Cosas nuevas /3

Romanos 7:14-25 – Romanos 8:1-4 – 2 Pedro 1:1-4

3. La nueva naturaleza (y la vieja naturaleza)

(Romanos 7:14-8:4; 2 Pedro 1:1-4)

La nueva naturaleza y la vieja naturaleza 

Muchos creyentes se enfrentan a innumerables dificultades en la vida diaria porque no tienen una comprensión clara sobre este tema. Son conscientes de toda una serie de deseos e impulsos extrañamente contradictorios. El apóstol Santiago hizo la pregunta: “¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?” (Santiago 3:11). Pero parece que ellos no tienen problema en hacer tal mezcla, pues en sus pensamientos, palabras y obras se da la más imposible confusión del bien y del mal. Todo el problema les resulta cada vez más confuso.

Es de gran ayuda en esta dificultad comprender el he- cho de que el creyente posee dos naturalezas diferentes, la nueva y la vieja, una es fuente de todos los deseos rectos, y la otra solo produce el mal. Una gallina estaría muy con- fundida si la hicieran madre de una cría mixta de polluelos y patitos. Estos tienen naturalezas diferentes, sus deseos y comportamientos son muy opuestos. Es igual con el asunto de las dos naturalezas del que estamos hablando. Muchos creyentes son como esta gallina.

Cuando el Señor Jesús le habló a Nicodemo, insistió en la necesidad de que el hombre “naciere de nuevo”, “de agua y del Espíritu”, añadiendo: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6). Prestemos mucha atención a estas palabras tan importantes.

En primer lugar, se muestran claramente la existencia de dos naturalezas, cada una caracterizada por su fuente. “Carne” es el nombre de una, pues brota de la carne, y “espíritu” es el nombre de la otra, pues brota del Espíritu Santo de Dios.

Ahora bien, es evidentemente correcto cuando hablamos de “carne” como la «vieja naturaleza», pues la poseemos desde el nacimiento, como herencia natural de la línea de Adán. El “espíritu” es la «nueva naturaleza»; es nuestra parte desde el nuevo nacimiento, cuando nacemos del Espíritu.

Sin embargo, estas palabras distinguen claramente entre “espíritu”, por el que se entiende la nueva naturaleza, y “el Espíritu”, que es el Espíritu Santo de Dios. El primero es el resultado del poder milagroso del otro. Él nunca mora en una persona en la que no haya provocado previamente el nuevo nacimiento, creando la nueva naturaleza que es “espíritu”. Sin embargo, sería un gran error confundir la nueva naturaleza con el Espíritu Santo que la engendra, como algunos se inclinan a hacer.

Cuando nació de nuevo, esta nueva naturaleza, que es espíritu, fue implantada en usted por el Espíritu Santo. La primera consecuencia de esto fue el inevitable conflicto entre la nueva naturaleza y la vieja, que heredó como descendiente de Adán. Ambas luchan por el dominio. Cada una tira exactamente en la dirección opuesta. Hasta que se aprenda el secreto de la liberación del poder de la carne interior, la dolorosa confusión de lo correcto y lo incorrecto, está destinada a continuar.

En el capítulo 7 de Romanos se nos describe esta ardua experiencia. Léalo con atención, especialmente desde el versículo 14 hasta el final, y continúe leyendo hasta el capítulo 8:4. ¿No encuentra en esta porción una serie de características que concuerdan con su experiencia?

En este capítulo 7, el apóstol Pablo llega a una conclusión muy importante: “Y yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (v. 18). Así que la carne es total e irremediable- mente mala, y Dios nos hace pasar por el fango de la amarga experiencia para que queramos aprender a fondo esta lección. “La carne para nada aprovecha” (es inútil) dijo el propio Salvador (Juan 6:63). “Y los que viven según la carne no pue- den agradar a Dios” son palabras que confirman esta verdad (Romanos 8:8). Por eso, de ella solo saldrá el mal.

La carne puede dejarse descuidada y sin domar. Entonces sigue siendo incivilizada y salvaje. Pero también puede ser muy culta y bien educada. Entonces es domada, bien entrenada y «hasta cristianizada», pero sigue siendo carne; porque “lo que nace de la carne, carne es”, no importa lo que haga con ella. Y en ella —por excelente que parezca— no hay nada bueno.

¿Qué hay que hacer con una naturaleza así, una naturaleza que es el vehículo del pecado, mora en el pecado y opera en él? Queremos responder a esta pregunta formulando otra. ¿Qué ha hecho Dios con ella? ¿Cuál es su cura?

Romanos 8:3 nos da la respuesta: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo, en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”.

La ley reprendió a la carne desde el principio, pero no pudo refrenarla ni controlarla para que pudiéramos liberarnos de su poder. Pero lo que la ley no podía hacer, Dios lo hizo. En la cruz de Cristo la sometió a juicio, “condenan- do al pecado en la carne”, es decir, juzgándolo en la raíz misma y en la esencia de su carácter.

Romanos 8:4 nos muestra los resultados prácticos de esto. En la cruz, la condenación de la vieja naturaleza tuvo lugar desde la raíz. Ahora hemos recibido el Espíritu Santo como el poder de la nueva naturaleza. En nuestro caminar en el Espíritu cumplimos las justas demandas de la ley, aun- que ya no estamos bajo ella, como regla de nuestras vidas.

Así que Dios condenó la carne —la vieja naturaleza— en la cruz de Cristo. Y ahora, ¿qué hacemos con ella? Podemos aceptar con gratitud lo que Dios ha hecho y en adelante tratarla como algo condenado en nosotros. El apóstol Pablo está señalando esto cuando dice: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3). Al leer este versículo, que comienza positivamente con las palabras “somos”, uno se pregunta: «¿realmente somos la circuncisión?». ¿Soy tan plenamente consciente del verdadero carácter de la carne —que nada bueno habita en ella, y que Dios la condenó en la cruz— de tal manera que no confío en ella ni siquiera en sus formas más decentes (oraciones, esfuerzos piadosos o buenos propósitos)? Todos hemos pasado por muchas experiencias dolorosas, muchas derrotas desalentadoras cuando la carne se niega a estar crucificada. Ciertamente aquí está la dificultad de todo el asunto. Así que, me rindo ante el Señor, quien sí ¡logró la victoria sobre el pecado! No es tan fácil llegar a este punto, pero una vez que se llega, la lucha está prácticamente terminada.

Destruir nuestra confianza en la carne es esencialmente destruir el poder de la carne sobre nosotros. Entonces, de repente, apartamos la mirada de nosotros mismos y de nuestros esfuerzos celosos en busca de un libertador que encontramos en el Señor Jesucristo, que ha tomado posesión de nosotros por su Espíritu; entonces el espíritu tiene poder. No solo refrena la actividad de la vieja naturaleza (Gálatas 5:16), sino que fortalece, desarrolla y controla la nueva (Romanos 8:2, 4, 5, 10).

No olvide que la nueva naturaleza no tiene poder en sí mismaRomanos 7 muestra esto. La nueva naturaleza bus- ca y desea cosas que son correctas y bellas. Pero para tener el poder de llevarlas a cabo requiere una sumisión práctica a Cristo y a su Espíritu. Este cambio de espíritu es esencialmente el resultado de una aceptación real y sincera del juicio de Dios sobre la vieja naturaleza en la cruz de Cristo.

 

Preguntas sobre el tema: 

1. Algunas personas son bondadosas y religiosas casi desde su nacimiento. ¿También necesitan la nueva naturaleza?

Por supuesto. El mismo hombre a quien el Señor Jesús dijo aquellas memorables palabras: “Os es necesario nacer de nuevo”, era de esa clase. Todo estaba a su favor: moral, social y religiosamente. Y, sin embargo, el Señor lo confrontó en términos muy claros (“de cierto, de cierto”), no solo con una instrucción abstracta (Juan 3:3), sino dirigiéndole la misma verdad personalmente en forma concreta: “Es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7).

Eso aclara las cosas. Incluso la carne bondadosa y religiosa es solo carne y no es suficiente ante Dios.

2. Está muy extendida la idea de que hay una chispa de bondad en cada ser humano y que solo hay que desarrollarla mediante la oración y el autocontrol. ¿Es esto cierto desde el punto de vista bíblico?

Esta idea es muy poco bíblica. Se podrían citar muchos pasajes, pero me limitaré a dos.

En primer lugar, encontramos una prueba negativa. En Romanos 3:9-19 se nos da un relato detallado de la humanidad en sus cualidades morales. El apóstol Pablo encontró los detalles en las Escrituras del Antiguo Testamento. Primero vienen explicaciones generales (v. 10-12), luego detalles pronunciados, particularmente horribles (v. 13-18), y en ninguna parte se ve un rastro de esa chispa oculta del bien. ¡Qué incorrecta, qué falsa es esta afirmación! Dios, que no puede mentir, describe a sus criaturas y no confirma en absoluto ese rastro de bondad. La conclusión es obvia: no hay tal cosa.

En segundo lugar, se nos da un argumento positivo: “Vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5).

El apóstol Pablo expresa la misma verdad con otras palabras cuando dice: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (Romanos 7:18) —ni siquiera una chispa.

Para quienes creen en la Biblia, estos argumentos son convincentes. No hay nada más que decir.

3. ¿Se deshace uno de la vieja naturaleza en el nuevo nacimiento, o debemos entender que una persona convertida tiene en su interior tanto la vieja naturaleza como la nueva?

La vieja naturaleza no es erradicada (terminada) con el nuevo nacimiento, de otra manera no tendríamos que leer: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8).

Pero tampoco se transforma en la nueva naturaleza. El nuevo nacimiento no es como la piedra filosofal, que según la fábula convertía en oro todo objeto que tocaba. Juan 3:6 lo demuestra.

Ambas naturalezas están en el creyente, tenemos el ejemplo en el huerto o jardín, que nos lo aclara. De hecho, el tallo de un injerto es una adecuada ilustración del asunto, pues se condena (cancela) el tallo silvestre en el que se planta la variedad del fruto bueno. Se aplica el hacha y se recorta severamente el árbol. Tras el injerto, el jardinero ya no considera el árbol como silvestre, sino que le da el nombre del que injertó.

Lo mismo ocurre con nosotros. Ambas naturalezas están ahí, pero Dios solo reconoce la nueva, y los que hemos recibido el Espíritu Santo, no estamos en la carne, sino en el Espíritu (Romanos 8:9, V.M.).

4. Si la vieja naturaleza sigue ahí, entonces debemos hacer algo al respecto. ¿Cómo debemos tratarla?

Por supuesto, no debemos ser insensibles a su presen- cia, ni dejarnos afectar por su actividad dentro de nosotros. Pero ningún intento o esfuerzo humano nos hará algún bien.

Nuestra sabiduría radica en alinearnos con los pensamientos de Dios y tratarla como Él lo hace. Comienza por reconocer que él ahora le ve en la nueva naturaleza y que tiene derecho a negar la vieja. “Ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:17). La nueva naturaleza es su verdadero carácter, no la vieja, así como la manzana injertada caracteriza al árbol una vez injertado.

Dado que esto es así, su conducta es sencilla. El jardinero vigila atentamente el árbol recién injertado, cuando el tronco viejo trata de revivir sacando brotes de su raíz, él corta sin piedad tales brotes tan pronto como aparecen. Así usted siempre lleva la cruz de Cristo como un cuchillo afilado sobre su vieja naturaleza y sus deseos e impulsos pecaminosos.

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). Las palabras que he subrayado se ubican muy de cerca a las ramitas que echa el tronco viejo. La segunda parte del versículo 5 y los versículos 8 y 9 detallan lo que se quiere decir: Hacer morir, matarlos —desterrarlos— individualmente.

Esto requiere energía espiritual, coraje y determinación del corazón, que no posee en su interior. Su único poder es simplemente mirar al Señor Jesús y entregarse sin reservas en las manos del Espíritu Santo.

“Más si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13).

5. Por un acto de nuestra propia voluntad, ¿obtendremos finalmente el poder del Espíritu para vencer el pecado, o será rindiéndonos a Dios?

Queremos dejar que sea la propia Escritura la que responda. “Presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Romanos 6:13).

“Así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Romanos 6:19).

“Ahora que habéis sido libertados del pecado hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:22).

La idea de que el poder necesario se obtiene por un acto de nuestra propia voluntad parece un último intento desesperado de ganar algo de crédito para la carne en lugar de condenarla finalmente y dar gloria a Dios.

6. ¿Se desplegará la nueva naturaleza en el creyente de forma tan completa que le hará completamente insensible a los deseos de la vieja naturaleza?

2 Corintios 12 nos muestra claramente que no es así. En este capítulo leemos que el apóstol Pablo fue arrebatado al tercer cielo, a la presencia inmediata de Dios. Después de oír allí cosas tan extraordinarias que ninguna lengua humana podría expresar, debía reanudar su vida normal en esta tierra. Y desde ese momento Dios le dio un aguijón en la carne —una aflicción compensatoria especial— para que no se exaltara desmedidamente por el exceso de revelaciones.

Es cierto que el cristianismo de Pablo era muy avanzado y extraordinario y, sin embargo, tras un arrebatamiento temporal al tercer cielo, no era inmune al orgullo inherente a la vieja naturaleza. Si él no lo era, nosotros tampoco lo somos.

7. ¿Puede darnos algunas indicaciones que nos ayuden en la práctica a distinguir entre los deseos y las intuiciones si proceden de la vieja naturaleza o si brotan de la nueva?

No puedo dar ninguna indicación que nos lleve a prescindir de la Palabra de Dios y nos libere de la necesidad constante de doblar las rodillas en oración con el corazón ejercitado. La Palabra de Dios es “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos”. Solo ella puede juzgar los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12), y el trono de la gracia está siempre accesible para que encontremos gracia para una ayuda oportuna. Es el Sumo Sacerdote de Dios quien distingue este trono. Así que la Palabra de Dios y la oración son absolutamente necesarias si queremos discernir y desentrañar los pensamientos y deseos que encontramos en nuestro interior.

Una vez visto esto, aún puede ayudarnos recordar que, al igual que la aguja de la brújula apunta siempre hacia el Norte, la nueva naturaleza apunta siempre hacia Dios y la vieja hacia sí misma. Todo lo que tiene a Cristo como meta es de la nueva, todo lo que apunta al ego es de la vieja. Siendo así, mil preguntas desconcertantes se resuelven en una:

¿Cuál es el motivo secreto que me impulsa en este asunto, la glorificación de Cristo, o la mía propia?

(Continuará)