Un mensaje personal: — Si vivimos… si morimos… —

Romanos 14:8

“Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Romanos 14:8).

Los días actuales están marcados por cierta inquietud y mucha perplejidad. Ante el aluvión de noticias aterradoras, podríamos sentir miedo y angustia si no supiéramos que Dios todopoderoso está por encima de todo. Él dirige los destinos de los hombres. ¡Nada sucede sin su voluntad!
En estos tiempos tan convulsos, queremos honrarlo con nuestra confianza y reconocerlo conscientemente como Señor en nuestras vidas. Si aceptamos de buen grado “su yugo”, sometiendo nuestra voluntad a la suya, “hallaremos descanso para nuestras almas” (Mateo 11:29).


Nuestro lema de vida: ¡vivimos para el Señor!

Si solo vivimos para nosotros mismos y nos centramos en nuestros propios intereses, no nos sentiremos satisfechos. Pero si dejamos que él sea el Señor de nuestra vida, esta adquiere un verdadero sentido y nuestro corazón se llena de alegría.
Entonces nos preguntamos, como Pablo: “¿Qué haré, Señor?” (Hechos 22:10).
Para el apóstol Pablo, el Señor glorificado era su único y exclusivo centro. “Para mí el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21), testifica a los creyentes en Filipos. ¿Nos sorprende que, en esta carta, escrita desde la cárcel en Roma, hable con tanta frecuencia de la alegría en el Señor? Esta alegría no depende de las circunstancias externas. Precisamente en los momentos difíciles, “el gozo de Jehová” debe ser nuestra fuerza (Nehemías 8:10).
Queridos lectores, animémonos a presentar nuestros “miembros”, nuestra boca, nuestras manos y nuestros pies, etc., en cierto modo como “instrumentos de justicia” a disposición del Señor, en el sentido de Romanos 6:13. Preguntémosle, qué buenas obras ha preparado para nosotros, y él nos las mostrará. No menospreciemos “el día de las pequeñeces” (Zacarías 4:10). No aspiremos a grandes hazañas, sino que, con su ayuda, cumplamos fielmente las tareas que él nos encomendó.
 

Nuestro Salvador, el Señor de la muerte

Un creyente no muere por una enfermedad, sino porque su Señor lo llama. Es absolutamente cierto: “y si morimos, para el Señor morimos”. El Señor nos asegura en su Palabra que “en tu mano están mis tiempos” (Salmo 31:15). ¿No es un consuelo saber que no estamos a merced de un «futuro incierto»?
Así, nuestro «destino» está determinado y guiado por el Señor. Con él no hay casualidades. El salmista David estaba seguro de ello cuando testificó: “Dios es el que me ciñe de fuerza, y quien despeja mi camino” (2 Samuel 22:33). ¿No queremos volver a aferrarnos con confianza a esta promesa para nuestra vida? Él me guía según su sabio consejo.
Entreguemos voluntariamente al Señor, en sentido figurado, el «volante» y sentémonos en el «asiento del copiloto», para nuestra bendición. ¡Tendremos una vida feliz y plena!
Los muertos que “mueren en el Señor” son alabados como “bienaventurados” en Apocalipsis 14:13. ¡Qué hermoso! Están con el Señor, han pasado de la fe a la visión y “descansan de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen”. Sí, ¡qué dichoso es el descanso con Jesús en la luz!
Todo lo que hemos hecho en nuestra vida con y para el Señor no será olvidado por los siglos. Incluso el “vaso de agua” que hemos dado al sediento, él lo recompensará (Mateo 10:42).
 

Somos del Señor, en la vida y en la muerte

En él estamos ya y para siempre a salvo. Su mano fuerte, que hoy nos sostiene, tampoco nos soltará mañana. Hemos sido comprados por un alto precio y somos “de gran estima… honorable, y él nos amó”. El Señor fiel ha esculpido a los suyos en las palmas de sus manos, ¡sí, también a usted! Él promete: “No perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Isaías 43:4; 49:16; Juan 10:28).
Una vez más: somos del Señor, ¡amados con amor eterno! Nada ni nadie puede separarnos de este amor, “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada” (Romanos 8:38-39).

«Gracias Señor Jesús, por tu amor incondicional. Gracias por las valiosas promesas de tu Palabra, que son nuestro consuelo».