“Nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:6).
“Procuramos... serle agradables” (2 Corintios 5:9).
La palabra “aceptos” en Efesios 1 concierne a la persona del creyente, mientras que la palabra “agradables” en
2 Corintios 5 atañe a su marcha. La primera se refiere a su posición, la segunda a su estado práctico. Una es el fruto de la pura gracia de Dios para con nosotros, pecadores; la otra es el fruto de nuestro trabajo cuidadoso como creyentes, teniendo presente que también es solo por gracia que podemos hacer algo para él.
Es necesario distinguir claramente estos dos aspectos. Así seremos preservados de ser legalistas o indulgentes. Es indiscutible que a todos los creyentes Dios los hizo aceptos en el Amado. El más débil de los corderos del rebaño es acepto en Cristo resucitado. La gracia de Dios nos colocó a todos en ese terreno elevado y bendito. Nosotros no podemos hacer nada para ser aceptos, es el trabajo de Dios. Él nos encontró a todos muertos en nuestros delitos y peca- dos, lejos de él, hijos de ira, sin esperanza. Pero Cristo murió por nosotros. Y Dios “nos dio vida juntamente con Cristo... y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:5-6). Y de esta manera nos hizo aceptos, favorecidos, colmados de favores en él.
Es la posición inalienable y eterna de todos aquellos que creen en el nombre del Hijo de Dios, no hay excepción. Cristo, en su gracia infinita, se puso él mismo judicialmente allí donde estábamos moralmente. Por su muerte quitó nuestros pecados y satisfizo perfectamente, a nuestro favor, todas las exigencias de la justicia divina. Entonces Dios lo resucitó de entre los muertos y con él también a todos los suyos. Según su propósito eterno, estos son llevados a tener esa maravillosa y privilegiada posición y por la operación del Espíritu Santo pueden gozar de ella inmediatamente.
Podemos decir con el apóstol: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:3-6). ¡Gloria a su Nombre para siempre!
Todos los creyentes son perfectamente aceptos, colmados de favores para siempre en el Amado. Dios los ve en Cristo y como a Cristo. Piensa en ellos como piensa en Cristo; los ama como ama a Cristo. Siempre están delante de él, perfectamente favorecidos en su amado Hijo. Nada ni nadie puede dañar esta posición elevada y gloriosa que descansa en la estabilidad eterna de la gracia de Dios y en la obra perfecta de su Hijo, atestiguada por el Espíritu Santo enviado desde el cielo.
Pero ¿son todos los creyentes agradables en su andar práctico? ¿Se conducen todos de manera tal que sus acciones y comportamiento puedan soportar la luz del tribunal de Cristo? ¿Procuran todos serle agradables?
Son preguntas serias. Pesémoslas con solemnidad. No evitemos el filo de esta verdad práctica. El apóstol Pablo se sabía perfectamente acepto. Pero no por eso se dejó llevar a ser indulgente, descuidado o permisivo; jamás.
Dice: “Procuramos... serle agradables” (2 Corintios 5:9). La grata seguridad de saber que somos aceptos y favorecidos en Cristo es la gran razón para que procuremos serle agradables. El apóstol agrega más adelante: “El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que, si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (v. 14-15).
Todo esto es eminentemente práctico. Con insistencia somos llamados, y con todos los argumentos que puedan tocar nuestra conciencia y nuestro corazón, a procurar ser agradables a nuestro amado Salvador. ¿Sería esto ser legalista? No. Al contrario, allí está el secreto de una vida dedicada, cimentada en el firme fundamento de nuestra eterna elección y perfecta aceptación en un Cristo resucitado y glorificado a la diestra de Dios. Es el fruto de la libre y sobe- rana gracia de Dios.
¿No deberíamos esforzarnos en responder al pedido de Cristo en cuanto a nuestra justicia práctica? ¿Buscar serle agradables con celo y amor? ¿Nos contentaríamos con saber que somos aceptos delante de Dios porque estamos en Cristo, sin preocuparnos si nuestro andar le es agradable? ¡Que Dios nos guarde de esto! Fortifiquémonos en la maravillosa gracia que hizo nuestras personas aceptas delante de Dios en Cristo, y procuremos serle agradables en nuestro andar.