El sermón del monte /1

Mateo 5:6-7

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

En Lucas 6, el Señor se dirige a sus discípulos personalmente, diciéndoles: “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados” (v. 21); el hambre se considera de forma general. Pero la cuarta bienaventuranza de Mateo 5 habla de un hambre y una sed particulares: la de justicia.

El hambre y la sed son manifestaciones de la necesidad básica e instintiva de mantener la vida. Pero al mismo tiempo, surgen de la falta de los elementos necesarios para ello.

La justicia de este mundo y la justicia de Dios

¿No había justicia en la tierra? Cuando Dios dio la ley a Israel en el Sinaí, dijo: “Con justicia juzgarás a tu prójimo” (Levítico 19:15). Pero, ¿qué hizo este pueblo con el Señor Jesús, el único justo? Pedro debió decirles: “Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida” (Hechos 3:14-15). Los romanos, que ocupaban la Judea en aquella época, estaban orgullosos de su antigua ley de las «Doce Tablas». Incluso hoy, la legislación de muchos estados europeos se basa en el derecho romano. Pero cuando el Señor Jesús tuvo que comparecer ante Poncio Pilato, el gobernador romano, este último dijo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo” (Mateo 27:24); luego hizo azotar a Jesús y lo entregó cobardemente a la excitada multitud que exigía su crucifixión. La injusticia del mundo alcanzó su culminación en el tratamiento infligido al Hijo de Dios, nuestro Señor y Redentor.

Hoy en día, la justicia se entiende generalmente como un derecho a la equidad concedido a toda persona. En la Biblia, sin embargo, la justicia siempre tiene como punto de referencia a Dios mismo. Dios es el justo perfecto y siempre actúa con justicia, es decir, de acuerdo con su propia naturaleza (Romanos 3:5; Hebreos 6:10). Actúa como Salvador de todos los hombres, para el bien y la bendición de sus criaturas, aunque muchos no sean conscientes de ello y a veces lo consideren injusto.

La justicia de Dios implica el castigo del pecado, porque el mismo siempre se comete primero contra Él. Pero su justicia se demostró perfectamente en la cruz del Gólgota, donde un hombre, Jesucristo, fue castigado porque representaba a personas culpables, para que Dios pudiera otorgar su justicia a todos los que aceptaran la obra de reconciliación que se estaba realizando entonces.

Los que tienen hambre y sed de justicia 

En consecuencia, no hay verdadera justicia para el hombre a menos que reconozca estos hechos por la fe. Habiendo recibido de Dios la comprensión y la conciencia de su responsabilidad, a menudo trata de definir una justicia humana; pero de hecho es incapaz y a menudo no está dispuesto a practicar esta justicia en los diversos ámbitos de la vida a causa del pecado que mora en él. Hoy en día vivimos en una época en la que tal vez haya un mayor esfuerzo por establecer la justicia en la tierra que en el pasado. Basta con pensar en la legislación fiscal y social dentro de un Estado, así como en la acción internacional para reducir las desigualdades entre los países ricos y los países en desarrollo.

Sin embargo, el sermón del monte no contiene instrucciones para mejorar la situación mundial; no es un programa político. Más bien, describe los caracteres y la parte de aquellos que, mediante la fe, participarán en el reino de Dios (o reino de los cielos). Aquí el Señor tiene en vista particularmente al remanente judío y a los creyentes de entre las naciones, en el tiempo futuro de la gran tribulación. Sufrirán la injusticia, una injusticia que de manera extrema caracterizará al Anticristo (2 Tesalonicenses 2:10); y lo vivirán en sus propios cuerpos, cuando, siguiendo a su Señor, sean injustamente perseguidos y oprimidos. Sus corazones renovados tendrán un profundo y ardiente deseo de justicia, que será perfectamente satisfecho en la aparición del Señor como Rey en el reinado milenario (Isaías 51:1, 6).

“He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio” (32:1). Cuando, bajo el gobierno de Cristo, Dios ponga la tierra en consonancia con sus pensamientos, entonces todos los que antes tenían hambre y sed de justicia quedarán saciados (28:17).

Sin embargo, hoy en día todavía no hemos llegado a ese punto. Convenzámonos de que la justicia solo reinará en este mundo cuando el propio Señor Jesús la introduzca en el reinado milenario. La carrera de los hombres hacia la justicia y la paz –mientras estas se alejan cada vez más de ellos– es como una señal de la inminencia de ese tiempo. Dios quiera que los hombres reconocieran la inutilidad de sus propios esfuerzos en este sentido, y comprendieran que solo la justicia y la paz de Dios pueden llevarlos hasta allí.

Este versículo también se aplica a los cristianos de hoy. Como hijos de Dios, podemos ver toda la injusticia de este mundo. Muchos de los hijos de Dios tienen que sufrir injustamente, no solo por su fe en el Señor Jesús, sino simplemente por su conducta. Y a veces, ¿no deploramos la injusticia incluso entre los cristianos? De un modo u otro, ¡cuántos hijos de Dios sufren por sentirse injustamente tratados! Su deseo de justicia es bien comprensible. Un día, sin embargo, esta hambre y esta sed serán perfecta y eternamente satisfechas. Según la promesa de Dios, esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia (2 Pedro 3:13). Durante el reinado milenario, el Señor Jesús reinará en justicia, mientras que en la eternidad, la justicia morará en la nueva creación. Entonces los caminos de Dios hacia la humanidad habrán alcanzado su meta.

¿Pero no podemos decir que nuestra hambre y sed de justicia ya están satisfechas de muchas maneras? ¿No nos ha contado Dios nuestra fe por justicia (Romanos 4:5-22)? ¿No somos testigos vivos de la justicia de Dios porque creemos en Aquel que por nosotros fue hecho pecado? Somos “justicia de Dios” en Cristo (2 Corintios 5:21). ¿Y no podemos alegrarnos ahora de los caracteres morales del reino de Dios: “Porque el reino de Dios… es… justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17)? Y no solo alegrarnos de ellos, sino también realizarlos en nuestra vida con nuestros hermanos y hermanas, y en el mundo. En Mateo 6:33, el Señor dijo a sus discípulos: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” ¿No es esto lo que deben buscar cuidadosamente los cristianos que quieren ser fieles al Señor? recordando también el mandato de Pablo a Timoteo: “Sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (2 Timoteo 2:22).

Bienaventurados los misericordiosos

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7).

Leemos en los Proverbios de Salomón: “Peca el que menosprecia a su prójimo; mas el que tiene misericordia de los pobres es bienaventurado” (14:21). En su quinta bienaventuranza, el Señor Jesús pronuncia palabras similares, pero añade una promesa: “…porque ellos alcanzarán misericordia”.

Misericordia y gracia 

La misericordia indica tanto el sentimiento del corazón conmovido por la miseria de los demás, como la ayuda que este sentimiento lleva a prestar. La misericordia no debe confundirse con la gracia, que es más bien el favor inmerecido que obtiene una persona indigna. La Escritura distingue entre ellos. En el Antiguo Testamento, Dios dijo a Moisés: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso” (Éxodo 34:6), y en el Nuevo Testamento leemos: “Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro Padre…” (1 Timoteo 1:2; 2 Timoteo 1:2; Hebreos 4:16; 2 Juan 3).

El libro de Rut ofrece un maravilloso ejemplo de la misericordia de Dios con una mujer pagana, y el profeta Jonás debe reconocer, aunque a regañadientes, la misericordia de Dios con el pueblo de Nínive.

La misericordia de Dios trae la vida

Al que cree, Dios le otorga todas las riquezas de su misericordia, en virtud del sacrificio del Señor Jesús en la cruz. La mayor miseria del hombre radica en el hecho de que está espiritualmente muerto y es incapaz de levantarse de su condición. En su misericordia, Dios le concede la vida, y solo él puede hacerlo. En 1 Timoteo 1:13 y 16, Pablo nos recuerda la misericordia que el Señor tuvo con él, para “ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna”. Y escribe a los efesios: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:4-5). En Tito 3:4-5 dice: Dios nos salvó “por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Finalmente, Pedro escribe: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva” (1 Pedro 1:3).

“Bienaventurados los misericordiosos…” 

El Señor Jesús habla aquí de aquellos que han sido objeto de esta misericordia de Dios y que ahora siguen su modelo como verdaderos discípulos de su Señor y Maestro. ¡Cuántas veces leemos en los evangelios que el Señor tuvo compasión o fue movido a misericordia! Lleno de misericordia y simpatía, curó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, resucitó a los muertos. Fue el samaritano misericordioso de la parábola, y pudo decir, al final de su conversación con el doctor de la ley que había venido a probarle: “Vé, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37).

La exhortación: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5) nos concierne a todos. Ejercer la misericordia consiste en transmitir lo que hemos aprendido del Señor Jesús, tanto en el ámbito espiritual como en el material. Si somos conscientes de la obra del Señor para nosotros, no solo tendremos los sentimientos correctos ante el sufrimiento, la miseria y la angustia, sino que trataremos también de traducirlos en acción. ¡Que el Señor abra nuestros corazones y fortalezca nuestras manos, para que podamos manifestar su misericordia!

La lección del siervo malvado de la parábola de Mateo 18:23-35 es muy seria: debe a su rey 10.000 talentos (una suma fabulosa), pero echa en la cárcel al que le debe 100 denarios (el salario de cien días). Podemos preguntarnos si somos conscientes del valor del gran perdón que se nos ha otorgado y si lo demostramos con nuestro comportamiento. Pero si abrimos los ojos, veremos a hermanos y hermanas que necesitan ayuda en nuestra vecindad inmediata; encontraremos muchas oportunidades de mostrar simpatía y misericordia de forma práctica: visitar a los enfermos, acompañar a los ancianos, ayudar a este o a aquel.

Pero no pensemos con estrechez de miras en nuestros hermanos y hermanas en la fe. Pablo escribió a los gálatas: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10). ¡La fuerza de nuestro testimonio para el Señor reside más en nuestro comportamiento que en nuestras palabras! El mundo no estudia mucho la Biblia, pero a menudo puede apreciar nuestra actitud con mucha precisión. ¡Cuántas almas en apuros han sido ganadas, no solo por el Evangelio puro, sino también por la misericordia que se les ha mostrado!

Es cierto que, en algunas esferas del cristianismo, la Buena Nueva del Nuevo Testamento se ha reducido a una cuestión esencialmente social. En lugar del arrepentimiento y la fe en el Señor Jesús, se predica la beneficencia, a menudo incluso con una connotación política. ¡Pero así no se puede apreciar en su valor justo el contenido del sermón del monte y el Evangelio de la gracia de Dios! Por otra parte, considerar la predicación del Evangelio como el único deber que el cristiano tiene que cumplir con el mundo es despreciar el testimonio debido a la gracia y la misericordia de nuestro Dios. Al igual que nuestro Señor ayudaba a aquellos a los que les predicaba la Buena Nueva, nosotros estamos llamados no solo a hablar a nuestros semejantes de él, sino también a mostrarles prácticamente el poder y los frutos de nuestra fe.

Por supuesto, ejercer la misericordia requiere sabiduría. Cuando se trata de dificultades y necesidades materiales, la mayoría de las veces es bueno intervenir rápidamente. Pero también hay ocasiones en las que conviene ser prudente. Mostrar misericordia sin demora a alguien que acaba de pecar puede no ser apropiado. Puede ser necesario esperar algún tiempo para que se produzca una profunda y verdadera restauración del alma. A este respecto, la actitud de José hacia sus hermanos es un buen ejemplo. Solo en la tercera reunión se da a conocer a ellos, cuando sus conciencias ya han sido trabajadas. Entonces puede mostrarles toda su misericordia.

“…porque ellos alcanzarán misericordia”

Siguiendo las huellas de nuestro Señor en el camino de la fe, experimentaremos cada día más su misericordia. El estímulo de Hebreos 4:16 es particularmente hermoso: cuando nos acercamos al trono de la gracia en la oración, alcanzamos misericordia y hallamos gracia para el oportuno socorro. Allí está sentado el Señor Jesús, nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote (2:17). En su misericordia nos acompaña a lo largo de nuestra vida, hasta que venga otra vez y nos lleve al Padre. Judas incluso relaciona esta llegada con la misericordia: “esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Judas 21).

La promesa del Señor aquí no solo se refiere a la misericordia que él nos mostrará, sino también a la que recibiremos de otros creyentes en nuestro camino, “pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).

Finalmente, nuestra comparecencia ante el tribunal de Cristo (2 Corintios 5:10) será sin duda la ocasión suprema en la que experimentaremos la misericordia de nuestro Señor. El apóstol Pablo esperaba que su hermano Onesíforo hallara “misericordia cerca del Señor en aquel día” (2 Timoteo 1:18). Esta relación entre la misericordia y nuestra comparecencia ante el tribunal de Cristo no debería sorprender a nadie. No es cuestión de poner en duda nuestra salvación eterna. Esta misericordia está relacionada con el servicio prestado al Señor en la tierra. Cuando cada uno reciba su alabanza de Dios (1 Corintios 4:5), seguirá siendo su misericordia la que triunfe.

Allí arriba, feliz, en el inmenso futuro, Exaltaré tu amor que desborda, Porque en el cielo hay solo un recuerdo, ¡El recuerdo de tu misericordia!