Es importante ver, con claridad, la doble fase de la segunda venida de Cristo tal como se expone en 1 Tesalonicenses mediante las dos expresiones “la venida del Señor” y “el día del Señor”. La primera se refiere claramente a la Iglesia;1 la segunda, al mundo. La primera no tiene nada que ver con “los tiempos y… las ocasiones”; la segunda sí. La primera es ajena a los acontecimientos entre las naciones; la segunda no.
La gran carga de los profetas era el gobierno moral de Dios entre las naciones de la tierra, incluyendo sus tratos con esa nación peculiar, Israel, un tema de inmenso interés para el creyente, no por su conexión personal con ella, sino porque implica los consejos de Dios y sus caminos con el hombre en la tierra. Pero podemos buscar, en vano, a lo largo de las páginas del Antiguo Testamento, cualquier enunciación de la posición de la Iglesia, su llamamiento o esperanza. Estas cosas, “en otras generaciones no se dieron a conocer a los hijos de los hombres, como ahora son reveladas a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efesios 3:5).
Algunos enseñan que los creyentes deben ser pisoteados bajo los pies de la bestia antes de que sus corazones puedan alegrarse con la visión de la estrella de la mañana. Pero ¿dónde encuentro esto en 1 Corintios 15 o en 1 Tesalonicenses 4, escrituras que establecen claramente lo que constituye la esperanza de la Iglesia? En 1 Tesalonicenses 1:9, leemos: “Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar” – ¿a qué? ¿A la bestia? No. ¿Al hombre de pecado? No. ¿Al falso profeta? No. ¿El desarrollo completo y la destrucción final de la imagen de Nabucodonosor? No. ¿Y entonces, a qué? “Esperar de los cielos a su Hijo”. Esto es lo suficientemente simple y concluyente para cualquier persona que esté deseosa de someterse a la autoridad de las Sagradas Escrituras. A la Iglesia no se le enseña a esperar ningún movimiento entre las naciones, por la restauración de los judíos, por el desarrollo de los diez dedos de la imagen de Nabucodonosor, por la consolidación del Imperio Romano o por la desecación del río Éufrates para preparar el camino de los reyes de Oriente. En resumen, la Iglesia no debe esperar ningún acontecimiento terrenal en absoluto, sino simplemente al Hijo de Dios, que viene de los cielos, “la estrella resplandeciente de la mañana” (Apocalipsis 22:16).
Cuando pasamos a la segunda fase del advenimiento del Señor, tal como se presenta en 1 Tesalonicenses 5:1-11, encontramos algo totalmente diferente. Aquí llegamos a “los tiempos y… las ocasiones”, respecto a los cuales el apóstol consideró que no tenía necesidad de escribir a la Iglesia porque esto no le concierne a ella. Esta pertenece al día y a la luz, y por lo tanto no tiene necesidad de ser guiada por “los tiempos y… las ocasiones” ya que se encontrará con Cristo como un novio en el aire, antes de la revelación o “las señales de los tiempos” (Mateo 16:3). Tales cosas hacen referencia directa a los que se verán envueltos en los terrores del “día del Señor”, y de ninguna manera a los que tienen que ver con la estrella de la mañana.
Debe ser evidente para toda persona reflexiva que hay una gran diferencia entre la aparición de la estrella de la mañana y la revelación del pleno brillo del sol. Tampoco es menos llamativa la diferencia entre la llegada de un novio a una novia que le espera, y la irrupción de un ladrón sobre un hogar adormecido; las dos fases del advenimiento son así sorprendentemente contrastantes.
“Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos [no sobre vosotros] destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán” (1 Tesalonicenses 5:2-3). Esto es peculiarmente serio, y eminentemente calculado para infundir terror en un corazón mundano. En efecto, la venida del ladrón es tan aterradora, como la venida del novio es atractiva. Pero las dos cosas son tan distintas como pudieran ser, y no pueden ser confundidas sin un grave daño a la mente de un creyente.
Parece como si los tesalonicenses hubieran sufrido por haberse confundido así. Se nota que, al principio, temían que sus amigos difuntos no participaran en las alegrías del regreso de Cristo; y, al ser corregidos en cuanto a esto, deben haber caído en otro error, el de temer que ellos mismos se vieran involucrados en los terrores que acompañan al “día del Señor”. Este último pensamiento está completamente corregido en la segunda epístola; y, en el modo de corrección del apóstol, hay, si cabe, una presentación aún más completa y clara de la doble fase del advenimiento. Dice: “Con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca” (2 Tesalonicenses 2:1-2). Aquí, las dos cosas se ponen en contraste directo, y se exhorta a los creyentes sobre la base de su participación en las alegrías de la primera, sin temor a los terrores de la segunda. Esto es muy concluyente. La venida del Señor es la esperanza de la Iglesia, el día del Señor es el terror del mundo; la primera será la consumación del gozo del creyente; el segundo será el toque de muerte de la felicidad del mundano.
“El día del Señor vendrá así como ladrón en la noche”. Nunca se dice que la estrella de la mañana vendrá así como un ladrón en la noche. Es cierto que el Señor le dice al ángel de la iglesia de Sardis: “Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti” (Apocalipsis 3:3). Este pasaje, lejos de presentar alguna dificultad, más bien ofrece una fuerte confirmación de la verdad en la que nos hemos detenido. La iglesia de Sardis tenía nombre de que vivía, y estaba muerta: se había hundido, muy al nivel del mundo, y por eso es que el Señor le presenta esa fase de su advenimiento que pertenece propiamente al mundo. Si el creyente se mezcla con el mundo, debe esperar ser amenazado con la porción del mundo. Si Lot desciende a Sodoma, debe participar en las calamidades de Sodoma. Pero sabemos muy bien, que un “ladrón” no es el aspecto propio de Cristo para la Iglesia. “Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón” (1 Tesalonicenses 5:4). Nosotros pertenecemos específicamente al día; pero si, por ignorancia o infidelidad, nos salimos de nuestra posición adecuada, no podemos esperar que el Espíritu nos anime con nuestras propias esperanzas. Si nos hundimos al nivel del mundo, miraremos el futuro desde el punto de vista del mundo.
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El arrebatamiento es la esperanza de la Iglesia, pero también incluirá a otros que son de Cristo en su venida, como los santos del Antiguo Testamento (Ed.).