lleven siendo salvos. A la vez, esto también debería llevarnos a cuestionar si nuestra comprensión de estas verdades fundamentales de la fe cristiana está tan desarrollada como debiera.
Los tesalonicenses fueron también “ejemplo a todos los de Macedonia y de Acaya que han creído” (1 Tesalonicenses 1:7) –y siguen siendo ejemplos para nosotros hoy– en su servicio y conducta. Podemos aprender mucho a este respecto considerando algunos de los rasgos notables de estos nuevos conversos, tal como se exponen en el capítulo 1 de esta epístola de Pablo.
No cesaban en “la obra de (su) fe” (v. 3). La acusación de que “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:14-26) no podía incriminarse a los tesalonicenses. Debemos recordar que uno de los propósitos de nuestra salvación es que andemos en buenas obras (Efesios 2:10; Tito 2:14).
Habiendo sido enseñados por Dios a amarse los unos a los otros (1 Tesalonicenses 4:9), un “trabajo de… amor” caracterizaba a la iglesia en Tesalónica (1:3). Que nos amemos unos a otros –y en la misma medida en que el Señor nos amó– es el gran mandamiento del cristianismo (Juan 13:34; 15:12, 17). El amor fraternal no fingido (1 Pedro 1:22) debe manifestarse de manera práctica en cada uno de nosotros sirviendo a nuestros hermanos (1 Juan 3:16-17). Pero el amor también debe motivar nuestro servicio (Colosenses 3:14), incluso el ejercicio de los dones espirituales, o de lo contrario, lo que hagamos será metal que resuena, o címbalo que retiñe, y por lo tanto habría sido mejor no haberlo hecho (1 Corintios 13:1-3).
La fe y el amor de los tesalonicenses iban acompañados del tercer componente que debe caracterizar a todo creyente: la “constancia en la esperanza” (1 Tesalonicenses 1:3). Aunque no gozaron de la plena revelación del Señor, creían y esperaban en su venida, incluso en medio de las tribulaciones que empezaban a sobrevenirles.
¿Tiene usted la venida del Señor como su genuina y continua esperanza y se aferra a ella en cualquier circunstancia, ya sea buena o mala?
La iglesia en Tesalónica estaba formada por imitadores de Pablo, Silvano y Timoteo, y del Señor (v. 1, 6). Incluso hoy, muchos de nosotros tenemos el privilegio de conocer a hombres y mujeres piadosos. Deberíamos seguir su ejemplo (Hebreos 13:7). Por supuesto, también debemos, por encima de todo esto, seguir las pisadas de Cristo (1 Pedro 2:21) y ser cristianos en el sentido literal de esa palabra: “imitadores de Cristo”.
Como ya se ha dicho, estos creyentes eran ejemplo a otros creyentes cercanos (1 Tesalonicenses 1:7). Tanto a nivel individual como colectivo, debemos ser cristianos modelo, y no solo en doctrina, sino también en los fundamentos del comportamiento cristiano (evangelizar, mostrar mansedumbre para con todos los hombres, hacer bien a todos, ser obedientes a las leyes del país, etc.).
Los tesalonicenses eran tan fervientes en proclamar “la palabra del Señor” que se divulgaba partiendo de ellos a “todo lugar” (v. 8). Pero obsérvese que no hablaban de sí mismos ni promovían un credo hecho por el hombre, sino que simplemente proclamaban “la palabra del Señor”. Aunque muchos de nosotros encontremos difícil la evangelización, animémonos por el hecho de que la simple mención del Señor Jesús y su cautivador mensaje de salvación –“El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24)– suele ser lo más eficaz.
Había pruebas claras y duraderas de que la Palabra había caído en buena tierra entre los tesalonicenses: se sabía que se habían convertido “de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9).
¿Saben las personas con las que tenemos contacto en nuestros asuntos cotidianos que somos cristianos? ¿Se ven pruebas de la santificación del Espíritu (1 Pedro 1:2) en nuestras vidas? ¿No solo respecto al apartarnos de las cosas del mundo (aunque esto es esencial, ya que no somos del mundo, como tampoco Cristo era del mundo, véase Juan 17:16), sino también al entregarnos a Dios y comprometernos en su servicio? Los tesalonicenses esperaban pacientemente otra vez la venida del Señor (1 Tesalonicenses 1:10; Juan 14:3).
“Nosotros también… corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1-2).