Según como Dios se ha revelado al hombre, otorgándole sus bendiciones y estableciendo relaciones con él, ha actuado en diferentes maneras a lo largo del tiempo. Las nuevas revelaciones que ha tenido a bien mostrar acerca de sí mismo, de sus designios eternos y de la responsabilidad del hombre han dado lugar a nuevas situaciones: nuevas «dispensaciones».
La lectura atenta de la Palabra de Dios, prestando atención a la época en que Dios habló, a las personas a través de las cuales lo hizo (Hebreos 1:1), y a quién iban dirigidas sus comunicaciones, nos llevará a distinguir esas etapas, o al menos sus elementos más destacados, y a no confundir las distintas dispensaciones (o épocas) de Dios en el transcurso del tiempo. La importancia de esto, para nosotros los cristianos, es aprender el verdadero carácter del “supremo llamamiento”, “celestial”, “con que fuisteis llamados”, y del tiempo en el que vivimos (Filipenses 3:14; Hebreos 3:1; Efesios 4:1).
Antes y después de la venida de Cristo
En la dispensación que precedió a la venida de Cristo a la tierra, el elemento principal fue la existencia de un pueblo escogido por Dios, perteneciéndole solo a él, al cual ha hablado por los profetas. Es el pueblo de Israel, de la raíz de Abraham.
La dispensación en la que vivimos, desde Pentecostés hasta la próxima venida del Señor, se caracteriza por el hecho de que Dios tiene un pueblo celestial en la tierra, habiendo quedado Israel en un segundo plano.
Cuando hablamos de Israel, no estamos pensando en los judíos, o sea en la nación judía tal como es hoy, ni en lo que era en tiempos del Señor, sino en lo que es ese pueblo según los planes originales de Dios. Cuando hablamos de la Iglesia, tampoco estamos pensando en un grupo particular de cristianos pertenecientes a lo que comúnmente se llama «una iglesia», sino en el sentido que le da la Escritura. La palabra griega traducida como “iglesia” significa originalmente «llamados fuera de algo». Los que son llamados por Dios fuera del mundo durante el periodo del rechazo de Cristo están, mediante la morada del Espíritu Santo en ellos, unidos para formar la Iglesia de Dios, a la que Jesús llama “mi iglesia” (Mateo 16:18).
Puede ser útil observar que en el Nuevo Testamento el término iglesia se utiliza en tres maneras:
- para designar a todos los creyentes de un lugar determinado (1 Corintios 1:2; Colosenses 4:15; etc.).
- para referirse a todos los creyentes en la tierra en un momento dado (1 Corintios 10:32; 12:28; Efesios 1:22; etc).
- para designar a todos los creyentes llamados y sellados con el Espíritu Santo desde el día de Pentecostés hasta la venida del Señor (Efesios 3:21; 5:25; etc.).
En este artículo utilizamos esta palabra principalmente en este último sentido, aunque nos referimos también al segundo cuando hablamos de la Iglesia tal como existe hoy en la tierra.
Tanto si hablamos de Israel como de la Iglesia, no nos ocuparemos de lo que se puede ver, o se ha visto en un momento dado, sino lo que estos conjuntos de personas son, según los planes y el pensamiento de Dios.
Algunas de las diferencias claves entre el tiempo de Israel y el de la Iglesia
1. “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado” (Lucas 16:16).
Juan, el precursor del Señor, es el último de la larga línea de profetas de la dispensación anterior. Con él, las comunicaciones de Dios características de aquel periodo llegaron a su punto final. A través de Cristo, comenzaron nuevas comunicaciones divinas, trayendo la plena revelación de Dios al hombre.
La venida de Cristo al mundo es descrita por Zacarías, el padre de Juan el Bautista, como el amanecer de un nuevo día: “Nos visitó desde lo alto la aurora” (Lucas 1:78).
Pero ese día no se inauguró en aquel momento, porque el Señor Jesús tenía una misión que cumplir dentro de Israel. Tenía que presentarse a la nación como el Mesías prometido desde hacía mucho tiempo. Además, había que sentar las bases de las bendiciones anunciadas por los profetas. Ese fundamento fue el sufrimiento y la muerte de Cristo en la cruz. Cuando todo se cumplió, cuando el Hijo de Dios resucitó, subió al cielo y envió al Espíritu Santo a la tierra, se terminó la anterior y se inauguró una nueva dispensación, completamente diferente a todo lo anterior.
2. La ley y la gracia
El elemento característico de la antigua dispensación era la ley. El de la nueva es la gracia. La entrega de la ley en el Sinaí introdujo a Israel en una nueva relación con Dios. Él formuló sus exigencias. Debía recibir, y los hombres tenían que darle lo que le correspondía. El hecho de que muy pronto se produjera un completo fracaso –mediante el asunto del becerro de oro (Éxodo 32)– no privó a los israelitas de su nueva responsabilidad. Sin embargo, aún en ese momento, Dios anunció a Moisés que tendría misericordia de quienes tendría misericordia (33:19), y los libraría del juicio. Si podía hacer esto, era en previsión de la venida de Cristo. Pero la ley conservaba su autoridad sobre los hombres. “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo” (Gálatas 3:24).
En Cristo estaba presente un poder incomparablemente mayor al de la ley. La historia de la mujer adúltera llevada a Jesús por los escribas y fariseos lo ilustra maravillosamente (Juan 8:2-11). Bajo la poderosa influencia de la gracia, los que la acusaban fueron efectivamente convencidos de su propio pecado, algo que la ley nunca podría haber logrado, y la mujer pecadora fue perdonada, cosa que la ley tampoco podía hacer. Ahora Dios da y el hombre recibe. La nueva dispensación se caracteriza por el hecho glorioso de que la gracia reina “por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Romanos 5:21).
3. Una nación privilegiada y hombres tomados de todas las naciones
La ley no fue dada a todos los hombres, sino solo a Israel. La atención de Dios se centró en esta nación, que constituía su pueblo. Los privilegios de los hijos de Israel les pertenecían más colectivamente que individualmente. Por supuesto, Dios siempre ha cuidado de las almas de los individuos, como atestiguan muchos relatos bíblicos. Y este cuidado se hizo más visible en tiempos de creciente apostasía nacional. Pero en lo que nos presenta el Antiguo Testamento, sobre todo al principio, se hace hincapié en el estado general del pueblo más que en el estado espiritual de los individuos.
En marcado contraste con esto, la Iglesia no tiene nada de nacional. En Hechos 15, Pedro declara, y Santiago confirma, que el plan divino para la presente dispensación es el siguiente: “Dios visitó… a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre” (v. 14). Dios elige ahora a hombres de entre todas las naciones, y los elegidos para su nombre constituyen la Iglesia de Dios.
La Iglesia no es, pues, una entidad nacional, ni siquiera internacional. Es ajena a estas distinciones. Es presentada en la Escritura como “un rebaño” (Juan 10:16), “un cuerpo” (1 Corintios 12:13), “casa espiritual y sacerdocio santo” (1 Pedro 2:5), una sola familia formada por los hijos de Dios (1 Juan 2:12; 3:1; etc.).
Ahora todo empieza por el individuo. La Iglesia se compone de los que se han reconciliado con Dios y han venido a ser sus hijos. Siendo perdonados, reciben el Espíritu Santo para que more en ellos, se convierten en miembros de ese solo cuerpo, y en piedras vivas de esa casa espiritual.
4. Un culto sin ceremonias
Para Israel, Dios había instituido un ritual de sacrificios, ofrendas y purificaciones. El valor de estas cosas residía en su significado simbólico. Hoy, en gran contraste con esto, los “verdaderos adoradores” adoran “al Padre” –Dios no era conocido de esta manera en el pasado– “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23). Los privilegios de la Iglesia están directamente vinculados con las realidades eternas mismas, no con lo que era la figura de ellas. La ley tiene “la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas” (Hebreos 10:1). Ahora han llegado esos “bienes venideros”, y se invita a los creyentes a disfrutar de ellos. “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (9:24). “Habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (10:12).
Lo que Cristo trajo se describe en el Nuevo Testamento como: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”, y todo esto nos ha sido revelado a nosotros por el Espíritu (1 Corintios 2:9-10). Lo contemplamos con los ojos de la fe: “no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18).
5. Bendiciones materiales o espirituales
Las bendiciones y privilegios de Israel eran principalmente terrenales y materiales (larga vida, prosperidad, riqueza, etc.). Los de la Iglesia son celestiales y espirituales.
Dios había dado instrucciones sobre cómo los hijos de Israel debían expresarle su gratitud cuando entraran en posesión de la tierra prometida. Debían tomar de las primicias de todos los frutos cosechados, ponerlas en una canasta, traerlas a Dios y declarar ante él todas sus bondades (Deuteronomio 26:1-11).
¿Se acerca un cristiano a Dios de esta manera? Por el contrario, cuando Pablo escribió a los efesios para hablarles de su herencia celestial, no les habló de cosas materiales. Dice: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). El contraste es total.
6. Un destino terrenal o celestial
En lo que respecta al periodo glorioso del Milenio, el destino de Israel es ser un medio de bendición para todas las naciones. Pero en ese tiempo, la Iglesia estará asociada a Cristo en el cielo y compartirá su gloria. Isaías 60 nos enseña el futuro de Israel. Apocalipsis 19 y 21 utilizan imágenes diferentes para mostrarnos el lugar de la Iglesia, “la esposa del Cordero”.
Algunas preguntas más
¿Existe un momento preciso en el que los caminos de Dios con Israel llegaron a su fin y comenzó el periodo de la Iglesia?
Como ya hemos dicho, la muerte de Cristo marcó el final de las relaciones de Dios con Israel como nación. Y su resurrección, ascensión al cielo, y el descenso del Espíritu Santo a la tierra en el día de Pentecostés, marcaron el comienzo de la nueva dispensación (o época) (Hechos 2:4147; 1 Corintios 12:13). Pero hay que aclarar dos cosas:
Primeramente, aunque el rechazo de Cristo y su crucifixión supusieron un gran cambio en los caminos de Dios hacia Israel, Dios siguió ofreciendo su gracia a este pueblo hasta la muerte de Esteban, y quizá incluso hasta la destrucción de Jerusalén. Además, los designios de Dios para la Iglesia no se evidenciaron plenamente en los primeros días de su existencia. Fueron revelados gradualmente por los apóstoles, especialmente Pablo, cuando la Iglesia ya había comenzado a existir.
En segundo lugar, los caminos de Dios hacia Israel no han terminado definitivamente; se han interrumpido, al menos en lo que se refiere a lo visible. En algún momento del futuro se reanudarán y se cumplirán todas las gloriosas promesas hechas a esa nación. Israel ha sido apartado por un tiempo, mientras que la Iglesia ocupa el primer plano. Cuando esta sea llevada al cielo, Israel volverá a ocupar el lugar principal de la escena en la tierra.
¿No degrada a hombres de fe como Abraham, Moisés o Elías decir que no forman parte de la Iglesia?
En absoluto. Sencillamente, estos hombres no forman parte de la época actual. Moralmente, son gigantes, mientras que nosotros, los cristianos, a menudo somos inferiores. Dada la dispensación a la que pertenece, Juan el Bautista, que fue el mayor de todos ellos en algunos aspectos, es más pequeño que “el más pequeño en el reino de los cielos” (Mateo 11:11). Él pertenecía al tiempo de la esclavitud, y nosotros pertenecemos al tiempo de la adopción de los hijos (Gálatas 4:1-7).
Jesús no era solo un profeta como Elías, Jeremías o Juan, sino “el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:13-16). Y cuando Pedro da testimonio de ello, Jesús dice: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia” (v. 18). El Señor habla de su Iglesia como algo futuro. Y los hombres de fe del pasado, por grandes que fueran, ciertamente no formaban parte de ella.
¿Cuál era el propósito de Dios al llamar a Israel a ese lugar especial que ha ocupado?
Este pueblo fue llamado por Dios a tomar posesión del país que le había prometido a Abraham. Era un testimonio de que toda la tierra le pertenece, a pesar de que Satanás había usurpado el dominio sobre ella. Cuando entraron en esta tierra, los israelitas pasaron el Jordán como el pueblo del “Señor de toda la tierra” (Josué 3:11, 13).
Además, el pensamiento de Dios era conservar la estirpe de la que, “según la carne, vino Cristo” (Romanos 9:5). En su soberanía, había hecho a Abraham promesas que debían cumplirse.
En este pueblo, Dios llevó a cabo la prueba completa y definitiva del género humano. Israel había sido separado de la corrupción de los pueblos circundantes y se le había concedido muchos y grandes privilegios. Fue a Israel a quien Dios dio su ley. Pero su historia da testimonio de un completo fracaso en todos los órdenes, y prueba la condición irremediable del hombre.
¿Cuál es el propósito de Dios en relación a la Iglesia?
La Iglesia es el cuerpo de Cristo (Efesios 1:23). Por lo tanto, Cristo debe expresarse en ella. Él debe ser visto en su Iglesia. Ella lo representa en la tierra durante el tiempo de su rechazo y ausencia. Tocar a la Iglesia o a quienes forman parte de ella es tocarle a él. Así lo indican sus palabras a Saulo de Tarso en el camino de Damasco: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, cuando perseguía a los cristianos (Hechos 9:4).
La Iglesia es la casa de Dios, casa espiritual de piedras vivas en la que él habita. Es la única morada que tiene hoy en la tierra.
El objetivo último de Dios es tener en ella –la Iglesia– una esposa para Cristo (Efesios 5:25-27). Ella comparte ahora su rechazo, está formada por futuros seres celestiales que son como extranjeros en la tierra, y que compartirán eternamente su gloria.
¿Podemos mencionar algunas de las bendiciones que poseemos por pertenecer a la Iglesia, y que los más privilegiados de Israel no podían tener?
- El conocimiento de Dios como Padre, plenamente revelado en Cristo, es una de las mayores bendiciones. “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Y el día de su resurrección, Jesús dijo a María Magdalena: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (20:17).
- Israel tenía promesas mientras que nosotros nos beneficiamos de una redención consumada. Cristo ha venido, y los resultados de su obra de liberación ya los tenemos.
- La presencia del Espíritu Santo para morar ahora en los creyentes que forman la Iglesia es una bendición inestimable (véase Juan 14:16; Hechos 2:1-4). Siempre ha ejercido su influencia en la tierra, pero su morada en nosotros y con nosotros es algo totalmente nuevo.
- Nuestra relación con Dios tiene una base totalmente distinta. Estamos “en Cristo”. Ya no somos “esclavos”, sino “hijos” (Gálatas 4:7).
Se podrían añadir muchas otras bendiciones, pero estas cuatro son suficientes para mostrar las riquezas que los cristianos gozan. Agradezcamos a Dios por todo lo que nos ha dado.