El perdón de los pecados

Nada puede ser tan mal comprendido por la mayoría de las personas que profesan el cristianismo como el perdón de Dios, el perdón de los pecados.

En particular dos clases de personas se equivocan con respecto a ello.

Unos piensan que Dios es tan bueno que al final pasará por alto todo lo que hicieron.

Para estas personas, la bondad de Dios es tan grande que lo haría indiferente al pecado, de manera que perdona todo. Olvidan que Dios es también justo y santo, y que los hombres le darán cuentas de sus palabras y de sus actos: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio” (Mateo 12:36); “en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio” (Romanos 2:16); “porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia” (Efesios 5:6); “He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Judas 1:14-15); “y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:12).

Los otros, al contrario, sinceros, trabajados, sintiendo que sus pecados los condenan delante de Dios, piensan, ahora que se ven en su luz, que Él es demasiado justo para poder perdonar a criaturas tan malas. Frente a estas personas Dios actúa; no las deja en ese estado. Ellas aprenden por el Evangelio que Dios es justo, es amor y perdona por medio de Jesucristo, su Hijo, el Salvador. Y, justamente, son estas personas para las que es importante comprender lo que es el perdón de Dios.

Sin duda, Dios perdona porque es bueno, pero su bondad y amor solo pueden tener libre curso al ser satisfecha su justicia contra el pecado por la obra expiatoria de Cristo. Así, la terrible deuda contraída hacia Dios, siendo plenamente remitida por la muerte del Salvador, muestra que Dios es justo librando a todo aquel “que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26). Entonces el creyente no es solamente perdonado sino también justificado. Es porque Dios es justo que él perdona todos sus pecados a aquel que cree en Jesús. Es muy importante comprender que el perdón de Dios, tal como nos lo enseña el Evangelio, deriva de su justicia y no de esa pretendida bondad que no se preocupa del mal.

La bondad, el amor de Dios, dio al Salvador, pero este sufrió sobre la cruz todo lo que nuestros pecados merecían. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él” (Isaías 53:5); “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). Fue hecho pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). Murió una vez para llevar los pecados de muchos, y Dios no se acuerda más de sus faltas ni de sus iniquidades (Hebreos cap. 9 y 10).

¿Y qué hace Dios cuando creo en Aquel que hizo todo por mí? Dios me justifica, me perdona todo, ¿y por qué? Porque Cristo pagó todo. Entre Dios y Cristo se trata de justicia, de perdonarme y justificarme. Pero entre Cristo y yo, al igual que entre Dios y yo, se trata de gracia. Él lo pagó todo cuando yo era insolvente y arruinado. A partir de ese momento Dios es justo al justificarme, ya que creo en Cristo quien pagó todo por mí.

Ilustremos esta verdad con una comparación simple: Debo diez mil pesos a mi acreedor, pero estoy arruinado y no puedo pagarle ni un centavo. Él exige cobrar, de lo contrario voy preso hasta la extinción de mi deuda. Pero un benefactor se compadece de mí y, sin decírmelo, va a pagar la deuda completa a mi acreedor quien le da un recibo. Mi benefactor me lo trae diciendo: tuve piedad de ti, pagué por ti. ¡Aquí tienes el justificativo! Cuando mi acreedor, después de recibir el monto, dio el recibo a mi benefactor ¿fue un acto de gracia o de justicia para este último? Es un acto de justicia. Pero el recibo dice: «Recibido de..., a cuenta de...». ¿Entonces cuando mi benefactor viene a traerme este recibo, es para mí un acto de justicia o de gracia? Es un acto de pura gracia; él no me debía nada, se puso en mi lugar. Además, por su medio, mi acreedor es justo teniéndome como absuelto de manera que soy justificado delante de él por haber sido su deudor. Querido lector ¡es sobre esta base que tengo la paz con Dios! Pero el Evangelio nos enseña que es nuestro acreedor quien nos procuró el benefactor. Y este, por su lado, pagó con su propia sangre para anular nuestra deuda.

Puedo decir, con toda reverencia, que Dios le debe a Cristo el justificarme si tengo fe en Jesús. Entre Dios y Cristo es cuestión de justicia; entre Cristo y yo es cuestión de gracia. Pero también entre Dios y yo es gracia y amor: ¡me procuró ese Salvador!

Toda acción que Dios hace es necesariamente una acción de justicia, si no fuera así, se negaría a sí mismo. Así Dios tuvo que cumplir un acto de justicia al justificar a aquel que cree en Jesús; así como hará un acto de justicia al precipitar al lago de fuego a aquel que se encontrará con la deuda de los pecados en su cuenta, en el terrible momento en que se abrirán los libros cuando aquellos que comparecerán delante del trono serán juzgados según sus obras (Apocalipsis 20:11-15).

Dios no hace daño a mi vecino al perdonarme y justificarme porque creo en Jesús; y, cosa maravillosa, no se hace daño a sí mismo tampoco.

Si la pretendida bondad de Dios guarda en silencio el mal que hice, y por esta especie de perdón me introduce en el cielo, pero al mismo tiempo juzga a mi vecino según sus obras y lo precipita al infierno ¿es Dios justo? ¡No! Sin embargo, así es comprendida la salvación en general. Si tal es el perdón de Dios, ¿qué necesidad hay de un Salvador? El hecho que fue necesario un Salvador que diera su vida en rescate por muchos, prueba que Dios no puede perdonar a la manera de los hombres.

Otros pretenden que Cristo, al venir a morir en lugar de los pecadores, serán todos salvos, sin creer en él. La Palabra no conoce tal Evangelio. Como lo vamos a ver, el verdadero Evangelio no se dirige a un incrédulo diciéndole primero «Cristo llevó todos tus pecados» y luego «solo tienes que creer y todo está bien».

Hemos visto que Dios perdona a aquel que cree en Cristo, porque en efecto Cristo pagó todo. Pero ¿pagó la deuda de aquellos que no creen y mueren en su incredulidad? No, estos tendrán finalmente sus pecados en su propia cuenta delante de la justicia de Dios. Si hubiesen aceptado que Cristo pagó su deuda, Dios sería injusto al juzgarlos según sus obras.

¿Qué dice entonces el verdadero Evangelio? Dice que ahora la justicia de Dios (la que justifica) es manifestada, y que es por la fe en Jesucristo para todos los que creen (Romanos 3:21-22). “Para todos”, es la intención; aquí nadie es excluido. “Todos los que creen”, es la aplicación por medio de la fe. En otro lugar está dicho que Cristo “murió por todos”, porque todos están muertos (o estaban muertos) en sus delitos y pecados, “para que aquellos que viven, ya no vivan para sí” (2 Corintios 5:14-15). Todos no viven, aunque la muerte de Cristo sea para todos. No todos quieren a un Cristo que los ama, pero los que viven son el resultado de esta muerte de Cristo por todos. Lo recibieron, creyeron en él, y nacieron de nuevo (véase Juan 1:12-13).

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (no para que el mundo no perezca), sino para que “todo aquel que en él cree, no se pierda” (Juan 3:16). El “todo aquel” no excluye a nadie, y el que “en él cree” indica la necesidad de la fe de cada uno.

Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores; pero estando allí para eso, debió decir a la mayoría de ellos: “No queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

Está escrito que “Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres sean salvos”, y que Jesús “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:3, 6). Pero no todos lo quieren, odian a ese Jesús que se entregó a sí mismo en rescate por todos. La Palabra está llena de confirmaciones de este tipo.

Aún una comparación: todos los habitantes de un pueblo están en la ruina, van a ser desposeídos de lo que les queda; pero un rico benefactor viene a traer al alcalde una suma de dinero suficiente para pagar la deuda de cada uno. «Tome, le dice, el dinero necesario para liberar a todas esas pobres personas. ¡El que firme este documento recibirá lo que necesite!» ¡Lamentablemente muchas de estas personas arruinadas son demasiado orgullosas para poner sus nombres y manifestar así su propia bancarrota; perdiendo la posibilidad ofrecida de no tener más deudas!

Sucede lo mismo con lo que hizo Cristo al morir por todos.

Cristo es “la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2). En virtud de esta verdad, el Evangelio llama a todos los hombres sin excepción: «Vengan, dice; Dios es propicio por el sacrificio de Cristo; no serán rechazados; ¡vengan!» Hay quienes escuchan, vienen, sienten que son afectados por esta misericordiosa invitación y creen verdaderamente en Cristo el Salvador. El Evangelio continúa: «Sepan ahora que Cristo vino del cielo expresamente para quitar todos sus pecados. Fue el substituto sobre la cruz, pagó todo por ustedes, Dios es justo al justificarlos, porque tienen la fe en Jesús. Sepan que todo el valor de la obra de Cristo viene a ser ahora propiedad de su fe. ¡Ustedes han sido lavados de todos sus pecados y están limpio para el cielo!»

Esto es lo que la Palabra nos enseña sobre la substitución en contraste con la propiciación. La propiciación es para todos los hombres y la substitución es exclusivamente para los creyentes. Es muy importante distinguir esto al predicar el Evangelio.

Habría mucho para agregar en cuanto a los creyentes, con respecto a los consejos de Dios para ellos, en Cristo, y de su nueva posición delante de Dios en él; pero debemos detenernos.

Sin embargo, ustedes los que creen, regocíjense, porque están ante Dios, en cuanto al perdón y justificación de sus pecados, sobre la base de lo que las palabras siguientes expresan: Dios es “el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26).

Y ustedes, lectores que no creen en Cristo el Salvador, o que piensan no tener necesidad de un Salvador, recuerden que “el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). Se encontrarán privados de la salvación, teniendo sus pecados en su propia cuenta delante del gran trono del juicio (Apocalipsis 20:1115). Hoy Dios dice: «¡Vengan, crean, y sean salvos!», delante del gran trono dirá: «¡Vayan, sufran la pena de eterna condenación por sus pecados, ya que menospreciaron mi salvación!»

Vengan pues a Cristo hoy como Salvador de los pecadores, para evitar comparecer en un día futuro delante de él como el Juez de los pecadores.