La Biblia, resumen de sus 66 libros /4

Eclesiastés – Cantar de los Cantares – Isaías – Jeremías – Lamentaciones – Ezequiel – Daniel

Eclesiastés

“Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.”
(Eclesiastés 2:11)

El libro del Predicador (conocido con el nombre de “Eclesiastés”), también fue escrito por Salomón, pero en su vejez. Presenta un contraste patente con los Proverbios. Por inspiración divina, Salomón declara cuáles son los resultados de toda la sabiduría humana, de las ventajas y aspiraciones terrenales, del hecho de complacerse en todo lo que podía procurar la riqueza y la sabiduría y que parece prometer una gran felicidad en la tierra. Estando él en posición de probar todo esto completamente, pues fue más sabio y más rico que cualquier otro hombre, aprende por amarga experiencia que “todo era vanidad y aflicción de espíritu”.

Notemos que este libro invita al lector a sacar provecho de todas las cosas materiales “debajo del sol”, es decir, a considerar las cosas solamente desde un punto de vista terrenal. Nos enseña pues que, con la excepción de la revelación dada por Dios, la historia del hombre es miserable y sin esperanza. ¡Cuán maravilloso contraste con la presentación en el Nuevo Testamento del Señor Jesucristo: Él reveló la gloria de Dios e hizo conocer la herencia eterna de los creyentes en luz!

No se puede, pues, considerar que este libro enseñe doctrinas reveladas por Dios, sino que muestra los pensamientos y conclusiones del hombre aparte de la suprema revelación de los pensamientos de Dios.

Por lo tanto, esto sólo enfatiza más fuertemente el hecho de que debemos buscar mucho más arriba la plena verdad que satisfará las necesidades del corazón. Esta verdad es plenamente provista en la bendita persona del Señor Jesús, en quien se revela la gloria de Dios, tal como se ve de forma tan hermosa en el Nuevo Testamento. El libro de Eclesiastés proporciona, bajo muchos aspectos, un excelente curso de filosofía.


Cantar de los Cantares

“¡Mientras que el rey se reclina a su mesa, mi nardo difunde su fragancia!”
(Cantar de los Cantares 1:12, V.M.)

Este libro, escrito también por Salomón, es un libro poético que trata de la comunión personal del alma con el Señor Jesús. Siendo muy figurativo en su lenguaje, debe ser interpretado con reverencia y sobriedad. El versículo arriba citado encuentra su hermoso equivalente en el ungimiento del Señor Jesús por parte de María de Betania con su precioso perfume de nardo puro, símbolo de la fragante adoración que deleita el olfato de Dios.

El profundo gozo de la esposa, al contemplar las bellezas y glorias del Esposo, es un refrescante retrato del futuro gozo de Israel en el Señor, cuando sean reunidos nuevamente en su tierra y restaurados en un permanente favor durante el milenio. Ciertamente esto tiene una aplicación espiritual también ahora para la Iglesia, la esposa celestial de Cristo. No obstante, el libro no enseña una relación plenamente establecida y eterna de la Iglesia con Cristo, como lo hace la epístola a los Efesios. Por lo tanto, nos ayuda sobre todo en lo que concierne a las experiencias de nuestra relación personal con el Señor.

Nuestros ojos verán en tu faz adorable,
De tu Padre, Señor, la inmensa caridad;
Nos dejarás sondear el misterio insondable
De tu gracia suprema en la eternidad.

¡Oh! cuando Tú verás a los que has redimido
Cual fruto ya en sazón, de tu muerte en la cruz,
Con infinito amor del todo complacido,
Gozarás en tenerlos por siempre en tu luz.


Isaías

“¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas,
del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien,
del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!”

(Isaías 52:7)

Isaías, que significa «Jehová ha salvado», encabeza apropiadamente a los profetas. Este libro es notable por sus conmovedores temas evangélicos. Sin embargo, al igual que la epístola a los Romanos, comienza con la exposición severa y fiel de la culpabilidad del hombre (la de Israel, en el caso de Isaías). Luego, el profeta utiliza las circunstancias de su época para ilustrar sus profecías acerca de sucesos y juicios futuros.

Los primeros treinta y cinco capítulos muestran, de forma general, cómo Dios actúa con Judá, Israel y las naciones. No permite ningún encubrimiento o excusa para el pecado, sino que lo exhibe en pura verdad.

Los siguientes cuatro capítulos (36-39) tratan de la historia de Ezequías, ilustrando al mismo tiempo la fidelidad de Dios en la protección de su pueblo, y el fracaso del pueblo en valorar correctamente las maravillas de Su gracia.

Pero, el ministerio de la gracia soberana comienza con el capítulo 40. Desde aquí en adelante se presenta el remedio para la condición de Israel en sus varios aspectos.

La siguiente nota de F. W. Grant es muy útil aquí: «Desde el capítulo 40 al 48, Israel es visto como el siervo, y siervo infiel; luego, desde el capítulo 49 al 60, Cristo es el Siervo Perfecto, puesto bajo la carga del pecado de otros; y finalmente, desde el capítulo 61 al 66, el remanente (de Israel) ahora es visto y aceptado como los siervos».

Aunque escrito en el lenguaje del Antiguo Testamento, este libro nos ayudará a obtener una perspectiva correcta del bendito Evangelio de la gracia de Dios.


Jeremías

“Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.”
(Jeremías 15:16)

Jeremías («Jehová establece» o «Jehová levanta») ha sido llamado el profeta llorón o lamentoso. Llamado por Dios cuando aún era joven, profetizó durante los reinados de Josías, Joacim, Joaquín y Sedequías, y después de la captura de Judá y de Jerusalén (al parecer cerca de cuarenta años en total).

Era de la familia de los sacerdotes, pero, al igual que Juan el Bautista, fue más un profeta que un sacerdote.

El profundo dolor de su alma acerca de la condición del reino de Judá es evidente, pero entrega fielmente el severo mensaje de Dios anunciando que los caldeos llevarían a Judá a la cautividad. Sin embargo, aunque fue afligido hasta angustiarse, el hecho de que escribiese el versículo arriba citado es precioso. La Palabra de Dios había penetrado en las profundidades de su ser, y en ella encontró gozo y regocijo en el corazón, porque conocía la realidad de ser llamado en el nombre de Jehová. Su gozo y fortaleza se destacan en medio del dolor y la debilidad. Tenía el corazón de un sacerdote y la fidelidad de un profeta.

Cuando Sedequías fue tomado cautivo y el reino de Judá fue hecho tributario, a Jeremías, así como a otros, se le permitió permanecer en la tierra bajo la autoridad de Gedalías. Pero otros problemas surgieron como consecuencia de la desobediencia de la pequeña parte del pueblo que quedó en Palestina. Jeremías continuó profetizando, pero sus palabras fueron rechazadas incluso por el remanente preservado. Su último capítulo es estrictamente histórico, pero demuestra la verdad de sus profecías.

Jeremías es un excelente libro para estimular a la perseverancia ante el pesar y la oposición.


Lamentaciones de Jeremías

“¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino?
Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido;
porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor.”

(Lamentaciones 1:12)

Este libro es muy conmovedor; fue escrito después de la cautividad de Judá, cuando la ciudad de Jerusalén estaba desolada. Pero el lenguaje mismo del profeta testifica claramente de la tierna preocupación de Dios por su pueblo en todas sus aflicciones.

Si, por una parte, los dolores de Israel se consideran causados por la maldad de sus enemigos (y Dios tiene esto completamente en cuenta), por otra parte, Jeremías ve la mano de Dios castigando a Judá por sus pecados. El lenguaje del autor es apropiado para aquellos que son ejercitados en sus conciencias ante Dios, y que adoptan una posición de quebrantamiento y confesión.

Como sacerdote, Jeremías conoció lo que en realidad significaba “comer la ofrenda por el pecado” (compárese con Levítico 6:25-26); es decir, sentir en su propia alma el pecado del pueblo de Dios como si fuera el suyo propio, y confesarlo como tal. Este libro es muy importante para los creyentes de hoy, especialmente en lo que concierne a la actitud que conviene adoptar ante la tristeza y la confusión del testimonio público de la Iglesia de Dios en la tierra. Las lecciones de este libro deberían influenciar nuestras propias experiencias. No deberían desalentarnos ni entristecernos, sino que deberían desarrollar en nosotros una actitud más seria, más humilde, y una determinación para afrontar honestamente la verdad tal como es.


Ezequiel

“He aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien;
y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra.”

(Ezequiel 33:32)

Ezequiel («Dios fortalecerá»), al igual que Jeremías, era también un sacerdote, pero profetizó fuera de la tierra de Israel, en la cautividad. Profetizó primero tanto contra Judá como contra Israel, describiendo la servidumbre, los sufrimientos y la humillación de ellos de diversas maneras.

Dios se sirve de las circunstancias personales de Ezequiel para dirigirse a Israel. El mismo profeta debe sentir la amargura de las cosas de las cuales profetiza. He aquí otro sacerdote, por consiguiente, quien de manera muy seria y práctica “come el sacrificio por el pecado” (Ezequiel 44:29). Debe sentir, no solamente el pecado del pueblo de Dios, sino los juicios gubernamentales de Dios contra el pecado.

Incluso la humillación y la angustia de Ezequiel no logran tocar el corazón de su pueblo. Había sido advertido con anticipación que ellos no le escucharían, pero debe, de todos modos, hablar de parte de Dios.

En los capítulos 24 al 32, anuncia el juicio de Dios sobre las naciones gentiles de alrededor. Luego, vuelve a profetizar nuevamente con referencia a su propia nación. Esta vez, habla de la gracia de Dios que restaurará finalmente a aquella nación afligida después de haber pasado por dolorosos juicios.

Los capítulos 40 al 48 describen el futuro templo y las divisiones del país en el reino milenario.

Ezequiel es un libro muy provechoso para animar al alma a mantenerse firme ante Dios, incluso en la soledad y continua adversidad.


Daniel

“Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos,
porque suyos son el poder y la sabiduría. Él muda los tiempos y las edades;
quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios,
y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido.”

(Daniel 2:20-22)

Daniel («Dios es mi juez») también profetizó durante la cautividad de Israel. Ganó un puesto de honor y respeto entre los gentiles por medio de la simple y firme realidad de su fe en el Dios viviente. Su vida está caracterizada por una piedad invariable, de sabia y circunspecta conducta, sin comprometer nunca la verdad.

Hasta el final del capítulo 6, se presentan asuntos históricos de profundo interés. Éstos proporcionan una clara revelación del carácter de los reinos de babilonia y de los medos y los persas. También nos muestran el cuidado protector de Dios por el remanente de Israel entre los gentiles. Estos relatos históricos revisten también un carácter profético al presentar los acontecimientos que sucederán en el futuro.

Desde el capítulo 7 hasta el final del libro, el tema es el de las particulares visiones proféticas dadas a Daniel. Estas visiones conciernen a los grandes imperios del mundo, así como a la relación de Israel con ellos, y al triunfo final del Señor de gloria sobre todas las naciones, a favor de su propio pueblo.

Este libro excelente nos enseña que la profecía sólo se comprende bien cuando uno camina fiel y piadosamente. Dios espera de los suyos un interés vital en sus revelaciones proféticas.