La persecución
“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:10).
En esta octava bienaventuranza, el Señor Jesús retoma la promesa de la primera: “de ellos es el reino de los cielos”. La justicia ya había aparecido en la cuarta bienaventuranza. Allí se trataba de los que tienen hambre y sed de justicia; aquí se trata de los que padecen persecución por causa de la justicia.
El rechazo
Sin embargo, esta bienaventuranza difiere en un aspecto de las siete anteriores. Mientras que estas últimas tratan de las virtudes y la conducta de los verdaderos discípulos de Jesús, el Señor llama ahora la atención sobre las consecuencias de esa conducta. Mientras él no reine como Rey de justicia, los que viven según los principios y pensamientos de Dios serán perseguidos y sufrirán. El Señor sabía desde el principio que su pueblo lo rechazaría y que el mundo se levantaría contra él y contra todos los que lo aceptaran.
El hecho de que la gente tenga hambre y sed de justicia demuestra que la injusticia reina en este mundo: esta es una de las lecciones del versículo 6. Aquí la enseñanza va más allá. Los que desean vivir con justicia deben esperar la persecución. Pedro, uno de los doce discípulos que había escuchado estas palabras del Señor, utilizaría más tarde expresiones similares. En su primera epístola, trata específicamente de los sufrimientos de los hijos de Dios y dice a ellos: “Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois” (1 Pedro 3:14).
La justicia
La justicia práctica —pues de eso hablamos aquí— es una característica de la nueva naturaleza del creyente. La Palabra de Dios dice que Noé era varón justo, perfecto y que con Dios caminó (Génesis 6:9). Esta justicia, o sea el reconocimiento y el mantenimiento de la autoridad y de todos los derechos de Cristo como rey, son también condiciones para entrar en el reino de los cielos (Mateo 5:20). Estas marcas distintivas señalaron a los verdaderos discípulos en los días del Señor, y también los caracterizarán en los futuros tiempos de tribulación. Así mismo en nuestros días, Él, el justo, el perfecto, nos instruye por su gracia para que vivamos sobria, justa y piadosamente en este siglo, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos (1 Pedro 3:18; Tito 2:12).
Dar a cada uno lo que le corresponde no es el único aspecto de esta justicia. La justicia práctica implica vivir de acuerdo con la Palabra y los principios de Dios. El amor a la verdad, la sinceridad, la fidelidad y el respeto a las personas, son virtudes reconocidas incluso por el mundo. Por esta razón, hombres como José y David en el Antiguo Testamento, o como los primeros cristianos en el Nuevo Testamento, gozaron del favor de sus contemporáneos. Incluso un empleador incrédulo suele estar satisfecho con un empleado fiel y honesto en el que pueda confiar. Pero si el jefe le pide a su empleado que mienta o que tome parte activa en un asunto turbio, y este le dice: «No puedo hacerlo, la Palabra de Dios me lo prohíbe», entonces la satisfacción del patrón dará paso fácilmente a la ira, sobre todo si su prestigio o su dinero están en juego. Más de un creyente ha perdido el trabajo por no querer asociarse con la injusticia que caracteriza a este mundo.
La persecución
Al reconocer los derechos del Señor en nuestras vidas, obedeciéndole en todas las cosas y buscando su voluntad, ya sea en nuestra familia, en el trabajo o en nuestros pasatiempos, no siempre encontraremos la aprobación del mundo. O incluso podremos conocer la persecución. No todos vivirán la experiencia de la estudiante de enfermería que fue amenazada con el despido porque se negó a asistir en un aborto. Pero también es una forma de persecución cuando una estudiante cristiana es objeto de burla por par- te de sus compañeros por llevar ropa decorosa de mujer, no tener televisión en casa o negarse a participar en un fraude. En el Antiguo Testamento solo se menciona que Ismael, el hijo de Agar, se burlaba, pero el Nuevo Testamento nos dice que perseguía a Isaac (Génesis 21:9; Gálatas 4:29).
Bienaventurado
¡Qué alegría es, en tales circunstancias, poder mirar no a los perseguidores y a los burlones, sino a Aquel por cuya causa nos suceden estas cosas! El Señor dijo a sus discípulos: “El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:20). Si sufrimos por causa de la justicia, recordemos que son los derechos y el honor del Señor los que están siendo atacados. En lugar de desilusionarnos y desanimarnos, disfrutaremos entonces de la felicidad que Jesús promete aquí. El camino de nuestro Señor ha sido del sufrimiento a la gloria. No tenemos que buscar otro para nosotros. Pablo animó a los tesalonicenses enseñándoles que las persecuciones y tribulaciones que estaban soportando demostraban que eran dignos del reino de Dios. Cuando el Señor Jesús aparezca con los suyos, Dios manifestará su justicia pagando con tribulación a los que atribulaban a los creyentes, y a es- tos, dándoles descanso (2 Tesalonicenses 1:4-10).
Los sufrimientos por Cristo
“Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros” (Mateo 5:11-12).
La última de las nueve bienaventuranzas es al mismo tiempo la transición al resto del sermón del monte. Ahora el Señor Jesús se dirige directamente a sus discípulos, utilizando el pronombre personal “vosotros”, como hace en Lucas 6:20-26 para cada bienaventuranza. Él sabe de ante- mano lo que sus discípulos tendrán que soportar, y les hace una maravillosa promesa.
Esta bienaventuranza continúa el pensamiento de la anterior, pero con una diferencia significativa: el Señor no habla aquí de sufrimiento por causa de la justicia, sino de insultos, persecuciones, malas palabras por causa de él mismo. Se trata, pues, de la persona de nuestro Señor y de la confesión de su nombre. Las persecuciones por causa de la justicia son el resultado de nuestro comportamiento y acciones morales, los sufrimientos por causa de Jesús son una consecuencia del testimonio dado de su persona.
El testimonio dad o de Jesús
Es cierto que en dónde vivimos quizás no existe una persecución oficial sobre los cristianos, como la que todavía existe hoy en algunos países. Según las leyes de muchos países, nadie debe ser perjudicado por su fe u opiniones religiosas; la libertad de conciencia, religión e ideología es inalienable. Pero esto no significa que todos los hombres estén bien dispuestos hacia los cristianos. ¡Cuántos jóvenes creyentes han sufrido las burlas e insultos de sus compañeros cuando han testificado: «Creo en el Señor Jesús, él es mi Salvador»! Incluso puede ocurrir que esas persecuciones no se queden en la fase verbal, sino que se acompañen de acciones. Al utilizar la palabra “cuando” (v. 11), el Señor no solo indica una posibilidad, sino un hecho esperable. Aquel que se ponga pública y valientemente del lado de nuestro Señor y Salvador será despreciado y burlado. Así, la persecución por causa de Jesús y la persecución por causa de la justicia a menudo se superponen.
Satanás siempre trata de impedir que los discípulos del Señor proclamen su nombre. Nos susurra: «¿Es realmente necesario hablar del Señor Jesús en este momento? No es necesario hablar del Evangelio todo el tiempo». Quiere impedir la confesión de Cristo como Señor, así como la difusión de la Buena Nueva de su gracia. Pero el que verdaderamente ama al Señor no puede ni debe callar; no tiene que considerar su propia posición, el éxito material de sus hijos o cualquier otra cosa. ¿Acaso el Señor no es digno de que demos un testimonio claro de él, aunque esto pueda causarnos algunos inconvenientes?
Los apóstoles ofrecen un buen ejemplo de este sufrimiento por el Señor Jesús en Hechos 4 y 5. Después de haber sanado y llevado a mucha gente al Señor, son arrestados por los líderes de los judíos y se les intima que no hablen más en el nombre de Jesús (Hechos 4:18; 5:28). Pero no pueden callar. Y cuando, después de su segundo arresto y de la maravillosa liberación de la que son objeto, vuelven a ser oprimidos e incluso azotados, ¿cómo salen de la presencia del concilio? “Gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” (Hechos 5:41).
La alegría
Así, el Señor Jesús añade a su declaración: “Gozaos y ale- graos, porque vuestro galardón es grande en los cielos”. No hay nada más hermoso que tener a Cristo como nuestro Salvador y Señor. Él es digno de que lo confesemos públicamente. Para un alma temerosa y para la carne, las consecuencias —reales o imaginarias— de un testimonio fiel de nuestro Salvador, pueden pesar mucho. Pero el Señor dice lo contrario: “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos”. Los discípulos del Señor no deben alegrarse a pesar de los sufrimientos asociados al testimonio de su fe, sino a causa de ellos (Romanos 5:3; Santiago 1:2). Y aunque la confesión del Nombre del Señor traiga consigo un daño temporal —que no siempre es el caso— ¡el galardón que él mismo promete en los cielos es incomparablemente mayor! Ser consciente de que se está caminando tras las huellas del Señor Jesús ya produce alegría. Y esta alegría se ve incrementada por la recompensa prometida, que es para el cielo y no para la tierra (Mateo 6:19-20).
Ejemplos
El Señor da entonces el ejemplo de los profetas del Antiguo Testamento. Fueron perseguidos por dar testimonio de Dios, como Elías (1 Reyes 19:2), el profeta Zacarías en los días del rey Joás (2 Crónicas 24:21), Jeremías (Jeremías 20:2) y muchos otros (Nehemías 9:26; Hechos 7:52; 1 Tesalonicenses 2:15). También Moisés, quien se llama a sí mismo profeta (Deuteronomio 18:15-18), sufrió por su Dios ante los egipcios y ante su propio pueblo. Pero el Nuevo Testamento nos dice que tuvo “por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:26).
Las persecuciones sufridas por el propio Señor Jesús, y su muerte, no se mencionan en estos versículos. Sin embargo, cada uno de sus discípulos puede recordar siempre este gran modelo de sufrimientos y perseverancia. Al comparar a sus discípulos apremiados por su causa con los profetas hostigados por causa de Dios, el Señor da implícitamente testimonio de su divinidad. De este modo, otorga la razón más importante para soportar persecuciones por causa de su Nombre.
Conclusión
Esta última bienaventuranza finaliza la primera parte del sermón del monte, en la que el Señor Jesús, que pronto será rechazado como rey por su propio pueblo, presenta los principios del reino de Dios como norma de conducta y estímulo para sus discípulos. Si observamos la secuencia de las bienaventuranzas, notamos un orden claro. En las tres primeras, el Señor muestra a sus discípulos la necesidad de un estado de corazón adecuado ante Dios y la necesidad de la humillación. Las cuatro siguientes llaman a la búsqueda de la justicia y a una vida de piedad agradable a Dios; y finalmente, en las dos últimas, encontramos la prueba; el resultado de vivir con el Señor Jesús y sufrir por él.
(Continuará)