Eliseo, el varón de Dios

Prefacio — Introducción — El llamamiento de Eliseo

Prefacio

El nombre de Eliseo significa «Dios Salvador» y, en conformidad con su nombre, Eliseo ha sido empleado, más que todos los profetas del Antiguo Testamento, para presentar la gracia y la misericordia soberanas de Dios a un pueblo culpable. Por aquel tiempo, los jefes y las instituciones del país en manos del sacerdocio, habían fracasado totalmente en mantener al pueblo en relación con Dios. Las advertencias de Elías no habían logrado hacer que el pueblo volviese a Dios. Quedando pues de manifiesto su ruina total, Dios recurre a su propia soberanía y suscita a un hombre que, no dependiendo del templo sagrado ni del sacerdocio oficial y divinamente instituido, recorre el país de las diez tribus apóstatas haciendo milagros de misericordia y dispensando la gracia de Dios a todos los que tienen fe para asirla.

De esta manera, en la historia de Eliseo, tenemos una ilustración de este principio importante: Si bien Dios da a su pueblo instituciones que debe observar, no está atado ni limitado por ellas si el hombre fracasa en su responsabilidad. En todos estos caminos de gracia soberana, Eliseo tiene el honor insigne de prefigurar la venida de Cristo, el Ungido de Dios que, en su día, iba de lugar en lugar haciendo bien, independientemente de la autoridad de los sacerdotes y de los jefes del pueblo, reivindicando el derecho soberano de Dios a elevarse por encima de las instituciones de la ley, como el día de reposo por ejemplo, a fin de manifestar la gracia a los pecadores.

Introducción

Jamás, durante el transcurso de la historia de Israel, la condición moral de la nación había sido tan miserable como bajo el reinado del rey Acab. De este rey débil y malo, se dice: “Acab hijo de Omri hizo lo malo ante los ojos de Jehová, más que todos los que reinaron antes de él” (1 Reyes 16:30). La ley era transgredida. El culto de los ídolos se mostraba por todas partes; se prosternaban ante los becerros de oro en Bet-el y en Dan; falsos profetas realizaban sus ritos idólatras en el país de Jehová. Bajo la conducta del rey y de su mujer idólatra, la nación había abandonado a Dios y se mostraba madura para el juicio.

No obstante, Dios es paciente para con esta nación condenada al juicio. En lugar de aplastar al pueblo bajo el juicio que merecía, Dios envía a su profeta Elías para poner al descubierto su verdadera condición y volverlo a traer a Él. La vida y los milagros de Elías habían sido un largo testimonio contra la apostasía total de la nación con respecto a la ley moral y al culto de Jehová. Los años de sequedad, el fuego del cielo, la destrucción de los profetas de Baal, el juicio de los capitanes de cincuenta con sus cincuenta, la sentencia pronunciada contra el rey en la viña de Nabot y la carta al rey apóstata de Judá anunciándole una plaga inminente, constituían un conjunto de solemnes denuncias del mal general.

¡Desgraciadamente! el ministerio de Elías no hizo más que manifestar el completo fracaso de la nación en cuanto a su responsabilidad. Mostraba claramente que no solo la nación había transgredido la ley y se había hundido en la idolatría, sino que la profecía —que hace volver a Dios a un pueblo extraviado— era totalmente impotente para operar una restauración. A pesar de un ministerio acompañado por las señales que anunciaban un hambre en la tierra y el fuego del cielo, el profeta de Dios es rechazado por la nación ciega e idólatra. Después de haber terminado su servicio, el profeta fiel, pero rechazado, abandona el país de Israel atravesando el Jordán —el río de la muerte— y es elevado al cielo en un torbellino (2 Reyes 2:11).

Así, por mucho que se mire a Israel, todo está perdido. La nación no ha conseguido asegurar o mantener la bendición de Dios sobre el terreno de su responsabilidad. Aparentemente no queda más que ejecutar lo que ella merece. Aquí, sin embargo, se nos concede ver los maravillosos caminos de Dios. Porque Dios se sirve de la maldad del hombre para revelar los recursos de su propio corazón. El hombre ha fallado totalmente y Dios ha mostrado que no es indiferente al pecado y que, en el momento que él quiere, deberá obrar en juicio. Pero Dios es soberano y se reserva el derecho de obrar según su soberana gracia. Así, en lugar de suprimir a la nación mediante el juicio, recurre a esta gracia soberana. Por una parte se reserva un remanente que no dobló sus rodillas ante Baal; por otra parte envía a una nación culpable un ministerio de gracia para que se beneficie de ella todo aquel que tenga fe. Este ministerio, al ser un ministerio de gracia, no puede ser limitado a las fronteras de Israel. Su origen está fuera del país y, si bien se envía a Israel, está a disposición de las naciones.

Eliseo es el vaso escogido para ser el mensajero de esta gracia a un mundo arruinado. Como alguien dijo, Eliseo «completa con un ministerio de gracia, obrando con el poder de la vida, lo que Elías había comenzado en justicia contra la idolatría». Eliseo vuelve al país que Elías había abandonado. La maldición estaba ahí; las viudas están necesitadas; el hambre y la miseria están en el país; los enemigos se manifiestan y la muerte domina sobre todo. En esta escena de pecado y de ruina, Eliseo llega con el poder de arriba para desplegar, en medio de un tenebroso mundo, la gracia divina que puede responder a las necesidades del hombre. Sucede que por donde Eliseo pasa, la maldición es quitada; las necesidades de la viuda son satisfechas, la mujer estéril se vuelve fecunda, los muertos son resucitados, el mal es puesto de lado, los hambrientos son satisfechos, el leproso es curado, los enemigos son confundidos y vencidos, el hambre de la tierra retrocede ante la abundancia de los cielos, y de la muerte brota la vida.

El ministerio de Eliseo reviste, pues, de manera manifiesta, un carácter totalmente diferente de aquel de su gran predecesor. El modo de vida de ambos profetas, si bien se ajustaba a sus respectivos ministerios, era necesariamente muy diferente. Elías pasó la mayor parte de su vida alejado de los lugares frecuentados por los hombres; Eliseo se desplazaba entre las multitudes, manteniendo relaciones familiares con sus semejantes. Encontramos a Elías cerca de arroyos solitarios, por caminos desiertos y en las cuevas de la montaña; encontramos a Eliseo en las ciudades de los hombres y en los campos de los reyes. Elías es sustentado por una humilde viuda de Sarepta; Eliseo es el invitado de una mujer rica de Sunem.

Estas diferencias en sus maneras de vivir y de comportarse eran justas y magníficas en su tiempo. Convenía que aquel que fue descrito, con razón, como «el enemigo jurado de todas las personas e instituciones que manchaban el honor de Jehová, el Dios de Israel», lleve una vida de separación estricta con la nación que él condenaba tan solemnemente. Era igualmente justo que aquel cuya misión era hacer conocer la misericordia de Dios a un mundo culpable, entre y salga libremente en medio de sus semejantes.

Sin embargo, los profetas tenían en común su santa separación del mal de su época. Si Eliseo se movía entre sus semejantes como confidente de los reyes y, a veces, compañero de los grandes de la tierra, lo hacía totalmente separado del mal de sus vidas. Anunciaba la gracia a los culpables, pero andaba en separación de su culpa. Enriquecía a otros con las bendiciones del cielo, pero se contentaba con seguir siendo pobre en la tierra. Como alguien lo dijo: «Para los demás empleaba sus recursos y su fuerza en Dios. Era rico, pero no para sí mismo. Así, se enfrenta a las contrariedades de la naturaleza; sin bolsa, aliviaba a los pobres; sin intendencia, alimentaba a ejércitos; volvía inofensivos frutos venenosos; sin pan, da de comer a una multitud y recoge restos; sin medicinas, cura enfermedades; sin ejército, vence a enemigos; en el hambre, alimenta a una nación; aunque muerto, comunica la vida».

Podemos añadir que, en todos estos brillantes caminos de gracia, ¡Eliseo conduce nuestros pensamientos hacia Aquel que, infinitamente mayor que él, vivió en la pobreza para que, por esa pobreza, fuésemos enriquecidos! (véase 2 Corintios 8:9). En el espíritu de Elías, Juan, el precursor de Cristo, había vivido en los lugares desolados a fin de traer a la luz un remanente piadoso y denunciar la maldad de una generación mala y adúltera. Preparaba así el camino del Señor, quien, como el Hijo del Hombre, vino «comiendo y bebiendo» (véase Mateo 11:19) con los hijos de los hombres, mientras se movía entre las multitudes necesitadas, dispensando la gracia de Dios en un mundo arruinado.

1. El llamamiento de Eliseo   (1 Reyes 19:14-21)

La primera vez que oímos hablar de Eliseo, es en el encargo de Dios a Elías, en los días de desánimo del profeta. Frustrado por el fracaso de su misión, irritado contra el pueblo que solo de labios honraba a Dios, y ocupado consigo mismo, Elías, herido en su espíritu, hablaba bien de sí mismo y únicamente mal del pueblo de Dios. Se había imaginado que solo él estaba de parte de Dios y que la nación entera estaba contra él, buscando quitarle la vida.

Elías debe aprender que Dios tiene otros instrumentos para ejecutar su gobierno; otros siervos para mantener un testimonio para Él; y, entre el pueblo de Dios, siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal. Así, Elías tiene que volver sobre sus pasos desde Horeb y ungir a Eliseo, el hijo de Safat, como profeta en lugar de él.

Cuán a menudo también, en nuestra época, con su creciente corrupción, podemos, con nuestra limitada visión, ser llevados a pensar que la obra de Dios depende de uno o dos siervos del Señor consagrados y fieles y que, si ellos se van, todo testimonio para el Señor se terminará. Debemos aprender que si los siervos pasan, Dios permanece, que él prepara a otros siervos y que se ha reservado testigos escondidos, desconocidos de nosotros, que no han cedido ante el mal general.

Obedeciendo a la palabra de Dios, Elías se va de Horeb para buscar a Eliseo. Aquel que fue escogido para remplazar al profeta no se encuentra entre los grandes de la tierra. Dios no hace acepción de personas y, en la elección de sus siervos, no se limita a los grandes y a los nobles. Ciertamente puede emplear a ricos, a hombres instruidos, a reyes y sacerdotes, según lo considere oportuno. Pero a veces confunde nuestro orgullo eligiendo a un hombre de las clases más humildes de la sociedad para llevar a cabo el más elevado servicio espiritual. Puede emplear a una muchacha para bendecir a un gran hombre (2 Reyes 5); puede escoger a un joven de un redil de las ovejas para hacerlo conductor de su pueblo Israel (2 Samuel 7:8); se puede servir de la prometida de un carpintero para introducir en esta escena al Salvador del mundo; y habiendo traído al Salvador del mundo, puede emplear a algunos humildes pescadores para conmocionar al mundo. Así, en los días de Elías, llama a un simple labrador a que deje su arado para ser el profeta de su tiempo.

Además, aquellos que Dios llama a su servicio no son hombres ociosos y que aman las comodidades de este mundo. Eliseo hacía pacientemente su trabajo, labrando “con doce yuntas delante de sí, y él tenía la última”, cuando le llegó el llamamiento. Como David, en una época posterior, guardaba las ovejas cuando fue llamado a la realeza. Y los discípulos, más tarde, echaban sus redes en el mar o las reparaban cuando fueron llamados a seguir al Rey de reyes.

Sobre este hombre en plena labor, Elías echa su manto, gesto que puede significar que Eliseo es llamado a tomar su lugar, a manifestar el carácter y a obrar en el espíritu de su propietario. Y parece que los instintos espirituales de Eliseo interpretaron así este gesto, porque leemos: “Dejando él los bueyes, vino corriendo en pos de Elías”. Pero si bien muestra una diligencia dada por Dios para seguir a Elías, manifiesta una tristeza natural a separarse de los suyos. Así dice: “Te ruego que me dejes besar a mi padre y a mi madre, y luego te seguiré”. La respuesta de Elías echa enteramente sobre Eliseo la responsabilidad de responder al llamamiento de Dios: “Ve, vuelve; ¿qué te he hecho yo?”. No quiere usar de fuerza ni de autoridad. Ninguna presión será ejercida sobre Eliseo, es libre de volver hacia los suyos o de seguir al profeta rechazado y perseguido.

Si bien por su comportamiento Eliseo deja ver que se detiene un poco en las cosas que están detrás, también se muestra como un vencedor, y celebra su desinterés de esas cosas preparando un banquete para otros. En su día y a su medida, como alguien lo ha observado, vendió lo que tenía para darlo a los pobres. Habiendo terminado así con su vocación terrenal, “se levantó y fue tras Elías, y le servía”. El hombre que hasta entonces había pacientemente ejecutado su diaria rutina, trabajando en los campos, va a ser ahora preparado para manifestar las maravillas de la gracia de Dios siguiendo a Elías como siervo y compañero.