Dios pidió a Abraham ofrecer en holocausto a su hijo amado, Isaac, sobre uno de los montes de Moriah (Génesis 22:2). Abraham no dudó en cumplir esta difícil misión (v. 3). Al tercer día de viaje, ve el monte que Dios eligió, deja atrás los siervos y el asno, y sigue solo con su hijo la última etapa del camino (v. 4-5). Isaac lleva la leña y Abraham el fuego y el cuchillo (v. 6).
Por fin Isaac rompe el solemne silencio y pregunta a su padre Abraham: “He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” (v. 7). Abraham da una respuesta profética, llena de fe: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío” (v. 8). Y su fe no fue decepcionada: Dios mostró a Abraham un animal para el sacrificio después de haber edificado un altar y atado a su hijo sobre la leña. Abraham ofrece al animal indicado por Dios en lugar de su hijo, y llama el lugar: “Jehová proveerá” (en hebreo «Jehová-jireh»).
La pregunta de Isaac sobre el holocausto preocupó a todos sus descendientes a través de los siglos. Porque aunque los israelitas ofrecieron numerosos sacrificios, esta pregunta quedaba en suspenso: ¿Dónde está el sacrificio que puede satisfacer a Dios, que responde a sus exigencias? La respuesta de la fe no podía ser otra que: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto”.
El Nuevo Testamento nos enseña que Dios ya había destinado este Cordero desde antes de la fundación del mundo, y en el tiempo conveniente fue manifestado en la persona de Cristo (1 Pedro 1:19-20). Cuando un día vio Juan el Bautista a Jesús que venía a él, expresó estas palabras admirables: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Y al siguiente día exclama admirado: “He aquí el Cordero de Dios” (v. 36). La pregunta que Isaac había hecho hacía tanto tiempo sobre el holocausto, y las palabras proféticas de Abraham, encuentran en el Señor Jesús su cumplimiento perfecto: Él es el Cordero del que Dios se proveyó.
“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado (en griego: ya conocido de ante mano) desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 Pedro 1:18-20).
En el Gólgota, verdadero Jehová-jireh, el Cordero sin mancha y sin contaminación murió para responder a nuestra culpabilidad. Hemos sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo y llevados a Dios. Por esto, ya hoy, nos gozamos en dar gloria a Dios y al Cordero ¡esperando poder hacerlo con perfección en el cielo!
“Digno eres... porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación... El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza... Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5:9, 12-13).