Los que duermen /2

1 Tesalonicenses 4:13-18

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La certeza de la resurrección

En la resurrección de vida, esta misma persona, cuyo cuerpo resucitará en incorrupción, en gloria, en poder, cuerpo espiritual (1 Corintios 15:42-44), y haya sido revestida de la habitación celestial (2 Corintios 5:2), se encontrará de nuevo viva, cuerpo y alma reunidos. Por eso en numerosos pasajes vivir equivale a resucitar: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:21-22). Por último, en Apocalipsis 20 se dice de los mártires de la economía futura que participarán en el último acto de la primera resurrección: “Y vivieron y reinaron con Cristo mil años”; y, en cuanto a los malvados que resucitarán para ser juzgados: “Los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años”. Pero de los creyentes se dice: “Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (v. 4-6).

Estas expresiones muestran que una persona no es llamada viva más que cuando el alma y el cuerpo están unidos, sea antes de la muerte, sea después de la resurrección. En el estado intermedio entre la muerte y la resurrección, esta misma persona existe, teniendo provisionalmente su cuerpo en tierra y su alma junto al Señor, como dice el Eclesiastés: “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” (12:7).

Volvamos ahora a la frase: “Los que duermen”. Es una figura que se aplica, como lo hemos visto, al cuerpo y no al alma, pero la cual, en el Nuevo Testamento, nunca es empleada más que para los rescatados. Figura preciosa, que se refiere al reposo que sigue al trabajo y la lucha aquí abajo, pero que también indica la certeza del despertar en resurrección. ¿Cómo hablar de la muerte de un hombre que un instante después podría resucitar? Además, en ese momento, aquel que parte cierra los ojos a todo el universo visible, como una persona que se duerme, y permanece en ese estado hasta el despertar. Sin embargo, hay cierta diferencia: en el sueño terrenal se pierde más o menos la conciencia de uno mismo, mientras que en el «dormir», el alma siempre activa vive junto a Cristo gozando las realidades invisibles, en el reposo, esperando lo que es muchísimo mejor y que no puede ser experimentado más que en el hombre completo, cuerpo y alma, a saber, la gloria y verle tal como Él es, hechos semejantes a Él.

Este estado de sueño interrumpe las comunicaciones entre aquellos que han partido y los que permanecen. Sabemos que ellos están en la felicidad con el Señor, pero no podemos tener relaciones con ellos y pensamos con gozo en el momento en que ellas se reanudarán en resurrección.

La esperanza del creyente a través del duelo

Esta digresión nos lleva a los versículos 13-18 de 1 Tesalonicenses 4. El apóstol dice: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza”. Él no dice: «Para que no seáis entristecidos en absoluto». La aflicción del duelo es reconocida en la Palabra y la ruptura momentánea de las relaciones mutuas es cruel para el corazón. No se espera de un cristiano que tome el duelo a la manera de los estoicos. Pero, por otra parte, el apóstol no quería que los cristianos de Tesalónica se afligiesen a la manera de aquellos que no tienen esperanza. En efecto, ese sentimiento se expresa a menudo entre los incrédulos mediante esta exclamación desesperada: «¡No te volveré a ver nunca!». Pero los hijos de Dios tienen la certeza de que esta separación no es más que momentánea y esta esperanza es un bálsamo precioso sobre la herida de sus corazones. “Por tanto, alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras” (v. 18).

“Creemos que Jesús murió y resucitó” (v. 14). Tal es la fe del cristiano en toda su sencillez y toda su verdad: él cree, no sólo que su Salvador murió, sino también que resucitó; “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4).

La venida del Señor en gloria

A continuación el apóstol saca, del hecho que Jesús murió y resucitó, la conclusión de que es imposible que los rescatados que pasaron por la muerte no sigan el mismo camino que su Salvador. Deberán, pues, resucitar. Aquellos que durmieron en Jesús no pueden faltar en el cortejo glorioso del Señor, cuando él vuelva a tomar todo en sus manos y a establecer su reino. El último versículo de 1 Tesalonicenses 3 ya les decía: “En la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos”.

Dios, quien resucitó a Jesús, no dejará de recoger con él a aquellos que hayan dormido en Jesús. ¿Cómo dejar atrás a los rescatados por quienes el acto de morir fue transformado en el de dormir en el seno de su Salvador? Notad aun que el apóstol no podía decir: «Si creemos que Jesús durmió», pues nuestro adorable Salvador debió gustar la muerte, como juicio de Dios a causa de nuestros pecados, pero, al sufrirla, la anuló para sus rescatados, de manera que ellos pueden dormir en lugar de morir.

Es importante captar que el final del versículo 14 tiene relación con el retorno del Señor Jesús en gloria, acompañado por todos sus santos, y no con el arrebatamiento. Este versículo 14 respondía de una manera completa al error de los tesalonicenses acerca de sus hermanos que habían dormido. En adelante no estarían en la ignorancia al respecto; sabían que ninguno de ellos faltaría en el glorioso cortejo del Señor y que Dios les traería con Él. En los versículos 15-18, tenemos una revelación completamente nueva sobre lo que les acontecerá a todos los santos antes de su retorno en gloria con el Señor. Para ser traídos con él, es preciso que previamente sean arrebatados en las nubes por él.

El Señor mismo descenderá del cielo

La revelación contenida en estos versículos sin duda alude a lo que los tesalonicenses habían temido acerca de sus muertos, pero ella les enseña que ellos mismos, al igual que aquéllos, antes serán arrebatados a lo alto, a la gloria. “Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron”. Ellos habían pensado que estos últimos permanecerían atrás; ahora saben que, por el contrario, los santos que durmieron les precederán. “Porque el Señor mismo con voz de mando (o de reunión), con voz de arcángel (o del arcángel, pues no hay más que un arcángel en la Palabra), y con trompeta de Dios, descenderá del cielo”. Destaquemos primeramente que el Señor en persona —y no uno de sus agentes— viene al encuentro de sus amados. Se dice de otra categoría de rescatados: “Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mateo 24:31). Es la congregación de los elegidos del pueblo de Israel en su país a la venida del Hijo del hombre. Pero, cuando se trata del arrebatamiento de los santos, estando su querida Iglesia en medio de ellos, viene Él mismo, tal como lo había dicho a sus discípulos: “(Yo) vendré otra vez, y (yo) os tomaré a mí mismo” (Juan 14:3). Cuando un amigo me anuncia la hora de su llegada a la estación, puedo enviar a una otra persona por él, pero, si es mi esposa, voy yo mismo.

El Señor hará oír el grito de reunión, el arcángel transmitirá la voz de mando, sonará la trompeta y todos los santos partirán juntos. Sin embargo, diversos actos se suceden en ese momento glorioso: “Los muertos en Cristo resucitarán primero”. En lugar de quedar demorados, precederán a los vivos, pues ellos habrán seguido el mismo camino que su Salvador, a través de la muerte, para alcanzar la resurrección. Es preciso haber muerto en Cristo para participar de ella. Ellos saldrán de entre los muertos, dejándoles donde se encuentran hasta la resurrección de juicio. En ese momento, la gran mayoría de los santos, en estado de espíritus, estaban desde hacía tiempo con el Señor, pero es preciso aun que salgan de entre los muertos, como lo hizo su Salvador, y que, como Él, suban en persona de la tierra al cielo.

Queridos hijos de Dios que creen en el arrebatamiento de los santos, piensan equivocadamente que esta frase del versículo 14 (“traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él”) tiene relación con su resurrección. Creen que sus almas volverán con el Señor para reunirse con sus cuerpos salidos del polvo. Si el apóstol se hubiera detenido en el versículo 14, nadie podría tener tal pensamiento. El hecho es que, según el versículo 14, Él les traerá a continuación consigo mismo.

“Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire”. El Señor desciende del cielo, pero no precisamente sobre la tierra; al descender, nos llama; todos juntos subimos a su encuentro, lo que tendrá lugar en el aire. El lugar de la cita de los resucitados y los transmutados no es la tierra; ellos son raptados juntos, pero para ser reunidos con el Señor.

Los muertos en Cristo: 2 categorías

Puede ser útil recordar que “los muertos en Cristo” que serán resucitados incluyen a los justos del Antiguo Testamento que, desde Abel, han pasado por la muerte, al igual que aquellos que forman parte de la Iglesia. Hebreos 11:40 nos enseña que ellos nos esperan y no serán perfeccionados aparte de nosotros. La perfección es la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3:11-12). Los veinticuatro ancianos del Apocalipsis 4 y 5 representan a los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento que serán arrebatados a la venida del Señor. Esos capítulos nos los presentan primeramente como un conjunto, pero, al celebrarse las bodas del Cordero (Apocalipsis 19), cada una de las dos clases que forman ese conjunto toma su respectivo lugar. La esposa del Cordero es la Iglesia, los bienaventurados llamados a la cena de las bodas son aquellos que no han formado parte de ella. Desde entonces no se ve más a los veinticuatro ancianos.

“Y así estaremos siempre con el Señor”. Una vez reunidos todos juntos con el Señor, nuestra dicha será completa; estaremos con él para siempre. Eso es suficiente; la revelación termina allí sin hablar de todas las glorias que seguirán. “Alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras”.

En un abrir y cerrar de ojos

En 1 Corintios 15, el mismo apóstol, después de haber dado muchos detalles sobre la resurrección de los muertos en Cristo, agrega: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (v. 51-52). No es necesario dormir para entrar en la gloria, sino que es preciso ser transformados. “Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21). Ese poder se ejercerá en los santos vivos para revestirlos de sus cuerpos gloriosos, sin que sus almas sean separadas de sus cuerpos ni por un instante. Lo que es mortal en ellos será absorbido por la vida. La muerte no será más el instrumento para liberarlos de lo que es mortal, sino que esto será absorbido por el poder de vida (2 Corintios 5:4-5).

El apóstol dice: “A la final trompeta” (1 Corintios 15:52). Ésa será la última señal de la trompeta de Dios de 1 Tesalonicenses 4:16, la señal conocida en los ejércitos para levantar campamento y no, como lo piensan algunos, la última de las siete trompetas del Apocalipsis.

“Y los muertos serán resucitados incorruptibles”. Aquí los detalles de la resurrección no se aplican más que a la de los rescatados; por eso no es necesario decir: “Los muertos en Cristo”. Pero anteriormente el apóstol dice: “En un momento, en un abrir y cerrar de ojos”. Esto es difícil de concebir, dada nuestra actual imperfección. Al considerar toda la sucesión de los hechos enunciados, nos es imposible pensar que ellos no se cumplan al menos en algunos minutos. El Señor desciende del cielo con tres cosas sucesivas: el “voz de mando”, la “voz de arcángel”, la “trompeta de Dios”; luego los muertos, precediendo a los vivos, resucitan primeramente, después los vivos son transmutados, y finalmente todos son raptados juntamente. Sin embargo, estas seis cosas sucesivas pasan “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos”: el tiempo para hacer un guiño. Para los muertos, un guiño y serán resucitados en gloria con el Señor en compañía de todos los santos; para los vivos, un guiño —el instante previo: el trabajo, la fatiga, el sufrimiento— y el instante posterior, teniendo apenas el tiempo de percatarse de ello, reunidos a todos los santos, junto al Señor, en la gloria.

Liberación completa y dicha eterna

¿Por qué, pues, nuestros corazones no brincan de gozo al pensar en ese momento maravilloso que será la respuesta final a tantos gritos, suspiros, necesidades y lágrimas, que comprenderá, al mismo tiempo, la completa liberación de todo el actual orden de cosas y la completa introducción en todos los resultados gloriosos y eternos de la obra de nuestro amado Salvador? Momento bendito, en el cual habremos terminado individualmente con todo lo que se relaciona con nuestra presencia en un cuerpo de humillación, en un mundo de pecado, y donde incluso reanudaremos nuestras relaciones en Cristo —pero en la gloria— con nuestros seres queridos que hayan dormido. Momento maravilloso, en el cual saborearemos, en su conjunto y en todos sus detalles, la dicha eterna en la radiante presencia de nuestro Salvador, cuyos rasgos adorables veremos con ojos capaces de contemplarlos, pues seremos semejantes a él y le veremos tal como él es. Sí, ¡qué momento ése en el cual nuestro primer sentimiento será que él es para siempre!

De ese momento no se verá privado ningún rescatado, así haya muerto hace 6000 años, o después del cumplimiento de la obra de la cruz o viva en ese momento. Todos se encontrarán en él y subirán juntos de la tierra al cielo, así como subió su Salvador. “Ya sea que velemos —en el cuerpo—, o que durmamos —ausentes del cuerpo—, vivamos juntamente con él” (1 Tesalonicenses 5:10).

Quiera Dios que podamos, con corazones apegados a la persona del Señor, realizar lo que dice el apóstol Juan: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3).