Dios es soberano
“Por tu ordenación subsisten todas las cosas hasta hoy, pues todas ellas te sirven” (Salmo 119:91). “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8).
Dios actúa como quiere, cuando quiere, y utiliza a quien quiere para cumplir lo que se propone. La Palabra de Dios contiene ejemplos notables de personas que la razón humana no habría elegido, pero que Dios emplea para cumplir su voluntad.
La hija del faraón
(Éxodo 2:5-10)
Pensemos en los sentimientos de la madre de Moisés obligada a ¡abandonar a su hijo a los caprichos de las aguas del Nilo! No cabe la menor duda que una ardiente oración se elevó del corazón de esta mujer. Dios va a responder a la fe de Jocabed, pero tal vez no como ella lo esperaba. Él elige un instrumento en el cual nadie pensaba: la propia hija del faraón. ¡Qué estupor para María, hermana de Moisés, ver llegar allí a la princesa, hija del enemigo declarado del pueblo hebreo! Viene precisamente al lugar donde su madre depositó la arquilla de juncos protegiendo a su pequeño hermano. Dios inclina su corazón a lo que le agrada (Proverbios 21:1): ella será el instrumento de la liberación del niño.
En el mismo palacio del hombre que pronunció el decreto que debería haber matado a Moisés en las aguas del Nilo, ¡Dios da protección al que ha elegido para liberar a su pueblo! La princesa deseó tener a Moisés para ella (v. 9-10), pero Dios decidió que este niño sería para él. Todo el poder de Egipto no le impedirá hacer lo que se propuso.
Balaam
(Números 22-24)
En estos capítulos, Dios revela una escena muy notable, enmarcada por quejas y recriminaciones del pueblo de Israel (21:4-6) y por la fornicación idólatra a la cual se entregó el mismo con las hijas de Moab (cap. 25).
¿No ha llegado el momento de que Dios se deshaga de un pueblo que hizo todo para merecer su maldición y juicio? Dos terribles personajes entran en acción: Balac y Balaam. Con motivos diferentes, el uno y el otro tienen la misma idea: ¡maldecir al pueblo de Israel! Pero Dios permanece soberano y sus promesas son sin arrepentimiento (23:19; Romanos 11:29). No solamente no quiere escuchar a Balaam (Deuteronomio 23:5), sino que cambia la maldición por una bendición total e incondicional. Hasta utiliza a Balaam, quien estaba muy deseoso de maldecir al pueblo de Dios. Este hombre está obligado a decir que no hay encantamiento o adivinación contra Israel (Números 23:23). Esta bendición es una imagen de lo que poseemos en Cristo. La que nos adquirió por su obra en la cruz no puede ponerse en duda por nuestros pasos vacilantes o nuestras faltas.
Mucho más tarde el Señor dirá a los fariseos: “Os digo que, si éstos callaran, las piedras clamarían” (Lucas 19:40). Hacer clamar a las piedras ciertamente es un gran milagro. Sin embargo, una piedra es inerte y sin voluntad propia, mientras que Balaam tenía una voluntad opuesta a la de Dios. ¡Qué milagro que tal bendición fuera pronunciada por el propio enemigo!
Un hombre que cuenta un sueño
(Jueces 7:9-15)
Progresivamente Dios fue fortificando la fe de Gedeón, con el fin de combatir contra Madián y Amalec, opresores de Israel (cap. 6). La noche anterior al día decisivo, Dios lo invita a descender al campamento enemigo con Fura, su joven ayudante (v. 9-10). Gedeón podría ser tentado en comparar los pocos soldados que dejó en la montaña con el inmenso ejército que se extendía en el valle (v. 12). Dios conoce la fragilidad de su fe, como conoce la nuestra también, y le va a dar un gran aliento. Para esto va a utilizar a un enemigo y no el criado de Gedeón o alguien de sus hombres. Dios hace tener un sueño a un madianita y compartirlo con su compañero en el momento preciso en que Gedeón está cerca para oírlo. Aún más: Dios no permite que Gedeón interprete el sueño, sino que el oyente del madianita, a quien conta el sueño, dé en nombre de Dios el significado del pan de cebada que rodaba.
Comprendemos que Gedeón se prosterne delante de Dios. Él que dirigió al enemigo a comunicarle un tan grande estímulo ¿no tiene su soberana mano sobre la batalla y en consecuencia sobre la victoria?
Los enemigos de Jonatán
(1 Samuel 14:1-15)
La fe de Jonatán brilla a lo largo de este capítulo. Su inteligencia sobre los pensamientos divinos contrasta con la religiosidad sin vida de Saúl, su padre. Dependiente, no duda que Dios puede indicarle la conducta a seguir utilizando los mismos enemigos: “Si nos dijeren así: Subid a nosotros, entonces subiremos, porque Jehová los ha entregado en nuestra mano” (v. 10).
Sin sospechar que eran instrumentos en la mano de Dios, los filisteos responden: “Subid a nosotros, y os haremos saber una cosa” (v. 12). Por la boca de los enemigos, Dios responde a la fe de Jonatán y de su compañero. ¡La victoria no tarda en llegar!
El fin del relato abraza nuestro corazón (v. 35-46). La palabra sin sentido de Saúl (v. 24) pone a Jonatán frente a la muerte. En contraste con la muchedumbre que clamará que Jesús sea crucificado (Juan 19:15), el pueblo pide con unanimidad la liberación de Jonatán.
Saúl
(1 Samuel 19:19-24)
Dios puso de lado a Saúl por su impaciencia carnal (1 Samuel 13:13-14) y su desobediencia (15:10-23). Pero va a mostrar su poder en este hombre, aunque él manifestó su oposición a Dios.
Saúl intenta deshacerse de David. Sabiendo que se refugió junto a Samuel, envía mensajeros para apresarlo; y termina yendo él mismo. A pesar de las tristes disposiciones interiores del rey, el Espíritu de Dios viene sobre él siendo obligado a profetizar. Despojado de sus vestidos, queda así todo el día y toda la noche. Es así como Dios muestra que puede actuar sobre el hombre más opuesto y obligar su voluntad a someterse a la suya. ¡Qué testimonio del poder divino!
Una mujer viuda
(1 Reyes 17)
En tiempos de Acab, el hambre pesa sobre el reino de Israel. Pero en medio de la prueba, el profeta Elías es nutrido junto al arroyo de Querit. Dios no olvida a los suyos y toma cuidado de cada uno de ellos. Sin embargo ¡el arroyo se seca! Tal vez a Elías le vinieron estas preguntas: ¿No es Dios capaz de hacer que el arroyo corra todo el tiempo que dura la prueba? ¿Son limitados los recursos divinos? ¿Qué será de mí, que no me atrevo andar libremente en Israel ya que Acab busca mi vida?
A menudo razonamos así también, sin discernir el conjunto del plan de Dios.
La orden que Dios da a Elías es sorprendente: “Levántate, vete a Sarepta de Sidón... he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente” (v. 9). Una viuda era generalmente una persona pobre en ese tiempo. Su marido ya no estaba para trabajar y proveer para el sustento del hogar; por eso se encontraba reducida a la pobreza. Sin embargo, esta viuda es el instrumento que la sabiduría de Dios elige para nutrir al profeta. Pero más allá de este socorro material, ¡qué bendición que Dios otorga a esta mujer de las naciones a través de la resurrección de su hijo! Por el profeta ella aprende a conocer mejor a Dios mismo. ¿No es la meta de todas nuestras pruebas? Crecer en el conocimiento de Aquel que nos las dispensa.
Sobre el plan profético, aquí vemos el endurecimiento del pueblo de Israel bajo la disciplina de Dios abriendo la bendición a las naciones ajenas a las promesas (Lucas 4:25-26).
Caifás
(Juan 11:49-52)
Este hombre es el sumo sacerdote que preside el concilio ese año y que condena a Jesús. Muestra una oposición a Cristo, violenta y ciega.
Sin embargo, en una sesión precedente del tribunal judío, Caifás se opone a los demás sacerdotes y fariseos al profetizar que Jesús va a “morir por la nación” de Israel (v. 51). La profecía que anuncia va más allá de lo que él es consciente. Abarca mucho más que Israel. Anuncia la bendición universal que la cruz de Cristo traerá al reunir “los hijos de Dios que estaban dispersos” (v. 52). ¿Quién hubiese pensado en Caifás para pronunciar esta profecía de tan gran alcance?
Pilato
(Juan 19:19-22)
Podríamos hablar por mucho tiempo sobre los motivos que llevaron a Pilato a poner un título, escrito en tres idiomas: en hebreo (idioma religioso), griego (idioma cultural), y latín (idioma político): “JESÚS... REY DE LOS JUDÍOS” (v. 19), y colocarlo sobre la cruz.
Lo que es seguro es que Dios quiso que haya un testimonio escrito con respecto a la identidad de Aquel que era crucificado. Muchos pudieron leer este escrito. Solo Dios sabe si esta inscripción pudo tocar la conciencia de algún judío que pasaba por allí. Su rey estaba sobre una cruz y no sobre un trono. Esto atestiguaba el rechazo completo de su Mesías.
Conocemos a Pilato como un hombre inclinado a satisfacer la muchedumbre (v. 15-16). Sin embargo, a pesar de los pedidos insistentes de los principales sacerdotes, rechaza modificar el título puesto en la cruz: “Lo que he escrito, he escrito” (v. 22). ¡Qué poder muestra Dios al usar incluso a un Pilato, sin su conocimiento, para cumplir lo que se propuso!
El malhechor arrepentido
(Lucas 23:39-43)
Si a pesar de su maldad Pilato dio un testimonio escrito, Dios también quería que un testimonio oral de la perfección de Cristo sea proclamado en la cruz. Para ello, no se valió de un discípulo, ni siquiera de un religioso en el que se pudiera confiar. Soberanamente, abre la boca de un malhechor para declarar que ese crucificado no hizo ningún mal (v. 41). Sin duda que este condenado nunca fue instruido en la ley. Tal vez nunca encontró Aquel que ahora es crucificado al lado de él. Pero el poder divino lo escoge para declarar lo que debía decir en este momento único.
Hay una diferencia importante entre Pilato y ese malhechor. Pilato no adquiere ningún beneficio por su actuar. Hace su escrito, pero su corazón no se conmueve. Impulsado por fuerza divina, actúa como un instrumento sin inteligencia, hasta, tal vez, teniendo en él mismo el deseo de contrariar a los judíos a quienes desprecia. Por el contrario, las palabras que atestiguan la perfección de Cristo brotan del corazón trabajado del malhechor arrepentido. A pesar de los sufrimientos indescriptibles de la cruz, el Señor colma la fe de este hombre: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43).
Un centurión Romano
(Mateo 27:54)
Sin duda que el centurión tampoco conoció a Jesús antes de ser designado para supervisar su ejecución. Dios quería que la divinidad de Cristo fuese certificada aun cuando acababa de ser “crucificado en debilidad” (2 Corintios 13:4).
Si el malhechor habló de lo que Jesús había hecho, en contraste con sus propias fechorías, el centurión, hombre de las naciones, dice: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”. Era lo que los sacerdotes dieron como motivo para condenar a Jesús (Mateo 26:64-65). Ahora muerto, Dios reafirma su divinidad utilizando en su sabiduría un instrumento que, humanamente, parece poco apropiado.
Saulo de Tarso
(Hechos 9)
El Señor quería dar a su Iglesia naciente un siervo con una misión excepcional. ¿A quién va a elegir? ¿Pedro, Santiago, Juan o Bernabé? Aquel que consintió en la muerte de Esteban y que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, era el último en quién se pensaría. Sin embargo, es a él al que designa la soberanía divina. Es un “instrumento escogido” para llevar el nombre de Jesús delante de “gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel” (v. 15).
Los discípulos en Damasco sabían que Saulo venía para perseguirlos (v. 14), ¡y seguramente que pedían a Dios que se lo impidiera! Dios responderá mucho más de lo que pensaban: temían la llegada de un perseguidor implacable; pero Él les envía un “hermano” (v. 17).
Pecadores perdidos, se convierten en adoradores
“Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará” (Isaías 43:21).
Y para terminar, ¿qué decir de la elección soberana de Dios para constituirse una familia de adoradores? ¿Había criaturas más alejadas de él que esos hombres perdidos para publicar su alabanza y contar las cosas magníficas que le conciernen? La Palabra declara sobre ellos: “Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura” (Romanos 3:13-14). Estos mismos hombres confirmaron las palabras del salmista que Pablo cita en esta epístola cuando reclamaron unánimes con grandes gritos la muerte del Señor de gloria. Sin embargo, es de entre estos hombres que el Dios soberano saca un pueblo para sí mismo y hace de ellos un pueblo de adoradores.
“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:33-36).