Seguid la santidad (5/6)

2 Samuel 11:27 – 2 Samuel 12:1-9 – Salmos 51

 

5. Caída y restauración

1) Causas y origen de una caída

Las causas más frecuentes son las siguientes:

a) Falta de vigilancia y de firmeza

Entre las condiciones morales necesarias para la preparación del creyente para la lucha, revisten primordial importancia la vigilancia, la firmeza y la sobriedad. Si faltan, el enemigo nos sorprenderá con alguna tentación que no discernimos, por falta de vigilancia. Tengamos cuidado, pues, con las circunstancias en que nos hallamos o en las que nos involucramos deliberadamente. Natán, en su parábola (2 Samuel 12:1-6), habla de un caminante: surge un acontecimiento inesperado, se presenta una oportunidad. Los Proverbios nos hablan del joven ocioso que pasaba por la calle, a la tarde del día, y que entró en casa de una mujer de mala vida (Proverbios 7:6 y siguientes). Una mirada de concupiscencia, y el corazón se ve atraído; luego, los pies siguen al corazón. Por eso el Señor Jesús nos exhorta a “sacar” nuestro ojo, y a “cortar” nuestra mano o nuestro pie si son ocasión de caer (Mateo 5:29-30; 18:8-9; Marcos 9:43-48): el ojo por el cual la tentación entró en el corazón, la mano que comete el acto malo, el pie que nos lleva a un lugar adonde el Señor no puede acompañarnos.

b) La pereza y el sueño espirituales

Éstos son los mismos caracteres, pero más acentuados: el mal interior es más grave. David, en vez de encabezar su ejército cuando salió en campaña, “se quedó en Jerusalén” (2 Samuel 11:1). Y estaba ocioso. “Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho” (v. 2). Esto es una trampa a la cual Satanás recurre bastante a menudo: darnos el deseo de no hacer nada. Huyamos, pues, de la ociosidad, especialmente al final del día, sobre todo si estamos solos, tal vez en una ciudad extranjera. El “lecho” fue para David —y a menudo lo es también para nosotros—, el punto de partida de la tentación, que trae la caída, la vergüenza, el castigo.

¡Velemos, pues! Si estamos activos para el Señor, seremos preservados de muchas tentaciones. Abstengámonos de la pereza y de la somnolencia. Varios pasajes describen el comportamiento del perezoso y las consecuencias de su pereza. Primero, en vez de hacer como la hormiga que prepara en verano su comida, el perezoso duerme en el tiempo de la siega (Proverbios 6:6, 8; 10:5). Deberíamos aprovechar el tiempo para alimentarnos de la Palabra de Dios y acumular así comida durante el verano de la vida, para llenar una memoria aún joven de este “pan” que podría hallarse “después de muchos días” (Eclesiastés 11:1), para alimentarse uno mismo y compartirlo con otros; pero se teme el esfuerzo que implica semejante estudio y se “duerme en el tiempo de la siega”.

Es cierto que uno lee la Biblia cada día y asiste a las reuniones, pero no se asimila lo que se oye. “Metió su mano en el plato”, pero “ni aun a su boca se la llevó” (Proverbios 19:24). Uno oye «una buena meditación», pero en seguida se la olvida. “El indolente ni aun asará lo que ha cazado; pero haber precioso del hombre es la diligencia” (Proverbios 12:27).

De esta manera, ciertos cristianos llegan a contentarse con una vida espiritual «rebajada» y no hacen ningún progreso. “Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama” (Proverbios 26:14). Año tras año, se halla siempre en el mismo punto, como una puerta que, a pesar de sus múltiples rotaciones, no adelanta ni un centímetro. Y ¿qué diremos de los que tienen miedo de testificar de su fe y de aquellos cuya única preocupación es no asumir ningún compromiso con Cristo? En vez de «bajar a la calle», prefieren permanecer a buen resguardo, ya que “dice el perezoso: El león está en el camino; el león está en las calles” (Proverbios 22:13; 26:13).

Desde siempre, el sueño espiritual ha sido la causa principal del debilitamiento del testimonio colectivo e individual, y el origen de muchas caídas en la vida de los creyentes. Escuchemos esta solemne exhortación: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efesios 5:14).

c) El orgullo y la confianza en sí mismo

«¡Esto no me sucederá a mí!» Es lo que pensamos en nosotros mismos cuando oímos hablar de la caída de uno de nuestros hermanos. Pedro, lleno de confianza en sí mismo, afirma: “Aunque todos se escandalicen, yo no” (Marcos 14:29). Uno juzga severamente a los demás; hasta tiene la pretensión de enseñarles, y la Palabra nos dice: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?” (Romanos 2:21). A veces, el Señor tiene que dejarnos seguir un camino de voluntad propia para que, por una dolorosa experiencia, aprendamos en qué desemboca. “Antes del quebrantamiento es la soberbia” (Proverbios 16:18).

d) Falta de comunión y de piedad

No le toma mucho tiempo a nuestro corazón dejarse dominar por las vanidades, por las cosas que se ven, pero que son temporales (2 Corintios 4:18). El diablo se sirve de todas las cosas para apartarnos del Señor, aun de las que se llaman legítimas: ocupaciones profesionales, afectos naturales, etc. Uno ya no emplea el tiempo para alimentar su alma con la Palabra de Dios y para cultivar la comunión por medio de la oración. Si el Señor no interviene en su gracia para despertarnos por el Espíritu, la carne gana ventaja. En David, con todas sus maquinaciones en contra de Urías, tenemos un ejemplo. El creyente carnal puede caer más bajo que un hombre del mundo. David se vuelve criminal sin que, aparentemente, su conciencia reaccione durante más o menos un año, hasta que Dios le dijera por la boca de Natán: “Tú eres aquel hombre” (2 Samuel 12:7).

e) Las influencias

El creyente tiene que cuidarse de las influencias que el entorno ejerce sobre él y tal vez también sobre los que lo rodean. Así Abraham, temiendo el hambre, se fue a Egipto sin que Dios lo enviara allí. En ese país, miente por miedo a los egipcios y éstos lo expulsan de allí. Pero de Egipto trae consigo a Agar, la sierva que, durante más de veinticinco años, será la causa de graves disturbios en su familia, hasta que se ve obligado a echarla fuera en condiciones poco honorables. Lot se acordaba de las llanuras de Egipto, que eran de riego y verdes. Cuando él y su tío tienen que separarse, Abraham lo invita a escoger, Lot alza sus ojos y ve toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego, como la tierra de Egipto, y escoge Sodoma. Esto lo lleva a su ruina espiritual y material (Génesis 12:9-20; 13:10-12). La influencia de Egipto había penetrado en la familia de Abraham.

Que los que tienen personas a su cargo, especialmente los padres de niños jóvenes, tengan cuidado de preservar a su familia de la atmósfera del mundo. Por otra parte, que cada uno de los esposos sea consciente de la influencia, buena o desfavorable, que ejerce sobre su cónyuge. Y finalmente, que los jóvenes creyentes tengan cuidado para que no se dejen arrastrar por amigos o compañeros mundanos.

2) La restauración

David tenía aproximadamente cincuenta y cinco años cuando tuvo la terrible caída que acabamos de considerar. A lo largo de su vida, Dios le había colmado de numerosos favores, que Natán trae a su memoria (2 Samuel 12:7-8). Esto lo hacía aún más culpable de haber actuado como lo hizo. Y, sin embargo, Dios lo perdonó y restauró su alma. Tal es la gracia divina que, después de habernos salvado, nos acompaña a lo largo de nuestra carrera para enseñarnos, guardarnos de caídas y, si hemos caído, restaurarnos. Pero la restauración implica un profundo trabajo en el alma.

a) La acción del Espíritu Santo

Toda caída interrumpe la comunión con el Señor y contrista al Espíritu Santo. El Espíritu, simbolizado aquí por Natán, trabaja en nosotros para despertarnos, convencernos de pecado y llevarnos a juzgarnos a nosotros mismos. Dios puede utilizar varios medios para convencernos de pecado: la Palabra, el ministerio de un hermano, la prueba, etc. David había perseverado mucho tiempo en el mal sin haberse dado cuenta, aparentemente, de que había ofendido a Dios gravemente por dos crímenes horribles. A la acción del Espíritu Santo se agrega también la intercesión de Cristo: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 2:1-2). No le pedimos nosotros que interceda a favor de nosotros; él lo hace por su propia cuenta a causa de su inmutable amor para con nosotros.

b) Arrepentimiento y confesión

El arrepentimiento, según el sentido de la palabra griega «metanoia», denota un «cambio de mente o de espíritu». Es el juicio que uno emite sobre sí mismo y sobre sus hechos pasados, a la luz de Dios. El culpable reconoce en su corazón que ha actuado mal y lo declara abiertamente. Por eso el arrepentimiento y la confesión están íntimamente ligados y son igualmente indispensables para la restauración del alma. Sin ellos, la comunión con Dios no puede ser restablecida. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados” (1 Juan 1:9). Dios pide la confesión y no oraciones rituales, y mucho menos penitencias.

“Entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová” (2 Samuel 12:13). Luego se dirige directamente a Dios: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4). El arrepentimiento se caracteriza por un sentimiento profundo, sincero, doloroso, de que, por nuestro pecado, hemos ofendido a Dios mismo y atentado contra su santidad y gloria. No debemos contentarnos con un sentimiento superficial de culpabilidad. «Posiblemente no haya nada que endurezca más el corazón que la costumbre de confesar el pecado sin sentirlo» (J. N. Darby). Semejante ligereza no nos caracterizará si recordamos que Dios tuvo que castigar a su Amado y abandonarlo en la cruz a causa de nuestros pecados. “En ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:4).

En cuanto a la confesión, debe ser precisa y designar el pecado cometido por su nombre. También es importante examinar con cuidado, en la presencia de Dios, el origen de este pecado, a fin de que sean juzgados, no sólo el fruto, sino también la raíz del mal, y que un trabajo profundo y duradero se produzca en el alma. Es preciso que estemos completamente de acuerdo con Dios sobre lo que está mal y que sintamos un santo horror al respecto. Cuando hayamos hecho un daño a alguien, también es necesario confesárselo (Mateo 5:24). También puede haber una confesión recíproca de los pecados (Santiago 5:16).

c) Perdón y restauración

El creyente que se arrepiente y que confiesa su falta puede estar seguro de recibir el perdón inmediato y absoluto de Dios. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Por su perdón, Dios nos libera de nuestra culpabilidad; la purificación quita la mancha producida por el pecado. Dios es “justo” actuando así, porque la sangre de Cristo hizo propiciación por nosotros. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado… él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 1:7; 2:2). Ante todo, el sacrificio de Cristo hace que el perdón y la restauración sean posibles. En los sacrificios que se ofrecían por los pecados bajo el antiguo pacto, tenemos, en figura, este perdón que era concedido a aquel que, habiendo pecado, confesaba su falta y traía un sacrificio. Dios declara cada vez: “así hará el sacerdote expiación por él, y obtendrá perdón” (Levítico 4:20, 26, 31, 35; 5:6, 10, 13, 16, 18; 6:7). El perdón estaba asegurado tan pronto como el sacrificio había sido ofrecido. La restauración sólo es posible si uno se da cuenta por la fe de que Cristo murió también por este pecado; Dios es justo para con Cristo para perdonar al culpable que se arrepiente y que pone toda su confianza en la obra de la cruz. Dios puede así perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad porque el valor de la expiación, de la eficacia de la sangre de Cristo y del poder de la intercesión de nuestro divino Abogado, es ilimitado.

David pudo experimentar este perdón inmediato de Dios: acabó de confesar su pecado, y Natán le declara: “También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás” (2 Samuel 12:13). Dios había provisto de antemano para el perdón de David. Satanás hace todo tipo de esfuerzos para impedir que lleguemos a Dios y le confesemos nuestro pecado, porque quiere mantenernos en el estado de debilidad, esterilidad y tristeza que nos caracteriza mientras el pecado no es confesado. Sin embargo, como el esquiador que se levanta después de una caída y no se queda tirado en la nieve, no prestaremos oído a las sugerencias de Satanás: conociendo el corazón de Dios y los recursos de su gracia, iremos a él sin tardar y le confesaremos nuestro pecado en un espíritu de arrepentimiento y contrición. “Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse” (Proverbios 24:16).

La restauración del creyente que ha pecado puede efectuarse en varias etapas. En el caso de Pedro, lo primero que tuvo lugar fue la mirada que Jesús le dirigió en el pretorio, la que le provocó amargas lágrimas (Lucas 22:60-62). Luego, el Señor le apareció personalmente después de su resurrección, sin que las Escrituras nos revelen la conversación que tuvo con su discípulo (Lucas 24:34; 1 Corintios 15:5). Finalmente, Jesús efectuó una restauración completa, después de la cual pudo confiar una nueva misión a Pedro: “Apacienta mis corderos… Apacienta mis ovejas… Sígueme” (Juan 21:15-19). Igualmente, David, completamente restaurado, puede decir: “Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti” (Salmo 51:13). Una vez que la restauración es completa, la comunión es restablecida, el pecado perdonado, cubierto y olvidado.

Si tal es el caso a los ojos de Dios, debe ser lo mismo para el antiguo culpable. A veces dudamos del alcance de la gracia divina y de la perfección de la obra que efectúa en nosotros cuando nos restaura. Como el hijo pródigo, nos contentamos diciendo: “Hazme como a uno de tus jornaleros” (Lucas 15:19), ignorando que, en cuanto a nosotros, no tenemos más derecho al lugar de jornaleros que al de hijos, y que, por otra parte, semejante posición sería incompatible con la gracia de Dios. Aceptemos entonces con agradecimiento el perdón completo que Dios nos concede y la restauración completa y entera de la comunión con él.

d) Los frutos de la humillación

“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17). El perdón da la conciencia de la gracia de Dios y crea un espíritu humilde. Pedro pasó por esta experiencia. Por eso exhortaba a la humildad, “porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5). El gozo de la salvación y la comunión se volvieron a encontrar (Salmo 51:12). El Señor Jesús dijo a Pedro: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (Juan 13:8). Pero una vez que nuestros pies han sido lavados de la suciedad del camino, el alma goza de una “parte” bendita con el Señor. Aquel que pasó por esta experiencia redoblará su vigilancia, desconfiará de sí mismo, se mantendrá más cerca que nunca del Señor y pondrá toda su confianza en él. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:10).

e) El gobierno de Dios

La historia de David pone en evidencia el gobierno de Dios respecto al pecado cometido por uno de sus hijos. Natán anunció a David cuál había de ser el castigo de Dios: “No se apartará jamás de tu casa la espada” y “el hijo que te ha nacido ciertamente morirá” (2 Samuel 12:10-12, 14). David se sometió a la voluntad de Dios (v. 16 y siguientes). Había dicho a Natán: “El que tal hizo es digno de muerte. Y debe pagar la cordera con cuatro tantos” (v. 5-6), pronunciando así un juicio en contra de sí mismo. De hecho, poco tiempo después lo vemos pagando “la cordera con cuatro tantos” (v. 6):

  1. “Entonces David rogó a Dios por el niño; y ayunó David, y entró, y pasó la noche acostado en tierra” (2 Samuel 12:16).
  2. En el momento del asesinato de Amnón por Absalón: “Entonces levantándose David, rasgó sus vestidos, y se echó en tierra” (13:31).
  3. En el momento de la muerte de Absalón: “Entonces el rey se turbó, y subió a la sala de la puerta, y lloró; y yendo, decía así: ¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (18:33).
  4. Al final de la vida del rey, Adonías, a quien “su padre nunca le había entristecido” (1 Reyes 1:6), quiso hacerse rey en el lugar de su padre, mientras éste aún estaba reinando. Sin la intervención de Salomón, hubiera muerto en seguida; lo cual sucedió poco después de la muerte de David (1 Reyes 1:53; 2:25).

Estas conmovedoras palabras, ¿no nos recuerdan la solemne declaración de las Escrituras: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7)?

3) Recaídas

Por falta de vigilancia, podemos, en efecto, dejarnos seducir de nuevo por la carne si olvidamos “llevar en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús” (2 Corintios 4:10). Para tomar nuevamente una imagen conocida, la carne debe ser tratada como un siervo infiel a quien se le debe retirar toda confianza. Lamentablemente, sucede a veces que, por descuido, se deja abierta la puerta de un escritorio y el siervo infiel en seguida se apodera del dinero que allí se encuentra. El creyente jamás debe perder de vista que la carne en él es una naturaleza corrompida y enemiga. Pero puede contar con la gracia de Dios, porque “poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Corintios 9:8). Aquel que libró nuestras almas de la muerte, ¿no guardará nuestros pies de caída, para que andemos “delante de Dios en la luz de los que viven” (Salmo 56:13)? Más de un creyente puede proclamar por propia experiencia: “Tú has librado mi alma de la muerte, mis ojos de lágrimas, y mis pies de resbalar” (Salmo 116:8). ¡Sí, Dios es poderoso para guardarnos sin caída! (Judas 24).

Por cierto, la perfección, o sea nuestra semejanza a Cristo, sólo se alcanzará en la gloria. El apóstol Pablo lo decía de sí mismo: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo…” (Filipenses 3:12). Vamos, pues, firmes y adelante, con los ojos fijos en Jesús, y depositando toda nuestra confianza en él. Él quiere hacer su morada en nosotros y, si la tentación golpea aún a la puerta de nuestro corazón, él es poderoso para guardarnos de ella.