La adoración
La adoración es la actividad más elevada del creyente. La oración y el agradecimiento a Dios tienen todo su valor, pero están a un nivel inferior. La oración se ocupa de nuestras necesidades y las presenta a Dios. El agradecimiento se expresa a Dios debido a todo lo que nos ha dado, y siempre nos da. En la adoración, el corazón del creyente se eleva hasta Dios mismo y se pierde en la contemplación de lo que él es. Solo cuando hayamos alcanzado el reposo en el cielo, nuestra adoración será perfecta y no tendrá fin.
Antes de la venida de Cristo
El carácter de la adoración ha variado a lo largo del tiempo, según lo que Dios revelaba de sí mismo. En la época del Génesis, Dios era adorado como «El-Shaddai», “el Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1). Abraham y los patriarcas tenían fe en el cumplimiento de sus promesas y confiaban en él como el Dios fiel que es suficiente para todo. La adoración tenía entonces un carácter familiar.
Se produjo un gran cambio cuando Israel fue llamado a ser el pueblo de Dios en la tierra. Dios quiso habitar en medio de su pueblo, en el tabernáculo. Esto era un privilegio inestimable, pero implicaba la existencia del sacerdocio, porque el hombre, en su estado natural, no puede acercarse a Dios. Siempre se han ofrecido sacrificios a Dios, aunque no estuvieran definidos con precisión como al principio del Levítico. La institución del sacerdocio colocaba necesariamente al pueblo a cierta distancia de Dios. El adorador no entraba en contacto directo con Él.
Los sacerdotes de Israel actuaban en nombre del pueblo. Presentaban la sangre de los sacrificios y el incienso delante de Dios en el santuario. Cuando vino Cristo, todo cambió. Dios ya no está oculto detrás de un velo. Se ha revelado completamente en la persona de su amado Hijo, de modo que quienes creen en Jesús lo conocen como su Padre. La obra de su salvación se ha cumplido. Su Salvador ha sido elevado al cielo y está sentado a la diestra de Dios.
Las enseñanzas de Jesús a la samaritana
Detengámonos primero en la maravillosa conversación del Señor Jesús con la samaritana, cerca del pozo de Sicar (Juan 4). Él habla primero a su corazón, y luego a su conciencia. Sintiendo la reprensión de sus palabras, ella intenta evitar su filo y lleva la conversación al tema de la adoración (v. 20). El Señor entonces le revela el gran cambio que estaba ocurriendo en ese momento. La mujer menciona el monte Gerizim, donde los samaritanos tenían su propio templo y celebraban un culto con los ritos del judaísmo. Ella menciona que los judíos dicen “que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar”. El Señor le responde: “Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (v. 21-24).
Primero, el Señor descarta por completo el culto de los samaritanos, considerándolo como algo falso y malo: “Vosotros adoráis lo que no sabéis”. Luego, afirma que el judaísmo es algo verdadero y de origen divino: “Nosotros adoramos lo que sabemos” y “la salvación viene de los judíos”. Finalmente, declara que ha llegado la hora de dejar ambos de lado, y que algo mejor debe ser establecido. En el cristianismo, ya no se trata de lugares santos donde Dios deba ser adorado. Reconocer ahora un lugar santo en la tierra, en el cual deba rendirse culto, priva a las almas del gozo de los privilegios típicamente cristianos. Lamentablemente, esto a menudo se ignora hoy.
Luego, los verdaderos adoradores adoran “al Padre”. Esto implica cercanía con Dios y afecto por él. Gracias a la obra de Cristo, ahora nos encontramos ante Dios en la relación de hijos. Y podemos elevar nuestros corazones hacia él para adorarlo, disfrutando de esta relación y en completa libertad. ¡Qué contraste con el enfoque temeroso y ansioso que muchos cristianos sienten hoy! Gimiendo porque el peso de sus pecados los oprime, suplican a Dios para que no les impute sus faltas y para que no mantenga su ira contra ellos.
La verdadera adoración excluye necesariamente a aquellos que no son realmente hijos de Dios. Estos no pueden de ninguna manera adorar a Dios, ni unirse a aquellos que lo adoran. El Evangelio de la gracia está a su disposición. Y hasta que lo reciban con fe, no pueden participar en la adoración del Padre.
“El Padre... adoradores busca” –es un pensamiento muy precioso. Pero busca adoradores que le adoren “en espíritu y en verdad”. Para que esto sea así, el hombre interior debe ser guiado por el Espíritu Santo. La verdad revelada debe ser conocida por quienes adoran y debe guiarlos. Esto está en absoluto contraste con las formas religiosas. Estas no necesitan la verdad de Dios ni su Espíritu, y no aportan nada a la adoración.
No dice simplemente que el Padre desea una adoración “en espíritu” y no una adoración ritual, sino que el Señor pronuncia aquí un solemne “es necesario”: “Los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Dios se ha revelado plenamente en toda su naturaleza, en todo lo que él es. Y lo que él pide a los suyos, lo que tiene derecho a recibir, nos lo dice ahora. Aquellos que se acercan a él según ritos religiosos, actitudes de gestos o de palabras, lo tratan de una manera indigna de él. El cristiano que ha llegado a conocer a Dios, el que ha nacido de él, entiende que la adoración en espíritu y en verdad es la única que le conviene. ¡Que sea nuestro gozo ofrecerle esa adoración, siendo guiados por su Espíritu y su Palabra!
Las enseñanzas de la epístola a los Hebreos
Esta epístola presenta a los creyentes como estando en el desierto y en camino hacia el reposo de Dios. Tenemos muchas debilidades, pero Cristo nos ayuda con su servicio de sumo sacerdote (2:17-18; 4:1415; 7:25). En cuanto a la adoración tenemos “libertad” (en la versión J.N.D. francesa dice: “plena libertad”, 10:19) para entrar por la fe en la presencia de Dios, gracias a la obra que Cristo ha realizado. Este es otro aspecto de la verdad.
Veamos ahora un pasaje esencial de esta epístola: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (10:19-22).
Tenemos plena libertad para entrar en la presencia de Dios. Esto es un gran contraste con lo que sucedía anteriormente con los israelitas bajo la ley. Los adoradores podían acercarse, pero nunca podían entrar en la presencia de Dios. El velo les impedía el paso. Ahora, no hay ningún obstáculo. Los derechos de Dios fueron completamente satisfechos en la cruz. El velo ha sido rasgado (Mateo 27:51). El camino al Lugar Santísimo está completamente abierto para nosotros.
Además, nuestros corazones son purificados de mala conciencia. Podemos estar tranquilos ante Dios. Tenemos la certeza de que la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre (10:10) ha borrado todos nuestros pecados. “Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (v. 14). El lugar que Jesús ocupa ahora, a la diestra de Dios, es la prueba de que el asunto de los pecados ha sido resuelto definitivamente. Si no tenemos esta seguridad, no podemos adorar a Dios. Una persona que no está segura de su posición ante Dios y que está indecisa acerca de su salvación no está en condiciones de adorar a Dios.
Cristo sufrió por nosotros y su obra está cumplida. El camino hasta Dios está abierto para nosotros. Cada creyente puede acercarse a él “en plena certidumbre de fe”. Esta plena certidumbre que nos da la fe glorifica a Dios. Desafortunadamente, hay creyentes que están constantemente en duda y temor, privándose de la gran bendición del cristianismo. Si nuestra salvación, nuestra aceptación por parte de Dios, dependiera de nosotros mismos, podríamos estar temblando. Pero como todos nuestros privilegios cristianos están basados en la obra del Señor Jesús, lo deshonramos si mantenemos dudas o inquietudes sobre nuestra salvación eterna.
Es muy cierto que nuestra condición presente es imperfecta. Ser “perfectos” en el sentido del versículo 14 citado anteriormente –o ser hecho “perfecto, en cuanto a la conciencia”, según la expresión del versículo 9 del capítulo anterior– no significa ser perfecto en todos los sentidos de la palabra. Mientras estemos en nuestros cuerpos actuales, estamos marcados por la debilidad y siempre estaremos por debajo de lo que Dios quiere para nosotros y de lo que nosotros mismos deseamos. No hablo de nuestros pecados evidentes, sino de nuestras flaquezas. Y en este sentido, el sacerdocio de Cristo viene en nuestro socorro (4:14-16). Tenemos “un gran sacerdote sobre la casa de Dios” (10:21). Y nosotros mismos, “como piedras vivas”, somos “edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5). Él los presenta a Dios por nosotros, acompañados de la excelencia y el perfume de su persona y de su obra. Y así son aceptables a Dios. ¡Qué aliento! Dependemos completamente del Señor Jesús, ya sea para las necesidades de nuestro camino sobre la tierra o para nuestro servicio de adoradores.
Al final del versículo 22 de Hebreos 10, hay una alusión a la consagración de Aarón y sus hijos en sus funciones sacerdotales. La expresión “purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” nos recuerda la aspersión de la sangre del sacrificio sobre los sacerdotes y el lavamiento con agua realizados a la puerta del tabernáculo de reunión, al comienzo de su servicio sacerdotal (Levítico 8:4-24). Esta aspersión y lavamiento son figuras de lo que ocurrió al comienzo de nuestra vida como creyentes: el nuevo nacimiento. Así, somos puros a los ojos de Dios, y ningún pecado puede sernos imputado.
¡Que Dios fortalezca cada vez más nuestras almas en la verdad y nos enseñe a adorarle dejándonos guiar por su Espíritu!