A menudo nos resulta difícil olvidar nuestros pecados pasados, incluso como personas redimidas. Tanto si los cometimos antes como después de nuestra conversión, pueden volver a nuestra memoria en cualquier momento. Y si no estamos firmes en la fe en nuestro Salvador Jesucristo, esto puede ser muy preocupante e incluso muy gravoso.
Un perdón perfecto
¿Debe ser así? ¿Está permitido? La Palabra de Dios da una respuesta clara: no. En el Antiguo Testamento, los creyentes ya podían decir: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12). El rey Ezequías escribió una vez: “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17). Y todavía, esta declaración de Jeremías 31:34, repetida dos veces en el Nuevo Testamento: “Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12; 10:17; véase también Isaías 43:25). Esta palabra de Dios se refiere ciertamente a la futura restauración de la parte creyente del pueblo de Israel. Pero el principio expresado aquí es la perfección del perdón de los pecados por parte de Dios. Él nunca quiere recordar los pecados de los suyos. ¡Eso es el verdadero perdón divino!
En principio, entonces, estas afirmaciones se aplican a todos los creyentes, sean del Antiguo o del Nuevo Testamento. Aunque el perdón perfecto de los pecados solo se reveló después de que se cumpliera la obra del Señor Jesús en la cruz, Dios ya había concedido el perdón a los creyentes en los tiempos del Antiguo Testamento en virtud de la obra expiatoria que aún era futura. Esto es evidente en las palabras: “Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:24-26).
En otras palabras:
- Dios dio al Señor Jesús y su obra en la cruz como medio de expiación por nuestros pecados.
- En su longanimidad (o su paciencia, véase Romanos 2:4), Dios dejó los pecados de los creyentes del Antiguo Testamento sin juzgarlos hasta la cruz, en vista de la expiación que aún estaba por venir.
- La obra de la expiación fue una prueba de su justicia.
- En el tiempo presente, es decir después de la obra expiatoria, la justicia de Dios se prueba en el hecho de que él justifica a todo aquel que cree en el Señor Jesús.
Al considerar estos puntos, podemos entender y regocijarnos en la perfección del perdón de Dios. El Señor Jesús “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”; “el castigo de nuestra paz fue sobre él” (1 Pedro 2:24; Isaías 53:5). En la cruz tomó sobre sí todos nuestros pecados y, al mismo tiempo, el justo castigo de Dios por ellos. ¡Es digno de nuestra alabanza y gratitud eternas!
Quien sigue el mandato del Evangelio: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”, recibe el perdón (Hechos 3:19). Esto es una verdad muy preciosa para todos los que reconocen sus pecados y los confiesan al Señor. Sus pecados son entonces “borrados”, es decir, completamente eliminados a los ojos de Dios. Y si Dios ya no los ve ni se acuerda de ellos, ¿por qué hemos de hacer nosotros lo contrario? ¿No es esto una falta de confianza en la gracia y la justicia de Dios?
Pecados cometidos antes y después de la conversión
Dios no solo nos ha perdonado los pecados que cometimos hasta el momento de nuestra conversión, sino todos los pecados, es decir también los que siguieron a la conversión y los que desgraciadamente aún podamos cometer en el futuro. En efecto, el Señor Jesús no cumplió su sacrificio en el momento de nuestra conversión, sino mucho antes de que viniéramos al mundo. Dios ya tenía ante sí toda nuestra vida. En la cruz, Cristo tomó sobre sí el castigo de Dios por todos nuestros pecados, tanto si fueron cometidos antes como después de nuestra conversión.
Los pecados que cometimos después de nuestra conversión quedan todos, por tanto, también perdonados para toda la eternidad. Somos y seguimos siendo hijos de Dios. Cuando un hijo peca contra su padre o su madre, sigue siendo su hijo. Esta relación no termina por el mal comportamiento del niño. En la práctica, sin embargo, se echa a perder y se perturba. Pero cuando el hijo confiesa su mal comportamiento, los padres le perdonan y la relación vuelve a ser la de antes.
Lo mismo ocurre con Dios. El principio de la confesión de los pecados se aplica no solo en nuestra conversión, sino también durante nuestra vida como cristianos. Podemos verlo en 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Esta afirmación se aplica tanto en el momento de nuestra conversión, para el perdón eterno de todos nuestros pecados, como en todos los casos en que pecamos durante nuestra vida como hijos de Dios. Sin embargo, la diferencia es que el primer perdón es para la eternidad, mientras que el segundo es para la restauración de la comunión práctica como hijos con nuestro Padre.
Dos ejemplos
Se podría argumentar que incluso el apóstol Pablo nunca olvidó su pecado de perseguir a la Iglesia de Dios. Esto es cierto. No solo dice de sí mismo en 1 Corintios 15:9: “Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios”, sino que también menciona este hecho en otros lugares de sus escritos (Gálatas 1:13; Filipenses 3:6; 1 Timoteo 1:13).
Sin embargo, esto nunca le perturbó ni le hizo tambalear en su fe. Al contrario, puede decir, recordándolo en 1 Corintios 15:10: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy”. Permanece firme en su fe en la obra de Cristo en la cruz. En 1 Timoteo 1:13 dice: “Mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad”. Finalmente, en Filipenses 3:6-7, después de acusarse a sí mismo de ser “perseguidor de la iglesia”, dice: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo”.
Pablo no había olvidado cuánto había pecado contra el Salvador y su pueblo. Pero ya no pensaba en ello con miedo o con mala conciencia. La misma había sido limpiada por la fe en el Señor Jesús, incluso de aquel pecado. Al recordar esto, sin duda también quiere expresar que si él, “el primero” de los pecadores (1 Timoteo 1:15), ha recibido el perdón, nadie más tiene derecho a decir que la gracia no le basta. Por otra parte, Pablo nunca menciona ninguno de sus otros pecados.
Lo mismo ocurrió con Pedro. Pedro negó al Señor Jesús, a quien tanto amaba, en un momento muy difícil y dijo: “No conozco al hombre” (Mateo 26:69-75; Lucas 22:56-62). Ciertamente, Pedro tampoco olvidó esta terrible negación de su Señor. Pero, nunca lo menciona.
Los dos apóstoles, modelos de fe, conocieron la perfección del perdón. Su ejemplo debería animar a todos los hijos de Dios que dudan o sufren por pecados pasados, pero no olvidados, a confiar en Dios y en su Palabra. Aunque no podamos borrar el recuerdo de nuestros pecados, no debemos asustarnos ni turbarnos por las dudas que surgen de ellos. Entonces podemos recordar la Palabra de Dios que nos dice: “Perdonándoos todos los pecados” (Colosenses 2:13).