Vestirse: el armario cristiano

Colosenses 3:12-17

El trato con los demás: Breves reflexiones sobre Colosenses 3:12-17

Hay muchos pasajes en la Escritura que hablan de la forma en que debemos comportarnos los unos con los otros. ¿Cómo veo a mis hermanos y hermanas? ¿Cómo los trato? Pablo anima a los creyentes de Colosas a vestirse de un modo determinado. Es como la descripción de un guardarropa que contiene diferentes prendas que debemos vestir en el trato con los demás. Consideremos brevemente y apliquemos lo que Pablo tiene que decir al respecto: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”.

Quiénes somos

Pablo empieza por decirnos quiénes somos. Antes de considerar nuestro trato con los demás, siempre es bueno considerar quiénes somos nosotros, quiénes son los demás y cómo Dios nos ha tratado y trata con todos. Pablo menciona tres cosas, que constituyen el contexto de las siguientes exhortaciones:

Somos escogidos de Dios. La elección cristiana es un asunto personal. Dios no ha escogido a la Iglesia, sino a los creyentes, uno a uno. Nuestra elección se origina en la eternidad y tiene que ver con la eternidad (Efesios 1:4-5). El hecho de que Dios nos haya escogido muestra claramente que somos de gran estima a sus ojos. Deberíamos tratarnos unos a otros bajo esa luz, y no olvidar que nosotros –y nuestros hermanos y hermanas– le somos de gran valor.

Somos santos. La santidad tiene que ver con nuestra posición ante Dios y nuestra vida práctica. Somos santos y debemos vivir santamente. Este versículo trata de nuestra posición. A los ojos de Dios somos santos. Esto se aplica tanto a mí como a todos los que han nacido de Dios. Somos seres apartados y le pertenecemos a él. La santidad tiene que ver con la propiedad. Al tratar con los demás no debemos olvidar a quién pertenecemos todos nosotros.

Somos amados. Dios no solamente nos amó en el pasado; sigue amándonos. Somos objetos de su tierno cuidado y afecto. No debemos olvidarlo en nuestro trato con los demás. Dios me ama, y yo debo amar a mis hermanos y hermanas desde esa perspectiva, tal y como él me ha amado. Ese amor determinará mis actitudes y mi comportamiento hacia ellos.

Vestirse 

La exhortación aquí es ponerse algo. Tres breves observaciones al respecto:

  • En primer lugar, lo que me he puesto debe verse. Mis actitudes hacia mis hermanos y hermanas provienen del corazón (el hombre interior), pero al mismo tiempo deben verse en la práctica, en la forma en que los trato.
  • En segundo lugar, vestirse no es algo que hagamos una sola vez. Es un proceso continuo y un reto diario. Debemos caracterizarnos siempre por ponernos las diferentes prendas de este maravilloso armario cristiano.
  • En tercer lugar, no se trata de elegir solo las prendas que nos gusten y nunca ponernos las demás. Debemos tomar de todo el armario. Podemos compararlo con la armadura cristiana (Efesios 6:10-20). Todas sus partes son necesarias. No podemos dejar que nos falte ninguna de las siguientes prendas.

Entrañable misericordia 

La misericordia es compasión, y debe salir de lo más profundo del corazón. Si alguien está pasando por circunstancias difíciles –problemas o angustias de un tipo u otro– debemos compadecernos de él. De este modo, nos vestimos de misericordia así como con una prenda. El ejemplo perfecto es nuestro Señor Jesús. Cuando estuvo en la tierra, “tuvo compasión” (Mateo 9:36). Esto es exactamente lo que Pablo nos presenta en el texto. Nuestro hombre interior (nuestro corazón) debe conmoverse si vemos que un hermano o hermana está sufriendo. No podemos ser indiferentes a su necesidad, sino que debemos sentir misericordia y expresarla de forma práctica y sincera.

Benignidad

Ser benigno significa ser amable y mostrar bondad hacia los demás. Fue la “bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres” (Tito 3:4) que se manifestó en la persona de Jesucristo. Fue la bondad (o benignidad, es la misma palabra) de Dios la que nos llevó una vez al arrepentimiento (Romanos 2:4). Como “imitadores de Dios” (Efesios 5:1) debemos tener la misma actitud con nuestros hermanos y hermanas. No importa si están necesitados o no, debemos tratarlos bondadosamente, buscando lo mejor para ellos.

Humildad 

Este fue uno de los rasgos claves del carácter de nuestro Señor Jesús cuando estuvo aquí en la tierra. Su intención no fue mirar por lo suyo propio, sino por lo de los otros (Filipenses 2:4-5). Esta es la mejor definición de humildad. Ello no significa pensar en forma negativa ni despectiva de nosotros mismos. Más bien, es no pensar en absoluto en nosotros mismos. Nunca podremos lograrlo por nuestro propio esfuerzo. Por eso el Señor dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Este rasgo de carácter solo puede desarrollarse en nosotros si ponemos los ojos en Él.

Mansedumbre

Esto solo también puede aprenderse fijando nuestra mirada en el Señor. Ser manso significa reaccionar suavemente si estamos siendo atacados por otros. Una persona mansa no es débil, sino alguien que reacciona con prudencia y gentileza. Cuando a nuestro Señor “le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba” (1 Pedro 2:23). El ejemplo de Moisés, que “era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3), deja claro que la mansedumbre no es una característica natural, sino una virtud que solo puede aprenderse en la escuela de Dios y ejercitarse por la fe. ¡Cuántas disputas habríamos evitado si hubiéramos respondido entre nosotros con más mansedumbre! (Proverbios 15:1).

Paciencia 

La paciencia, en el pasaje que estamos considerando, hace referencia a la longanimidad. Tomemos de nuevo ejemplo de Dios mismo. Él es paciente (1 Pedro 3:20). También lo es nuestro Señor Jesús (2 Pedro 3:15). Él dio prueba de ello cuando estuvo aquí en la tierra. La paciencia es parte del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22). La palabra longanimidad significa realmente: «capacidad de soportar con perseverancia las adversidades». Tiene que ver con la espera y la paciencia. Ser humilde y ser manso no son atributos que se muestren ocasionalmente, aquí y allá, sino que deben ser rasgos constantes. El que es paciente y sufrido demuestra una especie de resistencia y perseverancia. No se enfada fácilmente, sino que está dispuesto a soportar a los demás con amor.

Soportarse unos a otros 

La paciencia nos lleva a esto. Soportar al otro no solo significa estar dispuesto a sobrellevar sus cargas, sino también a aceptar sus debilidades. Esto es exactamente lo que el Señor Jesús hizo con sus discípulos. Ellos tenían muchos defectos, pero él estaba dispuesto a aguantarlos. Puede que incluso debamos tolerar a nuestro propio hermano si se ha convertido en una carga para los demás. Y no debemos olvidar que Pablo dice: “soportándoos unos a otros” (v. 13). No va en «un solo sentido». Hoy puedo ser yo quien deba hacerlo; mañana puedo ser yo quien deba ser soportado por los demás.

Perdonarse unos a otros

Pablo continúa diciendo: “si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (v. 13). Quizá sea el más difícil de sus mandatos. Supongamos que mi hermano o hermana hayan pecado contra mí; entonces pensemos: ¿Cómo reaccionó nuestro Señor cuando fue crucificado en aquella cruz vergonzosa y cruel? Él oró por sus enemigos, “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34). Él da el ejemplo a seguir. Por lo tanto, nuestro estándar es: ¡“de la manera que Cristo [nos] perdonó”! ¿Y de qué manera nos ha perdonado? En primer lugar, lo hizo completamente. En segundo lugar, lo hizo inmediatamente. En tercer lugar, lo hizo voluntariamente, desde lo más profundo de su corazón. Lamentablemente, a veces pecamos unos contra otros. En ese caso deberíamos estar dispuestos a confesar (si somos nosotros los que hemos pecado) y a perdonar (si es el otro el que ha pecado). Perdonar significa conceder la gracia de remitir una falta. Por tanto, el que perdona ejerce la gracia, y el que es perdonado recibe esa gracia.

Amor, el vínculo perfecto 

A todos estos rasgos todavía hay algo que añadir: el amor. El amor necesita una razón, y la razón no se encuentra en nosotros, sino en Dios. Juan dice: “Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros” (1 Juan 4:11). Si examino a mis hermanos con el ojo natural, siempre encontraré algo en ellos que me impedirá mostrarles mi afecto. Pero no hay necesidad de encontrar un motivo. Puesto que el amor de Dios ha sido derramado en mi corazón, puedo amar al otro sin encontrar una razón en él o ella para hacerlo. El amor es el vínculo perfecto. El amor no lo es todo, pero sin amor, todo es nada.

Los primeros versículos de 1 Corintios 13 dejan claro que debemos añadir amor a todo. Podríamos demostrar grandezas a los ojos de los demás –hablar lenguas humanas y angélicas, tener profecía, entender todos los misterios y toda ciencia, tener toda la fe y repartir todos nuestros bienes para dar de comer, e incluso entregar nuestros cuerpos por los demás– pero si se hace sin amor, de nada aprovecha. Podemos llevar todas estas fabulosas prendas del armario cristiano, pero no servirán de nada, ni nadie saldrá beneficiado, si no tenemos amor. Por lo tanto, animémonos unos a otros no solo a expresar estos maravillosos rasgos de carácter, sino a añadir amor a todos ellos mientras lo hacemos.