Condiciones para la oración

No es necesario insistir en la importancia de la oración; pues, aunque a menudo se descuide, son pocos los que no admiten que es una actividad necesaria en la vida cristiana. Nuestro propósito en este artículo es ofrecer algunas consideraciones sobre sus condiciones y objetos.

Las condiciones de la oración según Dios se encuentran en varios versículos. Judas habla en su epístola de orar en el Espíritu Santo (v. 20), y esta quizá pueda calificarse como la condición fundamental; pues si bien leemos en las Escrituras de oraciones ofrecidas por hombres naturales, y las mismas siendo respondidas por Dios en su tierna misericordia y compasión, no es menos cierto que ningún creyente podría orar aceptablemente sino en y por el Espíritu de Dios. Es él quien debe producir en nosotros el sentido de la necesidad, y es él quien debe conducirnos a la presencia de Dios, así como guiarnos en nuestras peticiones. Como dice el apóstol Pablo, al hablar de nuestra relación con una creación que gime: “De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues que hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26). Así pues, dependemos tanto del poder del Espíritu para orar como para caminar.

Nuestro Señor ha establecido también una condición indispensable para la oración, un requisito que, cuando se cumple, asegura siempre la respuesta a nuestros clamores. Dice: “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:13-14). Se convierte, por tanto, en una cuestión de la mayor importancia averiguar el significado de las palabras “en mi nombre”. No puede significar simplemente pronunciar ciertas expresiones, o cerrar nuestras peticiones con la frase «en el nombre de nuestro Señor Jesucristo».

Eso vincularía la respuesta de la oración a una mera fórmula. Esto es imposible, y veremos que implica mucho más. Incluso en las transacciones humanas no se puede utilizar el nombre de otra persona sin su consentimiento y autoridad. Si pedimos algo a un tercero en nombre de otro —alguien quien nos daría influencia en nuestra petición— solo puede ser con su permiso expreso, el cual debe probarse si se hace la demanda. Del mismo modo, no podemos utilizar el nombre de Cristo en nuestras oraciones sin su autorización, un permiso que debe encontrarse en su propia Palabra. Cuando tenemos esto —y lo tenemos en cada petición que hacemos por el Espíritu Santo, en cada oración que es la expresión de Su propio pensamiento—, nos acercamos a Dios con toda la autoridad de Cristo mismo, en todo su valor y preciosidad para Dios, y por lo tanto las oraciones así ofrecidas ascienden con el mismo poder que si fueran presentadas por él mismo. Esto se desprende de la promesa que el Señor añade a la condición: “Yo lo haré”. Y lo hará, además, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. ¡Qué bendición entonces cuando oramos así! Y ¡qué estímulo es orar así! ¡Qué fundamento —podemos añadir también— sobre el cual la fe edifica sus esperanzas y expectativas!

En Juan 15, el Señor nos ha dado otra condición: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (v. 7). A veces se habla de esto como de una clase inferior de oración, pero el más ligero examen de los términos que emplea nuestro Señor disipará este concepto erróneo. Es cierto que es pedir lo que queremos, pero esto va precedido de dos condiciones. La primera es: “Si permanecéis en mí”. Ahora bien, permanecer en Cristo es el mantenimiento constante de nuestras almas en nuestra dependencia de él para la vida, la fuerza y todo; una dependencia tan completa como la del pámpano con la vid para poder de dar su fruto. “Separados de mí”, dice él, “nada podéis hacer”, como tampoco el pámpano podía dar fruto después de haber sido cortado de la vid (v. 4-5). Cualquier expresión de vida hacia Dios, servicio de testimonio y dar fruto de todo tipo que brote de su pueblo, tiene su fuente en Él, y solo puede fluir a través de ellos, mientras se mantenga esa conexión, de permanecer en él, dándose cuenta de que dependen del Señor, y que en este sentido, en él viven, se mueven y son (Hechos 17:28). Luego añade: “y mis palabras permanecen en vosotros”. Las dos cosas deben ir juntas: permanecer en él y que sus palabras permanezcan en nosotros. La primera condición nos da el secreto del poder y la segunda el conocimiento de Su pensamiento; porque cuando sus palabras permanecen —moran— en nosotros, se convierten en la fuente de Sus pensamientos para nosotros; sí, forman Su mente, y como consecuencia, lo que queremos está de acuerdo con Su voluntad. Esto nos revela que nuestras oraciones —las oraciones que tienen poder con Dios— fluyen de la propia mente de Él como se revela en las Escrituras. Un ejemplo de esto puede encontrarse en la vida de David. Cuando Dios envió al profeta Natán para decirle a David que no él, sino su hijo, debía construir la casa de Dios, y le dio promesas relativas a su propia casa, su trono y su reino, él entró y se sentó ante Dios con el corazón rebosante de gratitud, alabanza y oración; y, entre otras, utilizó estas notables palabras: “Tú, Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante de ti esta súplica” (2 Samuel 7:27). Es decir, la oración de David relativa a su casa estaba fundada y formada por las comunicaciones bondadosas que Dios se había complacido en hacerle. Así también nuestras oraciones más verdaderas son las que brotan de la Palabra de Dios, las palabras de Cristo, que según Juan, permanecen en nuestros corazones, entonces oramos en comunión con Dios, así como de acuerdo con el pensamiento divino, y por lo tanto necesariamente también en el Espíritu Santo.

En el evangelio de Mateo se presenta otro aspecto de la oración: “Todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22; Marcos 11:24). También Santiago habla de la necesidad de la fe al pedir, y añade que el que duda no debe esperar recibir nada del Señor (Santiago 1:6‑7). Ahora bien, la fe solo puede brotar de la confianza en Dios acerca de la cosa buscada, y esta confianza en Dios solo seguirá a la convicción de que lo que se pide está de acuerdo con su voluntad; y cabe añadir, la seguridad de que tenemos el pensamiento de Dios, solo puede ser producida por el Espíritu Santo, y en el Espíritu Santo, hablando en general, a través de la Palabra escrita. Una vez que tenemos esta seguridad, aguardamos con la certeza la expectativa de la respuesta, según aquella palabra del apóstol Juan: “Esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14-15). Este pasaje es importante porque muestra que la fe encuentra su fundamento seguro, en el conocimiento de la voluntad de Dios, una voluntad que se nos revela en las Escrituras.

El apóstol Juan también nos advierte de un obstáculo común para la oración. Dice: “Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:21-22). El juicio propio y la confesión, si ha habido fracaso o pecado, son, por tanto, requisitos previos para la oración eficaz, tal como dice el salmista: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66:18). Esto se enlaza de nuevo con la afirmación de Santiago: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). El hombre justo es, a nuestro juicio, aquel que lo es en forma práctica; aquel que, en el lenguaje de Juan, guarda los mandamientos de Dios. Pues andar en obediencia no solo es el camino de la santidad, sino también la fuente, por medio del Espíritu Santo, de la inteligencia en el pensamiento de Dios y, por tanto, de la confianza en la oración. El ejemplo mismo de Elías al que aduce Santiago es una ilustración al respecto.

En la historia, Elías anuncia por una palabra de Dios que no habría lluvia sobre la tierra “en estos años” (1 Reyes 17:1); y de nuevo, después de ese periodo, que habría lluvia (18:1). Y ahora aprendemos de Santiago que tanto lo uno como lo otro fueron respuestas a sus oraciones (5:17-18).

Solo podemos referirnos brevemente a los objetos, o, quizás deberíamos decir mejor, a los temas de la oración. De Filipenses 4 aprendemos que podemos exponer ante Dios todo lo que agobia nuestro corazón: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (v. 6). No dice que Dios responderá a todas estas peticiones; aun así, en su amor y gracia, él quiere que nos liberemos de nuestras cargas, y se compromete a que su paz guarde nuestros “corazones y ... pensamientos en Cristo Jesús” (v. 7). Sí, quiere que, como nos exhorta Pedro, echemos toda nuestra ansiedad sobre él, sabiendo que él tiene cuidado de nosotros (1 Pedro 5:7). Estas peticiones están relacionadas con nuestras necesidades personales, pero fuera de ellas (y es nuestro privilegio elevarnos por encima de nosotros mismos) podemos tener comunión con el corazón de Dios en sus pensamientos, objetivos y propósitos; en sus deseos para los creyentes y en las actividades de su gracia que fluyen hacia el mundo. Tomemos un ejemplo del profeta Isaías: “Por amor de Sion”, dice el profeta hablando en nombre de Dios, “no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha”; y más adelante leemos: “Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra” (Isaías 62:1, 6-7). Así, mientras Él se propone bendecir a Sion, quiere que los que recuerdan a Dios en la tierra, le rueguen por el cumplimiento de aquello en lo que ha puesto su corazón. Para orar inteligentemente, por lo tanto, se necesita estar familiarizado con su Palabra. Es en las epístolas de Pablo especialmente, donde encontramos cuáles son los deseos de Dios para los creyentes, en las oraciones inspiradas del apóstol así como en las exhortaciones dadas para su dirección. Además de estas, el apóstol pide a menudo oración por su propio ministerio; y en 1 Timoteo 2 nombra temas especiales para súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias. Esto bastará para mostrar al lector que es de la Palabra de Dios de donde debemos aprender cuáles son los temas adecuados para la oración; y que si es conducido, con la energía del Espíritu Santo, a este bendito campo de servicio, podrá siempre rogar encarecidamente en sus oraciones (Colosenses 4:12) en comunión con el pensamiento y el corazón de Dios.