El primer pacto en las Escrituras fue establecido por Dios entre él, Noé y toda la humanidad, así como con los animales y las aves (Génesis 9:8-17). Disponía que Dios nunca más enviaría un diluvio para destruir la tierra. Los otros pactos de Dios se referían a Israel, como Romanos 9:4 declara claramente.
El pacto con Abraham
El primero de los pactos de Israel fue dado directamente a Abraham: “Pondré mi pacto entre mí y ti” (Génesis 17:2). Y Dios añade a esto en el mismo capítulo: “Estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti... Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos” (v. 7-8).
Por supuesto, la descendencia a la que Dios prometió toda la tierra de Canaán solo puede ser la nación de Israel. La promesa es absoluta e incondicional. Dios no puede romper su pacto, ni puso sobre Israel ninguna condición que cumplir para que se haga efectivo.
El pacto del Sinaí
Sin embargo, en Éxodo 19 se hace otro pacto con Israel en el desierto del Sinaí. En este, Dios ordena a Moisés que diga a los hijos de Israel reunidos: “Si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra” (v. 5).
Este pacto está en gran contraste con el dado a Abraham, pues está condicionado a la obediencia de Israel, y por tanto no es “pacto perpetuo” (Génesis 17:7). Solo si Israel obedecía sería especial tesoro para el Señor, “un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éxodo 19:6).
¿Por qué hizo Dios tal pacto después de haber hecho previamente uno incondicional? Porque Israel, en vana con- fianza en sí mismo, se consideraba merecedor de las pro- mesas de Dios y por lo tanto esperaba recibirlas sobre la base de sus buenas obras. Muy bien: Dios les da entonces un pacto de ley, el de los diez mandamientos, para poner a prueba esta confianza en su propia bondad. Él les mostraría por su experiencia con la ley, que no merecían nada más que el juicio.
Aunque rompieron la ley, y por lo tanto rompieron ese pacto, esto no anuló en absoluto Su pacto anterior con Abraham, como Gálatas 3:16-18 nos muestra. El pacto con Abraham sigue en pie, pues es eterno y no depende de la obediencia de Israel.
Sin embargo, ese pacto solo puede cumplirse en Cristo, pues fue hecho a Abraham y a su descendencia. “No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (v. 16). Aunque Abraham tendría numerosas simientes, sin embargo la bendición vendría a través de la única simiente, Cristo. Debido a que Israel como nación rechazó al bendito Señor de gloria (1 Corintios 2:8), perdieron todo título de la promesa. Por lo tanto, cuando se conviertan al Señor (2 Corintios 3:16), no reclamarán ninguna promesa del pacto sino que vendrán solo como «objetos de misericordia» (Romanos 11:31-32), prácticamente en el mismo terreno que los gentiles. De esta manera maravillosa, Dios mostrará su poder y gracia dominantes, en el cumplimiento de su pacto con Abraham. ¡Maravillosa es la sabiduría de sus caminos! (v. 33).
El nuevo pacto
Jeremías 31:31-34 habla de un nuevo pacto que Dios hará, también con Israel, en un día futuro. No será como el de Éxodo 19 que Israel rompió, pues no estará condiciona- do a su obediencia. Por lo tanto, es consistente con el pacto hecho con Abraham. Al llevar a Israel a su verdadero Mesías sobre la base del nuevo pacto, Dios pondrá sus leyes en sus corazones y las escribirá en sus mentes (Hebreos 10:16). Esta es la preciosa realidad del nuevo nacimiento. Qué cambio tendrá lugar en esa nación, un cambio que resultará en una bendición en la tierra para ellos. Dios lo ha planeado y decretado; y pronto nos regocijaremos al ver a Israel plena- mente bendecido a través de este nuevo pacto.
¿Y el de la Iglesia?
¿Pero qué hay de nosotros, la Iglesia de Dios? ¿Estamos bajo un pacto? No, en absoluto. Los pactos pertenecen a Israel. Como gentiles, somos totalmente ajenos a los pactos de la promesa. Mientras que Israel tenía una esperanza gracias a los pactos, nosotros no teníamos ninguna. Tal era la miseria y desdicha de nuestra condición (Efesios 2:12).
El hecho de que no tuviéramos ningún pacto del que depender en modo alguno, hace aún más maravilloso el hecho adicional de que somos salvados por absoluta gracia. Así como Rut no tenía ningún derecho en Israel porque era una moabita y, sin embargo, por gracia llegó a ser la mujer de Booz (Rut 4:9-10), así hoy hemos sido introducidos en la gracia pura, aparte de cualquier pacto que se haya hecho con nosotros.
Y sin embargo, participamos de todas las bendiciones espirituales del nuevo pacto antes de que Israel reciba cualquier bendición bajo el mismo. De hecho, nuestras bendiciones van mucho más allá del nuevo pacto porque “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). Esto es la pura gracia de Dios.
Israel recibirá sus bendiciones en la tierra, pero las nuestras son de un carácter mucho más elevado y precioso. Y no son simplemente promesas; las tenemos ahora, en Cristo. Y en cuanto al futuro, el Señor hará de la Iglesia su desposada sin pacto. No tenemos derecho a ello, sino que lo recibimos por la abundante gracia de Dios, aunque en otro tiempo estábamos sin esperanza y sin Dios en el mundo (2:12).
¡Qué gracia en verdad! Hace que el corazón responda adorando eternamente al bendito Dios de gloria, revelado en su amado Hijo.