Un mandamiento nuevo
Poco antes de su crucifixión, el Señor Jesús junta a sus discípulos alrededor de él en un aposento alto. Con mucha delicadeza les hace saber que pronto subirá al Padre, donde no podrán seguirle. Va a suceder como ya se los había dicho antes. Él sabe perfectamente lo que hay en sus corazones; conoce sus temores y la soledad en la que en breve se encontrarán. Se dirige a ellos con ternura y compasión, usando por primera vez la expresión “hijitos” (Juan 13:33). Observando bien esta escena, vemos que el Señor desea introducir a sus discípulos en una nueva relación los unos con los otros. Por el lavamiento de los pies que acaba de hacer, les hace comprender cómo se puede mantener y restablecer el disfrute de su relación con él. Luego les dice: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (v. 34-35).
Durante varios años los discípulos habían vivido la experiencia del amor incomparable de su Maestro. Ahora que los dejaba, sus relaciones mutuas debían ser marcadas por el carácter único de este amor. Por eso les da este nuevo mandamiento. Tiene toda su fuerza en lo que se refiere a la familia de Dios hoy.
Los caracteres de este mandamiento
El mandamiento de amarse el uno al otro ya se encontraba en la ley de Moisés. Estaba escrito: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). Lo que era nuevo es el modelo indicado: debemos amarnos los unos a los otros como el Señor Jesús nos amó y no como nos amamos a nosotros mismos. Es un amor de otra calidad. Es exento de egoísmo y llega hasta el dar la vida. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Juan 3:16).
Lo que también es nuevo es que el creyente tiene la capacidad y la fuerza de poner en práctica este mandamiento, si utiliza los recursos divinos que tiene a su disposición. La ley exigía que el hombre hiciera algo para obtener la vida: “Guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos” (Levítico 18:5). En lo que concierne al mandamiento que da el Señor es exactamente lo contrario. Recibimos una vida nueva, y su naturaleza se caracteriza por el amor. Para esta vida el amor es algo natural. “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:7-8). Nuestro amor muestra que somos nacidos de Dios.
Además, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). El Espíritu Santo, que es el poder de esta vida nueva, lleva nuestras miradas y pensamientos sobre el Señor Jesús. Es así como aprendemos lo que él desea ver en nosotros. Sus mandamientos son la expresión de su voluntad y nos trazan un camino según Dios. Cuando los ponemos en práctica, nuestra vida se parece a la suya y nuestro amor al de Él. Es por esta obediencia que mostramos que le amamos: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21).
Como Él nos amó
El Señor coloca a sus discípulos en una relación mutua, caracterizada por su amor. Ellos deben amarse unos a otros como él los amó. Es mucho más que simpatía o afinidad. El amor que el Señor mostró tiene las cualidades descritas en 1 Corintios 13: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor... todo lo sufre... todo lo soporta” (v. 4-7). Si nos amamos así, la felicidad está garantizada, siendo un testimonio para los que nos observan.
El apóstol Pablo dice del amor que es “el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14). Este vínculo une a los creyentes siendo muy diferentes los unos de los otros, independientemente de las simpatías o afinidades que pueden tener. Cada uno se esfuerza en amar y servir poniendo en práctica el amor con el cual Jesús amó y sirvió a los suyos. Nuestro Señor estaba rodeado de discípulos que a veces manifestaban dureza, debilidad, incredulidad, incomprensión, etc. A pesar de ello los amaba a todos perfectamente. Su amor se mostraba, particularmente cuando cometían errores poniendo en evidencia sus debilidades; entonces los atraía hacia él para enseñarles y corregirlos. Con espíritu de sacrificio y en busca de su propio bien, los amaba a todos, oraba por ellos, se daba a ellos. Finalmente se entregó a la muerte por todos. Su mandamiento es que manifestemos este amor entre nosotros.
¿Nos servimos todos los unos a los otros para hacernos bien? ¿O hay tal vez algunos hermanos y hermanas que evitamos porque no nos son simpáticos, o quizás nos decepcionaron o hirieron? Tengamos cuidado, el diablo hace todo lo posible para arruinar “el vínculo perfecto”. Pensemos a menudo en el mandamiento del Señor de amarnos unos a otros como él nos amó. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).
Una señal que el mundo puede reconocer
Si observamos el comportamiento de los hombres en el mundo, no encontramos los caracteres del amor divino sino más bien de lo que está anunciado en la segunda epístola a Timoteo, sobre “los postreros días” (2 Timoteo 3:1-5). El egoísmo, el orgullo, el carácter implacable, la crueldad, la desobediencia... etc. Los afectos son deformados y transformados en deleites contra naturaleza. Seamos muy vigilantes porque Satanás intenta que hagamos como el mundo.
Es en tal ambiente que tenemos que poner en práctica el amor que el Señor Jesús nos enseña. La familia de la fe debe caracterizarse por este amor. Si amamos a nuestros hermanos y hermanas como el Señor nos amó, buscaremos su bien espiritual y estaremos atentos a las necesidades de sus almas. Oraremos por ellos. Los amaremos, no “de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18). La fuerza para amar de esta manera la encontraremos sumergiéndonos en el océano del amor de nuestro Salvador.
Este amor práctico podrá llamar la atención de aquellos que nos rodean y reconocer que somos los discípulos de Jesús. Es también a este testimonio frente al mundo, al que el Señor se refería cuando dio su mandamiento nuevo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Si lo realizamos fielmente, él es glorificado.