Jacob o la disciplina /2

Génesis 26:34-35 – Génesis 27 – Génesis 28

c) Las hijas de Het (Génesis 26:34-35)

“Y cuando Esaú era de cuarenta años, tomó por mujer a Judit hija de Beeri heteo, y a Basemat hija de Elón heteo”.

El casamiento es un testimonio de nuestro estado espiritual. Abraham, el hombre de fe, enseñado por las amarguras de una división entre Sara y la egipcia Agar, quiere, para su hijo Isaac, una hija de la raza de la fe; no quiere una cananea, ni aun que su hijo vuelva a radicarse en el país de Nacor, porque Abraham había salido de allí. Eliezer cumple fielmente esta misión; y es siempre así cuando el Espíritu de Dios nos dirige.

Isaac no se apartó de ese precepto (28:1). Jacob siguió el mismo camino, aunque con menos sencillez y franqueza que su padre. Para ellos, la fe excluía absolutamente toda alianza con las hijas del mundo.

La misma recomendación es hecha al pueblo de Dios en Deuteronomio 7:3-4 y en Josué 23:12-13. En medio de una gran aflicción, Esdras obra sobre la conciencia del pueblo para que se purifique de sus alianzas profanas (Esdras 10:3, 11). Nehemías confirma también este principio (Nehemías 10:30). En el Nuevo Testamento hallamos que la única condición del casamiento cristiano es la siguiente: “Con tal que sea en el Señor” (1 Corintios 7:39).

En esta circunstancia, Esaú da muestras de su espíritu profano. Toma por mujeres a hijas de los heteos, las que “fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca” (Génesis 26:35). ¿Cómo podía ser de otro modo para esa pareja de creyentes que se veían involuntariamente asociados por su hijo con un pueblo cargado con la maldición divina, y que, aun permaneciendo puros ellos mismos, no podían deshacerse de esa vecindad idólatra? En verdad sufrían y no les era posible cambiar ese estado de cosas porque los principios divinos no tenían ascendiente sobre Esaú. Era una prueba para ese hogar y la sentían cruelmente; Rebeca de manera más viva, porque su afecto por Esaú era menos ciego que el de su marido: “Fastidio tengo de mi vida —dice— a causa de las hijas de Het” (27:46). Por eso este fastidioso ejemplo dado por Esaú les lleva aun más a obrar según los pensamientos de Dios para con el hijo que reconocía la autoridad de ellos y cuya fe correspondía a la suya. “Isaac —leemos— llamó a Jacob, y lo bendijo, y le mandó diciendo: No tomes mujer de las hijas de Canaán. Levántate, ve a Padan-aram, a casa de Betuel, padre de tu madre, y toma allí mujer de las hijas de Labán, hermano de tu madre” (28:1-2).

d) La bendición hurtada (Génesis 27)

Este capítulo nos presenta un cuadro humillante de lo que puede suceder en el seno de la familia de Dios. Isaac, jefe de esta familia, el hombre celestial de los capítulos precedentes, cede a una codicia terrenal: la caza era su comida. Dice a Esaú: “He aquí ya soy viejo, no sé el día de mi muerte. Toma, pues, ahora tus armas, tu aljaba y tu arco, y sal al campo y tráeme caza; y hazme un guisado como a mí me gusta, y tráemelo, y comeré, para que yo te bendiga antes que muera” (27:2-4).

Impulsado por esta codicia, llega a preferir al hijo de la carne antes que al heredero según Dios, al que Esaú debía servir. Notamos también que busca en su comida predilecta la fuerza para el servicio divino, como si esta energía artificial pudiera ser de ayuda al don profético de un patriarca. ¿Es acaso diferente en nuestros días? ¡Cuántas veces una excitación de la carne se impone a los creyentes como si fuera la potencia del Espíritu! La caza o el vino no son los únicos excitantes del hombre natural; todo lo que el mundo le presenta —la búsqueda del «yo», el deseo de sobresalir, el orgullo de la vida, la imaginación y mil cosas más— contribuyen a hacerle perder la sobriedad en el servicio del Señor, la única que puede asegurar los frutos de ese servicio.

Hay algo más grave todavía: esta sola codicia de Isaac le hace olvidar la Palabra y le constituye adversario de los pensamientos de Dios. Como lo dijimos anteriormente, Isaac —de haberlo podido— habría hecho del hijo de la carne el heredero de la promesa. No aleguemos que era ignorante; habría debido recordar estas palabras: “El mayor servirá al menor” (25:23). Recordemos que el olvido de la Palabra de Dios corre parejo con la entrada que damos al mundo en nuestros corazones. ¡Qué terrible despertar para Isaac cuando, de repente, al abrirse sus ojos, descubre que por afecto hacia su hijo había estado a punto de contrarrestar los designios de Dios! ¡Véanle ustedes estremecerse grandemente! (27:33). No hay en él ira, ni estupor por haber sido engañado por su hijo menor, porque podía revocar la bendición que se le había hurtado; no, es el espanto del peligro al cual la gracia divina acaba de hacerle escapar. Por eso, al par que juzga la manera cómo Jacob se la apropió —“vino tu hermano con engaño, y tomó tu bendición” (v. 35)— mantiene la bendición dada, como correspondiente a la voluntad de Dios: “Yo le bendije, y será bendito” (v. 33).

Bajo la humillación, Isaac es restaurado en su alma; sin embargo, él, el testigo de Dios en este mundo, es puesto a un lado. Su función como tal terminó, quedó trunca hasta su muerte. Durante casi medio siglo no verá en lo que le rodea sino los frutos del viejo hombre, los que le ocasionarán amargura de espíritu, fruto de la carne de Esaú, de la cual en su momento Isaac había querido valerse para satisfacer su propia carne.

Mientras que Isaac trata de aliar su fe con su codicia, la fe de Rebeca se mezcla con su carácter familiar. Su abuelo Nacor, su padre Betuel y su hermano Labán son de un mismo linaje, de manera que la religión mezclada, el interés, la falsedad y el engaño habían presidido su educación. Y, sin embargo, esta misma Rebeca había dicho por fe: “Sí, iré” (24:58); por fe igualmente había comprendido el valor de la promesa hecha a Jacob, pero, bajo el influjo del carácter familiar, abandonó el camino de la fe y quiso obtener engañosamente, para el hijo al que amaba, la bendición prometida. Al volver así a las normas de conducta a las que Dios le había hecho renunciar, trata de evitar, mediante fraudulentas maniobras de la carne, el golpe con el que la amenaza la pasión carnal de Isaac. Pero aun, da este ejemplo a su propio hijo y se atreve a cargar con la maldición (27:13) para inducirlo a engañar a su padre. Pero Dios es un Dios santo y se muestra como tal a los suyos. Ella cae bajo la disciplina de Dios. Pierde a Jacob, en el cual concentraba todos los afectos de su corazón de madre. Desde entonces solitaria, pasa sus años teniendo fastidio de su vida (v. 43-46) y muere sin volver a ver a aquel con el cual esperaba reunirse un día. Tanto su castigo disciplinario, como el de Isaac, no terminan hasta el fin de sus vidas.

Jacob obedece a su madre ahogando la voz de su conciencia que le grita: «A los ojos de tu padre pasarás por burlador» (v. 12); miente a Isaac para obtener, a su modo, lo que Dios le había prometido. Recibe la bendición, pero ¿no la habría conseguido sin eso, incluso en presencia de Esaú, como Efraín la recibió más tarde en presencia de Manasés? (Génesis 48:14). La recibe, pero se ve obligado a esperar largo tiempo la posesión de ella, proscripto, reducido a dura servidumbre, objeto de la disciplina de Dios, hasta que al fin, juzgado y quebrantado, haya reconocido que su carne no tiene fuerza para el bien y que su poder sólo residía en la fe.

Finalmente, Esaú, el hombre natural, es azotado al principio con menos golpes, porque no hay disciplina para la carne, pero no puede reconquistar la bendición perdida, aunque la haya buscado con lágrimas. No halla oportunidad para el arrepentimiento. Y su historia termina con estas palabras harto espantosas del Señor: “A Esaú aborrecí” (Malaquías 1:3; Romanos 9:13).

 

2. Jacob proscripto1

a) Su sueño en Bet-el (Génesis 28)

La primera parte de la historia de Jacob terminó. Lo hemos seguido en la casa paterna, como objeto de los consejos de Dios desde antes de su nacimiento; luego al ser llamado a tener fe en el cumplimiento de tales consejos. Pero la fe (o más bien Dios, el objeto de ella) no le bastaba a Jacob. Hábil para aprovechar la ocasión, se había apoderado primero del derecho de primogenitura que Dios le había asignado; después, mediante engaño y astucia, de la bendición paterna, privilegio de aquel que poseía el citado derecho. Su padre lo bendijo, creyendo bendecir a Esaú: “Sé señor de tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre” (27:27, 29). Aparentemente, pues, Jacob había conseguido sus fines.

En ese momento interviene Dios. ¿Cómo va a conciliar su fidelidad a sus promesas con su reprobación del carácter y proceder de su siervo? No puede, de ninguna manera, revocar sus promesas y sus bendiciones, “porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:29); y, por otro lado, no puede aceptar el mal sin tenerlo en cuenta.

Su disciplina responde a las exigencias de su fidelidad por una parte, y a las de su santidad por la otra, y las concilia. Bajo esta disciplina, Jacob será llevado a juzgar su proceder, a pronunciar una condena absoluta sobre sí y, obtenido este resultado, entrará por la fe en el gozo de las gloriosas promesas que le habían sido hechas.

En la segunda parte de la historia de Jacob, teniendo a Bet-el por punto de partida y de regreso, asistiremos a la disciplina de Dios hacia él, sea para castigarlo, sea para purificarlo. La tercera parte de esta historia nos mostrará que la disciplina tiene todavía otros propósitos.

Isaac llama a Jacob y lo bendice, sin una palabra de reproche acerca de su conducta. ¿No será que él continúa acusándose desde el día en que se “estremeció grandemente”? El engaño de Rebeca y Jacob fue el comienzo de su disciplina, y le abrió los ojos; por eso vuelve a encontrar la comunión con Dios para bendecir a su hijo sin restricciones (Génesis 28:1). Rebeca procura evitar las consecuencias de su falta enviando a Jacob al extranjero (27:43-45), pero Isaac acepta con humildad las consecuencias de la suya. Habla como si nada anormal hubiera acontecido, y lo bendice con la bendición de Abraham como si siempre hubiese visto en Jacob al heredero de las promesas, obrando a su respecto según los principios divinos que habían dirigido a su padre. No le permite imitar el ejemplo de Esaú al tomar una mujer de las hijas de los cananeos. Además, Jacob no podrá quedar, como él, en el país de la promesa; será necesario que parta, lo que constituye la única diferencia con su padre (28:5).

Isaac reconoce así la disciplina de Dios, pero no se constituye en instrumento de la misma, ni la ejerce, porque, al ser él un objeto de disciplina, no puede menos que someterse “humillándose... bajo la poderosa mano de Dios” (véase 1 Pedro 5:6).

Jacob sale de Beerseba y se dirige a Harán triste y proscripto, no poseyendo más que su cayado, según lo dirá más tarde (32:10). Separado de los que ama, deja detrás la furia de Esaú y tiene delante lo desconocido, las privaciones seguras y, sobre él a ese Dios a quien ofendió tan gravemente al sustituir el socorro de su providencia por sus propios artificios, como si los medios de Jacob hubieran podido valer más que los recursos de Dios.

Emprende su peregrinación, no como Abraham —quien, por la fe y en comunión con el Todopoderoso, marchaba cual extranjero en el país de la promesa— sino desterrado de ese buen país contra su voluntad, como consecuencia de su falta de fe y su engaño, obligado a recorrer en sentido inverso el camino hecho por su abuelo de Harán al país de Canaán. Sale solo, sin comunión con Dios, cargado con el peso de su falta, y llega a Bet-el. Cae la noche; sólo tiene piedras por cabecera... ¡Cuántas amarguras debían de asaltar su pobre corazón! ¡La noche de Bet-el no era, por cierto, más negra que los pensamientos que embargaban su alma!

Se acuesta y se duerme... Una visión gloriosa se le aparece: una escalera que comunicaba la tierra con el cielo. En lo alto de la escalera, Dios; abajo, un proscripto sin asilo que lleva la enorme carga de su pecado; pero, entre Dios y Jacob, ángeles, esos “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Hebreos 1:14), que “subían y descendían” (Génesis 28:12) para cumplir su ministerio con relación a él.

¡Escena conmovedora! Dios mismo abre su cielo para poner sus ejércitos a disposición de un rescatado culpable: ¡he ahí lo que le es revelado a Jacob al finalizar su primera etapa en el camino del castigo! Presentes, aunque invisibles, esos servidores de Dios proveerán a sus necesidades durante su estadía en el extranjero. Los encontrará más tarde en Mahanaim (32:1-2), para darle la bienvenida, pero los halla primero en el momento más sombrío de su historia, porque Dios está allí2 .

¿No es una ocasión singular para confirmar a Jacob todas las bendiciones divinas? ¡Ah, es que Dios no había podido revelarse a él hasta entonces! ¿Cómo hacerlo junto al plato de lentejas, o a la cabecera de Isaac, cuando el engaño llenaba su corazón? Pero ahora, en ese paraje solitario, espantoso, adonde el pecado le condujo y donde el castigo cae sobre él, Dios lo encuentra, pues, siendo la disciplina Su obra, el lugar de la corrección es un sitio en el que puede revelarse. ¿No es conmovedor ver que ni una palabra de reproche sale de su boca para Jacob? Dios le habla para afirmar que es fiel a sus promesas: “Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente” (28:13-14).

En un sentido, esas promesas son casi tan ricas como las de Abraham. Digo casi porque Dios no da a Jacob una simiente como las estrellas de los cielos, sino como el polvo de la tierra3 ; y digo además en un sentido porque, en otro, son mucho más ricas, desconocidas hasta para Abraham.

El versículo 15 da a Jacob seguridad del interés que Dios no cesará de tener por él durante sus años de exilio, gracia ignorada por Abraham, quien no dejaba la tierra de la promesa. “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho”. ¡Qué bálsamo para el afligido corazón de Jacob! ¡“Estoy contigo”! Te castigo, pero es una prueba de mi amor; ¡te guardaré, te volveré a esta tierra, no te abandonaré!

Jacob, cuyo pecado consistía en haber dudado, podía apoyarse enteramente en Dios solo. A la verdad, tamaña gracia hubiese debido alegrarle el corazón... pero no. Al despertar de su sueño exclama: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo” (28:16-17). “¡Cuán terrible es este lugar”! ¿Terrible, cuando Dios le garante todo su favor? ¡Ah! es que nuestra carne no puede sentirse cómoda en la presencia de Dios, ni aun en la del Dios de gracia, porque esta presencia nos juzga. Y es siempre así; tenemos un ejemplo en el apóstol Pedro, cuando el Señor llenó su red de peces (Lucas 5:6-9).

Pero he aquí que Jacob se recobra. ¿Por qué? Porque supone poder hacer un contrato con Dios. La carne se tranquiliza siempre con buenas resoluciones. Si Dios cumple lo que prometió, haré en cambio algo para él: “Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (Génesis 28:20-22).

La disciplina que apenas comienza no llevó todavía sus frutos en favor del pobre culpable. No comprende aún que él depende tan sólo de la gracia y que su voluntad propia no es otra cosa que enemistad contra Dios. No se ha despojado de su viejo hombre. Se necesitarán más de veinte años de pruebas para abrirle finalmente los ojos en cuanto a sí mismo y hacerle comprender la finalidad de la disciplina.

Jacob no sabe aún que el único medio de conseguir las bendiciones es la fe, y que probar otros medios es ultrajar la gracia. Pero la tendencia del hombre natural será siempre la de Jacob, no que éste careciese de fe, sino que creía falsamente que la actividad, la inteligencia, los planes, las resoluciones del hombre podían acompañar ventajosamente a la fe y contribuir con ella a garantizarle las promesas de Dios. Este principio erróneo está en el fondo de todo sistema religioso de nuestros días, el que, sin negar la fe, se apoya —como ya lo dijimos— en el conocimiento y los estudios humanos para obtener las cosas divinas. Fue preciso un largo trabajo del Espíritu de Dios para desarraigar del corazón del patriarca esta noción que ofendía a la gracia y que la sustituía, en alguna medida, por medio de la actividad del hombre natural.

  • 1Los datos consignados en Génesis (capítulos 25 a 50) permiten establecer, con cierta exactitud, la edad de Jacob en los diferentes períodos de su historia.
    Jacob tenía 40 años cuando Esaú tomó por mujeres a hijas de Het. Dejó la casa paterna a los 75, después de haber presenciado durante 35 años la amargura de espíritu de sus padres y de haber temblado durante cierto número de años bajo la amenaza de la venganza de Esaú. A los 83 tomó a Lea y luego a Raquel por mujeres. Después de dejar de servir a Labán, entró a los 96 años en el país de Canaán. José, a los 17 años aproximadamente, fue vendido por sus hermanos cuando su padre tenía 107 años. A los 120, el patriarca sepultó a su padre Isaac, de 180 años de edad (la muerte de Isaac, en el capítulo 35:28-29, no parece seguir el orden cronológico del relato); luego Jacob vivió todavía 10 años en el país de Canaán. Descendió a Egipto a los 130 años y murió allí a los 147 años.
    La duración respectiva de los cuatro capítulos de nuestro libro se establece, pues, así: 1) Jacob vivió en la casa paterna 75 años. 2) Proscripto y al servicio de Labán, 21 años. 3) En el país de Canaán, 34 años. 4) En Egipto, 17 años.
  • 2Notemos, de paso, que Jacob es aquí una figura del pueblo de Israel expulsado de Canaán a causa de su infidelidad, objeto de los cuidados de Dios durante su proscripción, pero llevando en su seno una simiente más numerosa que el polvo de la tierra. El sueño es la revelación dada tocante a una comunión futura entre el cielo y la tierra, entre la tierra y el cielo, por medio de ángeles.
    Por consiguiente, el sentido de este pasaje no se refiere tanto a Jacob —personalmente el objeto de los cuidados de Dios— como a Israel, proscripto por su falta, motivo de esta solicitud y anticipo de un porvenir en el que Dios contestará a su pueblo y éste a su Dios, por el ministerio de ángeles. Lo que hallamos en Juan 1:51 es más glorioso todavía. Sólo tiene en vista al Hijo del hombre. Mucho más humillado que Jacob, puesto que bajó hasta sufrir la muerte de un criminal, es el objeto del servicio de las criaturas más elevadas. El cielo se abre sobre él y contempla a Aquel que se humilló voluntariamente. Une, en su persona, al hombre con Dios, la tierra con el cielo. Por haber padecido vino a ser el único centro de todo. Pero tomó ese lugar para que el hombre en Él pudiese heredar su bendición.
  • 3Abraham recibió las dos (13:16; 15:5; 22:17); Isaac, el hombre celestial, tuvo una simiente como las estrellas de los cielos (26:4).