El sermón del monte /2

Mateo 5:9

Los pacificadores

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

La paz viene de Dios

En los tiempos actuales, casi no hay un pensamiento que preocupe más a las personas que la paz en el mundo. Y, sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos que se hacen para conseguirla, constantemente oímos hablar de guerra, y muchos hombres viven en una continua ansiedad. Pues bien, la Biblia nos enseña que un día se establecerá una paz universal, quizá pronto. Esta paz no será el resultado de los esfuerzos humanos, sino que la traerá Dios mismo al comienzo del reinado milenario. El reino de Dios bajo el gobierno visible del Señor Jesús será un reino de paz (Isaías 9:6-7).

Aparte de la política de este mundo, la discordia también está presente entre los hombres, incluso entre los creyentes. ¡Qué difícil es para los humanos convivir en paz! Según el pensamiento de Dios, la paz debe caracterizar las relaciones entre los que forman parte de su reino. “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres” (Romanos 14:17-18). Por tanto, la paz es una característica permanente del reino de Dios, tanto ahora como en el futuro.

Pero la paz no es solo la ausencia de guerras, luchas o divisiones, sino también un efecto de la presencia de Dios en la vida del hombre. Él es el Dios de paz, y su mensaje es el Evangelio de la paz (Romanos 15:33; Efesios 6:15). Esta paz proviene del Gólgota, donde el Señor Jesús hizo la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20). Así se convirtió en nuestra paz. Vino y anunció las Buenas Nuevas de paz a los que estaban lejos, y a los que estaban cerca (Efesios 2:14-17), para que los hombres pecadores y ansiosos pudieran recibir la paz para con Dios en su conciencia y la paz de Dios en sus corazones (Romanos 5:1; Filipenses 4:7).

Por tanto, esta paz personal es un don de la gracia de Dios para el que cree. También es la condición para la verdadera paz en la tierra. Pero la paz mutua, especialmente entre los creyentes, depende esencialmente del estado de nuestros corazones y de nuestra conducta. Por eso se nos exhorta tan a menudo a seguirla paz (Romanos 14:19; 2 Timoteo 2:22; Hebreos 12:14; 1 Pedro 3:11). En el original griego, la misma palabra aparece en todos estos versículos, con el significado de «seguir, perseguir». Efesios 4:3 subraya aún más la necesidad de la solicitud en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Dios no habría registrado estas exhortaciones en su Palabra si no fueran necesarias. Cuando el Señor Jesús dijo a sus discípulos: “Tened paz los unos con los otros” (Marcos 9:50), se dirige a todos nosotros igualmente.

Los profetas del Antiguo Testamento ya hablaron mucho sobre la paz en la tierra. La palabra paz (en hebreo: «shalom») se refiere a la salvación completa de Dios en la tierra, tal como se realizará durante el reinado pacífico del Mesías. En la actualidad, esta salvación y esta paz aún no existen de forma universal, pero ya deberían ser perceptibles en la vida de los discípulos del Señor. Los creyentes pueden manifestar las características del reino de Cristo hoy (Romanos 14:17), al igual que el remanente judío creyente durante la tribulación venidera, antes del establecimiento del reino de Dios en poder y gloria sobre toda la creación.

Discordia

Lamentablemente, la paz no siempre reina entre los creyentes. En lugar de tener los pies calzados con “el apresto del evangelio de la paz” (Efesios 6:15), a veces van con un espíritu crítico, e incluso a veces bajo la apariencia de celo por la verdad divina y la santidad. Así, un error en un hermano se interpreta como un delito, y una expresión imprecisa como una falsa doctrina. Tales reproches, a medida que se acumulan, pueden representar una pesada carga para este hermano que no tiene consciencia de haber fallado, y llevarle a defenderse. Muy a menudo, no se trata de cuestiones doctrinales esenciales, sino de imperfecciones y debilidades humanas. ¿Quién, en tal caso, está en condiciones de restablecer la paz, cuando cada uno piensa que tiene razón?

La discordia puede surgir incluso en el servicio del Señor: el ejemplo de las hermanas Evodia y Síntique, de la iglesia en Filipos, nos lo muestra (Filipenses 4:2).

¡Qué bendición si hay entonces alguien que sea un verdadero «pacificador» que con sabiduría, paciencia, amor y comprensión por las debilidades humanas, esperando al Señor, pueda ayudar al acusado y disipar las dudas del acusador!

El “espíritu faccioso” (Filipenses 2:3, V.M.) entre los creyentes es también una grave fuente de discordia. La falta de aprecio entre los hermanos, la frustración, la autoestima herida, etc., pueden llevar a alguien a alejarse, a reunir partidarios a su alrededor; ¡y se manifiesta la discordia! ¿Quién puede entonces reconciliar a las partes?

Los pacificadores

El versículo del título, habla no solo de los que buscan y siguen la paz, sino también de los que la hacen realidad. Hay muchas personas pacíficas y amantes de la paz, pero que son incapaces de traer la paz cuando hay discordia. Así, en estos casos, un hombre que es pacífico por naturaleza corre el peligro de ser infiel al Señor, si piensa que una disputa se soluciona en cuanto deja de discutirse. Pero esa forma de hacer las cosas no puede traer la verdadera paz.

Cuando se perturba la paz entre los creyentes o en una iglesia, la gracia de nuestro Señor debe actuar para calmar las pasiones humanas que a menudo se revelan en ese momento. Para reconciliar según el pensamiento de Dios caracteres, sentimientos, convicciones e intereses opuestos entre sí, son necesarias una gran abnegación y una constante dependencia del Señor.

Pero estos cuidados afectuosos nunca deben ejercerse a expensas de la santidad y la justicia divinas. El que desea ser pacificador necesita un juicio espiritual sano. Por tanto, primero debe examinarse a sí mismo a la luz de Dios: ¿tiene ese limpio corazón del que habla la anterior bienaventuranza? Santiago escribe que la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica (3:17). Por lo tanto, para pacificar según Dios, la verdad debe estar unida a la gracia. Esto solo puede hacerse con oración, pidiendo a Dios claridad de propósitos, imparcialidad, sabiduría y amor. Solo entonces la misericordia y la verdad, la justicia y la paz se encontrarán (Salmo 85:10) en forma práctica en nuestras vidas. A menudo se necesita tiempo para que Dios trabaje en las conciencias y los corazones; la paz no se puede conseguir por la fuerza.

Hijos de Dios

Por lo tanto, a los pacificadores se les llama aquí bienaventurados. El título de “hijos de Dios” es su recompensa. Un poco más adelante, el Señor Jesús menciona el mismo título: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:44-45; Lucas 6:35).

En las Escrituras, “ser hijo de Dios” no tiene siempre el mismo significado. En el sermón del monte, donde los creyentes son considerados discípulos en el reino de Dios, el término hijo tiene un significado práctico y moral. Un hijo se parece a su padre y actúa según su pensamiento. Encontramos otro significado de esta palabra con respecto a la posición del cristiano. En la familia y la casa de Dios, todo aquel que cree en el Señor Jesús es, por gracia, un hijo para siempre (Efesios 1:5; Romanos 8:14-15; Gálatas 4:5-6).

Pero aquí son llamados “hijos de Dios” los discípulos del Señor que siguen el ejemplo de Dios mismo. Así, al actuar según el pensamiento de Dios, nos asemejamos moralmente a él, es decir, manifestamos su carácter y lo representamos en este mundo. Hemos sido capacitados para ello por el nuevo nacimiento, y entramos en los pensamientos de Dios por el Espíritu Santo que nos fue dado. Dios es el gran pacificador, y como verdaderos discípulos del Señor, nosotros también podemos traer la paz.

Llegará el momento en que los pacificadores serán llamados hijos de Dios, es decir, reconocidos oficialmente como tales. Hoy en día, estos esfuerzos no suelen ser reconocidos. ¡Pero un día, nuestro Dios mismo los reconocerá!

«La política de paz»

Cabe señalar que el cristiano no debe abusar de este versículo para justificar la participación —incluso con buenas intenciones— en acciones políticas como iniciativas de paz o marchas pacíficas, por ejemplo, para mantener o crear la paz en el mundo. Por supuesto, estamos en este mundo —¿por cuánto tiempo más?— pero ya no somos del mundo (Juan 17:11, 14, 16). El Señor Jesús puede venir en cualquier momento. Por lo tanto, nuestra responsabilidad hacia un mundo que rechaza a nuestro Señor y que así se enfrenta a su perdición, no es política, sino solo espiritual.

Esta responsabilidad consiste en:

  1. Orar por todos los hombres, para que sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:1-4);
  2. Ser personalmente un testimonio de nuestro amado Salvador ante todo hombre (1 Pedro 3:15);
  3. En cuanto dependa de nosotros, estar en paz con todos los hombres (Romanos 12:18).

(Continuará)