“Todo, muy amados, para vuestra edificación” (2 Corintios 12:19).
A pesar de la debilidad que caracteriza hoy el testimonio cristiano, experimentamos la bendición asegurada a quienes se reúnan al nombre del Señor (Salmo 133). Dios obra a nuestro favor no según lo que somos, sino conforme a lo que él es: un Dios fiel y misericordioso que se complace en bendecir. Seamos más agradecidos por todo lo que el Señor nos permite disfrutar cuando nos reúne en torno a él. Pero también humillémonos al pensar en lo que perdemos cuando gozamos poco de su presencia entre nosotros. Sentirlo a Él entre nosotros como deberíamos hacerlo nos conducirá:
- a no dejar de congregarnos (Hebreos 10:25);
- a reunirnos en un estado moral que nos permita gozar de él por encima de todas las cosas.
Puesto que hay preciosas bendiciones aseguradas en el lugar en que se presenta el Señor, ¿cómo puede ser que un redimido falte a una sola reunión (salvo en caso de fuerza mayor), privándose a sí mismo de lo que el Señor quería dispensarle? Tal vez se requiera un esfuerzo, o dejar de lado ciertas cosas, para asistir, pero, por grande que sea el sacrificio o a lo que se renuncie, ¿puede compararse con todo lo que ofrece la presencia del Señor, gustada en la reunión? Si disfrutáramos mejor de esta presencia y de todo lo que ella confiere de gozo y paz ¿habría un solo ausente en una reunión, fuera de aquellos que se vieran impedidos por circunstancias imperiosas?
En el congregar de los creyentes hay algo que es para nosotros, pero sobre todo para el Señor, y es lo que constituye el aspecto más elevado. ¿Pensamos en ello lo suficiente? Él ha prometido estar en medio de dos o tres que se congregan en (o hacia) su nombre, y es fiel a esa promesa. Él está allí, y tal redimido no vino... ¿No es esa actitud una falta de consideración hacia su Persona, que él siente hoy como cuando estaba en la tierra? (compárese con Lucas 7:44-45; Mateo 11:2-6). Aquel que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre sabe bien cuál de ellas se ha quedado lejos, pese a que él quería alimentarlas a todas con delicados pastos. Y ¿qué decir de aquella que dejó sin respuesta la sentida invitación para el primer día de la semana: “Haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19)? Pero, sobre todo, ¿las reuniones de oración serían descuidadas en la asistencia en tantos lugares, si la presencia del Señor en medio de nosotros fuera sentida más de lo que lo hacemos? Nuestras necesidades son tan grandes, numerosas y apremiantes que con todo derecho podríamos sentirnos desalentados si nos atuviéramos a ellas. ¿Y no nos sentiremos impulsados a asistir a las reuniones, en la presencia del Señor, para clamar a él, el único que puede socorrernos? A menudo gemimos, a veces criticamos y olvidamos que el gran recurso en las dificultades es la oración individual, pero también colectiva. “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:2). ¡Cuántas bendiciones nos serían dadas si tuviéramos suficiente ardor y perseverancia para pedirlas!
Es muy cierto que, si a veces descuidamos las reuniones, es porque solo sentimos la presencia del Señor en una pequeña medida.
La primera vez que Jacob estuvo en Bet-el (Génesis 28:10-22) poco gozó de la presencia de Dios. “¡Cuán terrible es este lugar!”, dijo. Él no estaba en un estado conveniente para apreciar todo su valor, y la lectura del capítulo 27 nos permite comprender el sentimiento que experimentó. Fue preciso que Dios le condujera allí, después de muchas experiencias, y que le preparara para gustar de su presencia en ese lugar que era por cierto “casa de Dios”, “donde Dios había hablado con é1” (35:15). Después de haber oído la orden divina: “Levántate y sube a Bet-el” (v. 1), Jacob comprendió que era necesaria la purificación para entrar en el lugar en el que Dios mismo se encuentra y donde él incluso quiere hacerle disfrutar su comunión. Con frecuencia ¿no olvidamos el juicio de nosotros mismos que debe preceder a la obediencia de la palabra divina: “Sube a Bet-el”? ¿No ocurre que acudimos al lugar de reunión por simple costumbre, sin un ejercicio particular de corazón, sin haber juzgado en nosotros todo lo que debemos? Por eso, si bien siempre tendríamos que reunirnos para nuestro provecho, a veces nos reunimos para lo peor, o tal vez para juicio (1 Corintios 11:17 y 34). Examinarnos a nosotros mismos (v. 31) es indispensable si queremos ser dichosa y abundantemente bendecidos en la reunión, gozando en ella la presencia del Señor y la dulzura de su comunión.
Pero era necesario aún que Jacob enterrase a Débora, la nodriza de Rebeca, bajo la encina de Alón-bacut (Génesis 35:8). De ello podemos hacer dos aplicaciones diferentes.
La primera está en relación con el examen de nosotros mismos: no basta juzgar el mal, sino que es preciso extirparlo hasta su raíz. Rebeca había incitado a Jacob a engañar a su padre, Isaac –primer paso en el camino de extravío que había seguido. ¡La propia nodriza de Rebeca es quitada! Es necesario remontarse hasta el principio en el juicio del mal que haya en nosotros.
La segunda es esta: si consideramos la escena bajo otro aspecto, Rebeca es una figura de la Iglesia y se ha podido ver en Débora, la que la había alimentado y acompañado junto con Eliezer durante todo el viaje para ir al encuentro de Isaac (Génesis 24:59), una figura de los dones (compárese con 1 Tesalonicenses 2:7). Apreciemos cada vez más los dones requeridos para la edificación, procurando los espirituales, pero sobre todo el de profecía, a fin de edificar a la iglesia (1 Corintios 14). Sin embargo, puede haber un serio peligro si los dones son buscados de manera tal que ello prive a nuestras almas de la bendición suprema: la presencia del Señor. ¿Qué buscamos en la iglesia local? ¿La presencia del Señor o los dones por lo que estos son en sí mismos? ¿No suele ocurrir que se asiste a una reunión porque un hermano está de visita en la localidad, cuando en realidad no se habría ido si se hubiera tratado de una reunión normal de iglesia para orar o para estudiar la Palabra? ¿No se ha dado así un lugar preeminente al don, perdiéndose de vista que el Señor está siempre cuando la iglesia se reúne?
Es también una gracia que el Señor nos permita sentir nuestra debilidad. Pero el remedio está en sentir verdaderamente en nuestras almas la presencia en medio de nosotros de Aquel que no podría faltar a su promesa. Si, en las reuniones, nuestros ojos se fijaran únicamente en Él, ¡cuán alimentados, reconfortados y gozosos estaríamos! La bendición desbordaría sobre nosotros hasta “que no haya donde quepa” (Malaquías 3:10, V.M.). El Espíritu Santo obraría con poder en la iglesia y daría todo lo necesario para edificación, exhortación y consolación (1 Corintios 14:3) de los hermanos.
Los dones deben contribuir a hacernos gozar de la presencia del Señor. Pero si los buscamos solamente por lo que son, de modo que seamos conducidos a perder de vista la persona de Aquel que está en medio de nosotros, los dones pueden sernos quitados.
Lamentablemente, puede suceder que el ejercicio de los dones solo sea actividad de la carne bajo su carácter más peligroso: la carne religiosa. Cuando es así ¿no se debe ello a que la presencia del Señor no es percibida, no ya por aquellos que escuchan sino por aquel que habla? De esta primera causa de debilidad se desprende la segunda: falta de dependencia del Espíritu. Entonces la carne toma la iniciativa. Hablar “conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11) implica el sentimiento de la presencia del Señor. Ese sentimiento nos guarda en un santo temor, nos hace temblar incluso antes de abrir la boca y nos mantiene en la dependencia que conviene. Si, por el contrario, perdemos de vista que el Señor está allí, obraremos pese a que quizá habríamos tenido que callarnos, o bien iremos más allá de lo que el Espíritu habría dado, pronunciando “diez mil palabras” que fatigarán a la iglesia, en lugar de las “cinco” que hubieran podido edificarla (1 Corintios 14:19). Cuántas veces podríamos ser útiles si supiéramos limitarnos a lo que nos ha sido dado, pero en cambio creemos necesario pronunciar un largo discurso que cansa a los oyentes y hace perder la edificación que habrían producido las “cinco palabras”. O también entramos en interpretaciones sutiles y arriesgadas que generalmente falsean el sentido del pasaje considerado y quitan a la Palabra todo su alimento. El Espíritu entonces es contristado, tal vez apagado, de manera que aquel que tenía algo que expresar para edificación de la iglesia ha mantenido la boca cerrada. ¿Nos atreveríamos a obrar así si sintiéramos que el Señor está en medio de nosotros?
Dios quiera que podamos hacer una realidad práctica de la promesa tan conocida de Mateo 18:20. Entonces nos sentiremos inclinados a no dejar de congregarnos (Hebreos 10:25), a llegar allí en el estado moral que conviene a la presencia del Señor; así gozaremos verdaderamente de esta presencia por encima de todo y habrá vida y prosperidad en las reuniones.