María, que se llamaba Magdalena

En los evangelios, María Magdalena es un bello ejemplo de amor al Señor, un amor que responde a lo que él hizo por ella.

Se la menciona por primera vez en Lucas 8:2 entre las mujeres que seguían al Señor con los discípulos: “María, que se llamaba Magdalena”. La Palabra precisa entonces que había sido librada de siete demonios. Una plenitud de mal se había apoderado de esta mujer, sumiéndola en una terrible esclavitud. El Señor, en su gracia y por su poder, la había librado de tan pesado yugo. El profundo amor y apego que sentía por la persona del Señor demostraba que había valorado lo mucho que se le había perdonado.

Hasta el momento del rechazo y la condena final del Señor, no oímos más hablar de ella. Pero la encontramos junto a la cruz (Juan 19:25). A la hora de la crucifixión, con otras mujeres, lejos de mostrarse insensible a lo que sucedía, miró a distancia (Mateo 27:55-56; Marcos 15:40).

Estaba también junto con otras mujeres, cuando quitaron el cuerpo de Jesús de la cruz y lo pusieron en el sepulcro (Mateo 27:61; Marcos 15:47; Lucas 23:55). Después de regresar a casa, estas mujeres prepararon especias aromáticas y ungüentos (v. 56); María Magdalena estaba entre ellas (Marcos 16:1).

Fue una de las que acudieron a ver el sepulcro “pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana” (Mateo 28:1).

También estaba entre las mujeres que vinieron al sepulcro muy de mañana, trayendo las especias que habían preparado (Marcos 16:2; Lucas 24:1). Pero parece que María Magdalena fue la primera en llegar, pues solo de ella se dice que “fue de mañana, siendo aún oscuro” (Juan 20:1).

Se había comprobado que el sepulcro estaba vacío. Los dos discípulos, Pedro, maravillándose de lo que había sucedido (Lucas 24:12), y Juan, que vio y creyó (Juan 20:8), volvieron a los suyos. María, en cambio, se quedó sola junto al sepulcro vacío: no había comprendido que el Señor había resucitado; sin embargo, su llanto mostraba su amor al que creía haber perdido.

El Señor honró a la que, con su comportamiento, le demostró tanto afecto. A ella se le apareció primeramente. Marcos 16:9 lo afirma expresamente y recuerda que había sido librada de siete demonios. Juan 20 nos dice cómo se le manifestó el Señor.

María estaba fuera llorando junto al sepulcro (v. 11). No le impresionó la visión de los dos ángeles, uno a la cabecera y otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto (v. 12). Ella vio a Jesús detrás de ella, pero no lo reconoció. Él le habló y le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré” (v. 15). Entonces Jesús pronunció su nombre: “¡María!” Ella reconoció la voz de aquel que la llamaba así. Es la voz del Buen Pastor, de Aquel que conoce a cada una de sus ovejas por nombre. La oveja conoce esta voz. María no tuvo ninguna duda y, volviéndose, le respondió con santo respeto: “¡Maestro!”

A ella entonces el Señor encomendó este tan precioso mensaje: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (v. 17). Este mensaje revela las nuevas relaciones en las que la obra de la cruz coloca a los creyentes, la intimidad en la que son introducidos por pura gracia, y sus pecados siendo completamente quitados. María sabía que sus muchos pecados habían sido perdonados. Entonces se enteró de que era introducida en esta relación de hija ante Dios su Padre, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. El Señor eligió a quien le había mostrado tal apego para ser portadora de este mensaje que colocaba a los creyentes en relaciones nuevas y hasta entonces desconocidas, relaciones en las que el amor infinito de Dios revelado en Jesucristo introduce a los redimidos de la era de la gracia.

María se acercó a los discípulos, les dijo que había visto al Señor y transmitió fielmente las nuevas de paz dadas por él para ellos. Su testimonio, junto con el de otros testigos de la resurrección, llevará a los discípulos a reunirse a la noche del primer día de la semana. El Señor podrá entonces venir y ponerse en medio, diciendo: “Paz a vosotros” y llenando sus corazones de gozo (v. 19).

Lucas presenta los hechos históricos de la venida de Jesús a la tierra siguiendo un orden moral. Al final del capítulo 7, justo antes de la primera mención de esta “María, que se llamaba Magdalena”, este evangelio pone ante nosotros a la pecadora que vino a los pies del Señor en casa de Simón el fariseo. Regó con sus lágrimas sus pies y, enjugándolos con sus cabellos, los ungía con el perfume que había traído en un frasco de alabastro. El Señor dijo de ella: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho” (v. 47). El amor mostrado hacia el Señor por esta mujer era prueba de que era consciente de la inmensidad de sus pecados y del perdón que gozaba por parte del Señor. La Palabra no dice que se trate de María Magdalena, pero llama la atención que Lucas, que es el único que menciona lo sucedido en casa del fariseo, mencione a María inmediatamente después (8:2‑3). Esto sugiere un vínculo moral entre esta escena en casa de Simón y el aprecio de María Magdalena por el Señor.

Lo que la Palabra nos dice de María Magdalena en los evangelios, ¿no corresponde con lo que el Señor enseñó a Simón a través del ejemplo de la pecadora que entró en su casa? ¿No es a cada uno de nosotros a quien se dirige el Señor cuando dice: “Una cosa tengo que decirte” (7:40)? Que respondamos: “Dí, Maestro” y recordemos la enseñanza: “Te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (v. 47).

Seamos más conscientes de la gracia infinita de la que cada uno somos el objeto. Él nos perdonó todos nuestros pecados (Colosenses 2:13). Que nuestro amor responda a un amor tan grande mediante una dedicación real y profunda a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). En ese apego al Señor creceremos en su gracia y su conocimiento (2 Pedro 3:18).