El hogar según el plan de Dios (6/18)

Génesis 24 – Génesis 25 – Génesis 26 – Génesis 27 – Génesis 28

6. Isaac y su familia

En Génesis 24 leemos que Abraham era viejo y muy avanzado en años. Estaba preocupado de que su hijo no tuviera aún una esposa. Por aquel tiempo, los padres tenían más responsabilidad que hoy en cuanto al matrimonio de sus hijos, por lo menos en esos lugares. No podemos sacar reglas ni mandamientos para nuestro tiempo de las costumbres y prácticas que encontramos escritas en el Antiguo Testamento.

Con el correr de los siglos, y hoy todavía, la influencia de los padres ha sido muy desigual. En la India vi a un padre pedir a su amigo que buscara una esposa conveniente para su hijo quien estaba en edad de casarse. Cuando le pareció que la había encontrado, las dos parejas de padres empezaron a negociar. Cuando se pusieron de acuerdo, los hijos pudieron declarar su opinión, y se decidió el matrimonio. ¿Era una manera ideal? Pienso que no.

Un joven en los Estados Unidos salió de la casa paterna, aceptando un trabajo lejos de su hogar. Allá conoció a una joven. Decidieron casarse y, sólo después, los padres recibieron la noticia. ¿Era lo ideal? Pienso que tampoco lo era.

Seguramente a los jóvenes les parece más ideal el segundo caso que el primero. No obstante, hay muchos más matrimonios fracasados en los Estados Unidos que en la India.

En Jueces 14, Sansón tomó un camino intermedio: Él mismo encontró a una joven y pidió a sus padres arreglar el matrimonio según las costumbres locales. Pero desechó su consejo, por más que estuviera fundado en la Palabra de Dios. ¡Ojalá los hubiera escuchado!

Me parece correcto que un joven creyente, cuando cree haber encontrado a la joven destinada para él, hable con sus padres. Una joven debería también pedir consejo a sus padres antes de tomar una decisión.

¿Qué consideraciones debieran ser determinantes? ¡Qué lástima que, aun entre creyentes, a veces se ponga tanto énfasis en los valores materiales! Se hacen preguntas tales como: «¿Qué fortuna llevará la joven al matrimonio? ¿Qué posición social y económica tiene el joven? ¿Gana bien?»

Abraham no conocía estas preocupaciones. Para él lo más importante era que su hijo no se casara con una mujer de los cananeos. Eliezer no debía permitir esto en ningún caso. Hasta tenía que jurar no hacerlo.

En 2 Corintios 6:14, Pablo dice a los creyentes: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”. Aquí no se habla directamente del matrimonio. La advertencia es mucho más amplia. Las expresiones que siguen: “compañerismo”, “comunión”, “concordia” y “acuerdo” indican el significado. Sin embargo, es claro para todos que estas palabras también tienen su aplicación para el matrimonio. Abraham y Eliezer no se dejaron guiar sólo por pensamientos negativos. Esto resulta evidente a partir de la oración de Génesis 24:12-14. ¡Qué cualidades positivas esperaba encontrar el siervo en la joven! Debían hacerla apta para llegar a ser la esposa del hijo de su amo. El cumplimiento de esta oración se halla en los versículos que siguen.

Es de notar que el versículo 16 dice: “La doncella era de aspecto muy hermoso, virgen, a la que varón no había conocido”. Este pasaje muestra que las relaciones sexuales deben tener lugar únicamente dentro del matrimonio. La Biblia recalca este punto una y otra vez tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Si un joven creyente espera que su futura esposa se guarde pura, evidentemente lo mismo se aplica a él. Leamos lo que Mateo 1:18-25 nos narra en cuanto a José y María.

En Génesis 24:26-27, Eliezer dio gracias a Dios por haberle guiado de modo tan evidente. Luego, cuando relató con todo detalle su historia en la casa de Rebeca, estuvieron unánimes respecto a que esto fue conducido por Dios.

Hoy en día, un joven no busca un intermediario para encontrar a una esposa. Él mismo pone manos a la obra. Sin embargo, es bueno que tenga la misma actitud que Eliezer. No quiero decir que pida una señal; eso puede ser peligroso. Es importante dejarse guiar por la Palabra de Dios y por el Espíritu Santo. Naturalmente, es necesario que primero esté seguro de sus sentimientos de amor. Pero solamente en una sumisa actitud de oración puede descubrir la dirección del Señor. También la joven debe tener esta plena convicción antes de aceptar el compromiso para el matrimonio. Qué hermoso es cuando todos tienen la convicción de que esto viene de la mano del Señor.

Nos extraña que Isaac fuera tan pasivo en todo esto. Pero era activo de otra manera. En el versículo 63 leemos: “Había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde”. La oración tiene también su lugar en la meditación. No sabemos si Isaac tenía la costumbre de meditar en la noche, o más bien las circunstancias especiales lo impulsaron a hacerlo. De todos modos podemos aprender una lección importante. Cuando estamos en una situación en que sólo podemos esperar pasivamente, la dependencia activa, en oración, buscando la dirección del Señor, es siempre el buen camino.

Es muy inquietante ver cómo, hasta jóvenes creyentes, entablan una relación tan a la ligera y deciden casarse sin buscar la voluntad de Dios. ¿Hay que sorprenderse entonces de que tantos matrimonios fracasen?

Isaac y Rebeca se casaron. Todos podían dar gracias a Dios porque los había guiado y por haber respondido a sus oraciones. Así debe ser. Aquí se nota la ausencia de un tiempo de noviazgo y de proclamación pública del casamiento, lo que es una costumbre normal. Antes del compromiso, los dos deben estar seguros de su amor recíproco y de la dirección del Señor. ¿Y qué pasa si, durante ese tiempo de espera, uno se da cuenta de lo contrario? ¿Hay que casarse indefectiblemente por el hecho de que cada uno haya dado su consentimiento, y piensa que no puede romper su promesa? Tenemos que ver claramente la diferencia entre el compromiso y el matrimonio. Romper un noviazgo implica romper una promesa. Esto no es de poco importancia. Por eso, cuando nace una relación, no se debería apresurar demasiado el noviazgo. Sin embargo, romper un matrimonio es mucho más grave que romper una promesa. Es romper un pacto hecho ante Dios y los hombres, que según las Escrituras es para toda la vida. Sólo la muerte puede provocar la separación y poner fin a esta unión.

A mi juicio, continuar un compromiso, con la seguridad de que faltan las normas bíblicas para una sana vida matrimonial, nunca es deseable. Pero cuando, después de casarse, uno se da cuenta de que el matrimonio fue un error, según la Biblia ello nunca constituye una razón válida para disolver el matrimonio. Dios lo prohíbe claramente en su Palabra.

La evidente diferencia entre el matrimonio y el compromiso también tiene otras consecuencias. Hoy en día, cada vez más jóvenes pierden de vista el carácter oficial de un matrimonio. Cuando los dos han dado su consentimiento recíproco, creen poder considerarse casados ante Dios, y vivir como tales. Les parece innecesario casarse oficialmente. Firmar un papel, para ellos, no tiene importancia. Piensan que tal mandato no existe en la Biblia.

La ceremonia matrimonial ha sido muy distinta según las épocas y los países, y esto es así también hoy. Sin embargo, siempre, y en todo lugar, el matrimonio ha constituido un asunto oficial, de modo que era conocido y reconocido por todos, con todas las consecuencias que esto implicaba. Si alguien hace caso omiso de esto, se rebaja al nivel del animal. A partir de la conversación del ángel con María, y después con José (Lucas 1:26-35; Mateo 1:18-25), vemos claramente qué gran diferencia existía entre el matrimonio y el noviazgo para estos dos jóvenes que temían a Dios.

¿Cuánto tiempo debe durar un compromiso? No se puede dar una respuesta general. Sólo quisiera decir que debiera ser lo suficientemente largo para llegar a conocerse y prepararse para el matrimonio, pero no demasiado largo para no exponerse, a causa de las tentaciones, al peligro de caer en pecado. “Mejor es casarse que estarse quemando” (1 Corintios 7:9).

Isaac y Rebeca no tuvieron este tiempo de preparación. Rebeca oyó mucho acerca de Isaac y aprendió a conocerlo un poco por lo que le contaron y por los regalos que le ofreció. Cuando le preguntaron si quería ir con el criado de Abraham, respondió decidida: “Sí”. Leemos que ella, según las costumbres de Oriente, se casó con la cabeza cubierta. Respecto de Isaac, entonces no podemos hablar de un matrimonio por amor. Sin embargo, leemos: “Isaac... tomó a Rebeca por mujer, y la amó” (Génesis 24:67). ¡Qué gozo debe de haber sido para él descubrir la belleza física y moral de su esposa! Sin duda era la misma maravilla experimentada por Adán cuando recibió de la mano de Dios a Eva por esposa. Después de las bodas, los casados pueden entregarse por completo el uno al otro sin limitaciones.

Así Isaac y Rebeca pudieron empezar su «luna de miel». ¿Cómo siguió su matrimonio? En Génesis 26:8 leemos: “Sucedió que después que él estuvo allí muchos días, Abimelec, rey de los filisteos, mirando por una ventana, vio a Isaac que acariciaba a Rebeca su mujer”. Para ellos, la «luna de miel» duró muchos años. Las relaciones sexuales, como expresión del amor en el matrimonio, no son cosas de las cuales los creyentes deben tener vergüenza o que les produzcan una mala conciencia. Al contrario, en cuanto a esto, el Creador ha dado un gran don a su criatura. Pero todo don de Dios es concedido para un buen uso y no para que se cometa abuso con él. Las relaciones íntimas pueden reforzar el lazo de amor; su abuso, a menudo, tiene por resultado enfriarlo.

Al dar aquí el ejemplo de Isaac y de Rebeca, no deseamos aprobar el hecho de que dieran a Abimelec la ocasión de observarlos. Hoy en día, cada vez se hace más alarde del sexo en público, ya en las playas o en otros lugares, sin pudor. Los jóvenes hacen bien en mantenerse alejados de tales sitios y prácticas. Despertar deseos que todavía no pueden ser satisfechos, sólo los perjudica.

En muchos matrimonios, la «luna de miel» desgraciadamente no dura muchos años. A menudo, el amor se enfría después de algún tiempo. Uno no halla más satisfacción en el otro, y tampoco se tienen más el mismo interés recíproco. Una vez que los lazos quedan relajados, el matrimonio entonces se convierte en una simple cohabitación, con todos los peligros que esto trae. Para evitar esta situación, se necesita vigilancia y un amoroso cuidado el uno para con el otro, manteniendo viva la llama del amor dentro del matrimonio.

Un buen principio no garantiza una buena continuación o un buen fin. La historia de Isaac y de Rebeca nos lo confirma.

El relato que la Biblia nos da de esta familia no es el de un hogar ideal. Resultaron problemas que no fueron solucionados de una manera correcta. Ninguna vida humana está exenta de dificultades. En cada familia surgen problemas. Éstos deben y pueden ser resueltos juntos, mirando al Señor en oración.

Isaac y Rebeca estuvieron mucho tiempo sin hijos. Abraham y Sara también experimentaron esta gran desilusión. Vimos cómo Sara propuso resolver este problema. Pero no fue la solución que Dios quería, y esto causó mucha tristeza.

Para Isaac, el hecho de no tener hijos se transformó en un asunto de oración. “Oró Isaac a Jehová por su mujer, porque era estéril” (Génesis 25:21). Pero, lamentablemente, parece que oró solo. Posiblemente vemos aquí ya el principio de un enfriamiento en este matrimonio que había empezado tan bien. Es provechoso que los esposos se comuniquen sus problemas y juntos busquen una solución. Que juntos en oración se acerquen al Señor, aunque sea el hombre quien, como cabeza, exprese en palabras la oración de ambos. La oración en común constituye una expresión de unidad que refuerza más las relaciones de lo que podría hacerlo la oración de cada uno por separado. Claro que también es necesaria la oración personal.

Parece que Isaac y Rebeca no conocían este hábito de orar juntos. ¿Acaso nunca hablaron juntos sobre estos problemas? Parece que no. En Génesis 25:22 leemos que Rebeca “fue a consultar a Jehová”. ¡Qué bueno hubiera sido si Isaac también personalmente hubiera recibido la Palabra de Dios en cuanto al futuro de los gemelos que estaban esperando!

Muchas veces, los hijos estrechan los lazos de los padres. Pero también podemos ver lo opuesto, como ocurrió en este hogar. Esaú era el preferido del padre y Jacob el de la madre. Estas diferencias de afinidades alejaron a los padres el uno del otro, e introdujeron al mismo tiempo una distancia entre sus dos hijos. Lo que allí se desarrolló encierra una seria advertencia para todos los padres. La motivación de Isaac era mala; se dejó guiar por un triste deseo carnal: “Amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza” (25:28). No podemos suponer que las palabras de Dios del versículo 23 le eran desconocidas. ¿Por qué las hizo a un lado? ¿Y qué tenía Jacob que le atraía a Rebeca? ¿Su carácter tranquilo y que quería su hogar? ¿O el conocimiento de la promesa de Dios que reposaba sobre Jacob? No lo sabemos. Sin embargo, podemos notar que la diferencia de sentimientos ocasionó una distancia entre los padres y esto condujo a un aislamiento en la vida de ambos y a desgraciadas consecuencias en la vida de los hijos. Que nosotros, padres, aprendamos una lección de esta pareja. Los hijos no necesitan de un padre o de una madre sino de los dos padres, los que forman una unidad. Ambos deben amar a sus hijos con el mismo amor.

La brecha entre los dos hermanos siguió profundizándose. Si estos muchachos vivieran ahora, probablemente nosotros hubiéramos preferido a Esaú con su carácter abierto, más que al astuto y engañoso Jacob. No obstante, en Hebreos 12:16 leemos que Esaú era un “profano... que por una sola comida vendió su primogenitura”. En Malaquías 1:2-3 leemos: “¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí”. Estas palabras no deben provocar el pensamiento en los padres de que Dios destina de antemano a un hijo a que se pierda y al otro a que se salve. Antes de que nacieran estos dos muchachos, Dios sólo dijo que el mayor serviría al menor, y pronunció las otras palabras mucho tiempo después de su muerte. Los padres pueden orar por todos sus hijos con toda confianza. Tanto los «Jacob», fáciles en apariencia, como los «Esaú», hijos difíciles, necesitan nuestro amor y nuestras oraciones.

Esaú menospreció su primogenitura, mientras que Jacob la anhelaba con todo su corazón. Así pasaron los años. Materialmente prosperaban, pero espiritualmente no mejoraban. Desgraciadamente, hoy en día ocurre lo mismo muchas veces. ¿De qué sirve la prosperidad si las relaciones con Dios y las relaciones mutuas no están bien? Una nueva tristeza se apoderó de la vida de Isaac y Rebeca, por el hecho de que Esaú se casó, de su propia voluntad y en la independencia, con mujeres extranjeras. Esto fue “amargura de espíritu” para ellos (Génesis 26:34-35).

Isaac perdía la vista. Se sentía viejo y solo. Manifiestamente, esperaba su pronto fin y, en esta perspectiva, quería dar a Esaú una gran bendición. Por eso lo llamó y lo mandó a cazar y a hacerle un guisado. Rebeca había prestado oídos. Esto nos muestra hasta qué punto sus relaciones con Isaac se habían deteriorado. Ya no había más confianza ni intercambio mutuos.

Rebeca mostró que tampoco tenía más confianza en Dios. Actuó por su propia voluntad y engañó a su esposo y a su hijo. Así logró su propósito: Jacob obtuvo la bendición. ¡Pero qué sufrimiento para esta familia como consecuencia de sus acciones impulsadas por la propia voluntad! Isaac pensaba que iba a morir pronto, por eso arregló este asunto. Sin embargo, vivió otros 50 años: años de soledad que habría podido pasar muy diferentemente. Rebeca pensaba salvar la situación con su astuto consejo. Deseaba ver de nuevo a su hijo Jacob tan pronto como se hubiera calmado la ira de Esaú. Pero no fue así. Nunca lo vio de nuevo.

¡Qué difíciles años también para Jacob, cuando él mismo, el engañador, fue engañado por su tío Labán! Esaú pensaba poder vengarse pronto de su hermano, ya que esperaba la próxima muerte de su padre. Todos estos cálculos no se realizaron. Aquí vemos la consecuencia del principio de que “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). Esto también se aplica a los creyentes.

No sabemos cuánto tiempo vivió aún Rebeca. Génesis 49:30-31 nos refiere solamente que fue sepultada en la cueva de Macpela. El capítulo 33 nos relata la reconciliación de Jacob y Esaú. Pero, evidentemente, no hubo una verdadera confianza. Siguieron viviendo lejos el uno del otro. Al final de Génesis 35, leemos que Isaac murió a los 180 años. Entonces, sus dos hijos, Esaú y Jacob, lo sepultaron juntos, tal como Isaac e Ismael lo habían hecho con Abraham (25:9). Puede ocurrir, hasta con los creyentes, que los padres y los diferentes miembros de la familia lleguen a ser como extraños los unos para los otros. Al final sólo se encuentran en un entierro.

Así fue el fin de la vida común de Isaac y Rebeca, que había empezado bien. Podríamos compararla con un tren que se descarriló y que desgraciadamente nunca más se encaminó. Quizás ciertos lectores de estas páginas reconozcan alguna cosa de su propia experiencia. Hoy en día, tales «descarríos» corren el peligro de producirse cada vez más a menudo. Entonces, le quiero decir: No deje que el tren siga traqueteando al lado de los carriles. El matrimonio y el hogar son regalos de Dios demasiado grandes, bendiciones demasiado valiosas para que los desprecien y los dañen. También es importante saber que Dios es muy grande en misericordia. Puede y quiere restaurar lo que a nosotros nos parece imposible. Lo hace cuando clamamos a su gracia con un sincero arrepentimiento y una confesión mutua.

Veamos aún las palabras del mismo Señor Jesús en Mateo 5:21-26; 18:15-17 y Lucas 12:13. En estos pasajes, él habla de un desacuerdo entre dos hermanos. Podemos pensar en dos hermanos, hijos de los mismos padres, y también en dos hermanos en la fe. En ambos casos, se dan claras instrucciones para llegar a una reconciliación.

Los dos casos son muy distintos. En el primero, el Señor habla a cierta persona responsable de causar malas relaciones. Debe dejar su “ofrenda delante del altar” e ir primeramente a reconciliarse con su hermano. El culpable debe acercarse y confesar su pecado: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros” (Santiago 5:16). El otro debe perdonar: “Perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32). Cuando se pone fin a la disputa, entonces el primero puede presentar su ofrenda al Señor con entera libertad.

En el segundo caso vemos lo opuesto. No se trata de uno que peca, sino de su hermano. En el caso de las malas relaciones, aun si alguien no tuviera culpa alguna en el asunto, de todos modos debe tratar de restablecer las buenas relaciones. No debe esperar que el otro venga a él arrepentido, sino que él mismo debe tomar la iniciativa, tratando de hablar del asunto a su hermano con el fin de ganarlo.

Si no encuentra resultados, debe tomar consigo a una o dos personas. Si lo hace con un buen espíritu, llevará consigo a personas que el hermano tendrá a bien escuchar. Si así no llega a nada, pedirá a la iglesia que intervenga. Habrá hecho entonces todo lo que estaba a su alcance, y no le resta sino esperar. Si el otro persiste en su actitud, habrá que tenerlo “por gentil y publicano”.

En Lucas 12:13 vemos que alguien pide ayuda al Señor en lo que respecta a la herencia. Este hombre, con razón o sin ella, sentía que su hermano lo trataba injustamente. El Señor rehusó actuar como juez, pero llamó su atención sobre la raíz de su mala condición: la avaricia. Entonces, enseñó una importante lección a los que estaban presentes.

Se dice a veces que el dinero es la causa de todos los males. Esta declaración no es exacta. Con el dinero, uno puede hacer muchos males, pero también mucho bien. Por desgracia, hoy también, aun entre “hermanos”, los asuntos de herencia pueden ser causa de discordia, hasta de odio y de disputas. Se recurre a la ayuda de un juez de este mundo en vez de seguir el camino trazado por Mateo 18. El apóstol Pablo habla de este asunto en 1 Corintios 6:1-9. Explica a los corintios que es un defecto el hecho de que los creyentes entablen pleitos entre sí sobre asuntos materiales y, además, que defiendan sus derechos delante de jueces incrédulos. Les dice: “¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?” He aquí un principio aún aplicable hoy en día entre los creyentes, tanto en la iglesia como entre los miembros de una familia. El hecho de que los miembros vivan juntos en armonía, ha de ser un rasgo característico de toda familia cristiana.

 


 

Preguntas de la 6ª parte

  1. ¿Qué responsabilidad tienen los padres en la elección del cónyuge de sus hijos?
  2. ¿Qué consideraciones han de tenerse en cuenta, además de un amor verdadero, antes de hacer una decisión en este asunto? ¿Qué nos enseña 2 Corintios 6:14-18?
  3. ¿Cómo Dios guió a Isaac y a Rebeca hasta llegar al matrimonio? Hoy en día, ¿podemos nosotros experimentar también esta guía?
  4. ¿Por qué el matrimonio de Isaac y Rebeca, que empezó tan bien, terminó tan mal?
  5. ¿Qué nos enseña esta historia en cuanto a la crianza de los hijos?