El hogar según el plan de Dios (9/18)

Éxodo 2:1-10 – Éxodo 6:20

9. Amram y su familia

“Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río. Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería. Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste. Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió. Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué” (Éxodo 2:1-10).

Así se presenta el comienzo de la historia de Moisés. Luego sus padres pasan a segundo término, y no oímos más de ellos en este relato. En su discurso ante el concilio, Esteban resumió esta historia diciendo: “En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable a Dios; y fue criado tres meses en casa de su padre. Pero siendo expuesto a la muerte, la hija de Faraón le recogió y le crió como a hijo suyo” (Hechos 7:20-21). Hebreos 11:23 dice de él: “Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey”.

Son pocos los detalles que se dan de los padres de Moisés; pero todos son de gran importancia y dignos de ser examinados atentamente.

Amram y Jocabed (Éxodo 6:20) estaban unidos en la fe en Dios. He aquí la base fundamental de un buen matrimonio. Eran un hombre y una mujer de oración, quienes, en sus decisiones, se dejaban conducir por Dios y por su palabra. Amram, levita, se había casado con una hija de Leví: era una esposa dada por Dios, la que le correspondía, como después se confirmó.

A fin de que un joven encuentre la mujer que le conviene, es necesario que se mantenga en la dependencia del Señor por medio de la oración. Es indispensable esperar la dirección de Dios. Tengo la impresión de que, en esta esfera de acción más que en cualquiera otra, se toman a menudo los deseos por las realidades. Se cree gustosamente que Dios lo ha dirigido todo, mientras que se sigue la propia voluntad.

Conocí a un joven que se interesó por una muchacha y la pidió por esposa. Ella no reaccionó como él esperaba y pidió tiempo para reflexionar y orar para saber si era la voluntad de Dios para ella. Se mantuvo en esta actitud, aunque el joven continuó presionándola, porque, aseguraba, estaba perfectamente claro que el Señor los había conducido a encontrarse y los había destinado el uno para el otro. Tres meses más tarde, se enlazaba con otra muchacha.

El sabio rey Salomón dijo: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?” (Proverbios 31:10). Y en el versículo 30: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada”. Afirmar que tenemos la certeza de ser conducidos el uno hacia el otro por la mano de Dios no debe ser una expresión sin sentido.

Amram y Jocabed mostraron una verdadera unidad en la fe atravesando grandes pruebas: “En aquel mismo tiempo nació Moisés” (Hechos 7:20). Sus padres conocían la orden de Faraón: Todos los niños varones debían ser echados al Nilo. Entonces, ¿era el momento de arriesgarse para traer al mundo un hijo? Además, ya tenían dos hijos, una hija y un hijo de algunos años más. ¿No les bastaba?

En nuestros días, hacen falta menos argumentos de esta importancia para que los padres consideren que la familia está completa. Ya en tiempo de Amram, se sabía cómo evitar un embarazo. Sin embargo, estos padres aceptaron por la fe la llegada de un nuevo hijo como una bendición. ¡Y qué bendición! Moisés fue el hombre que debía hacer salir al pueblo de la cautividad y conducirlo al país prometido. “Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses” (Hebreos 11:23). Éxodo 2 nos relata lo que después hizo la madre con la ayuda de su hija. En este pasaje no se menciona el padre. Pero en la epístola a los Hebreos se habla de la fe de los padres.

En la familia de Isaac y de Rebeca, desgraciadamente se puede comprobar que tenían apreciaciones diferentes en cuanto a la educación de los hijos y que cada uno obraba según su propia idea. Las consecuencias no dejaron de hacerse sentir, para ellos y para sus hijos.

Temo que ese mal exista demasiado en nuestros días. Muchos niños saben que tienen un padre y una madre, pero no aprenden que tienen padres. No ven a su padre y a su madre íntimamente enlazados el uno al otro con amor y formando una unidad. Si esta relación no existe, los hijos lo perciben. El ojo de un niño ve muy claramente y su corazón discierne muy bien la situación. Los pequeños son muy hábiles para explotarla y conseguir sus fines. A veces, tratan de poner a su padre de su lado, y en otras circunstancias se dirigen a su madre. Esto llega a ser grave cuando consiguen con éxito transformar un «no» del padre en un «sí» de la madre, o a la inversa. El efecto de ello es desastroso sobre la unidad de la familia y sobre la educación de los hijos. Los hijos no sólo necesitan de un padre y de una madre, ¡les hace falta padres animados por un mismo sentimiento!

Fue una bendición para María, Aarón y Moisés el haber tenido padres muy unidos y haber recibido una buena educación en el temor del Señor. Esto marcó sus vidas.

Es natural que, al comienzo de esta historia, la actividad de la madre aparezca en primer lugar. El padre descubre a menudo que, para ocuparse de un recién nacido, tiene dos «manos izquierdas». Al principio, él deja gustosamente en manos de su mujer el cuidado del niño. Más tarde, tendrá una responsabilidad mayor, ¡si al menos la asume! A pesar de todo, es bueno que incluso el padre aprenda a cambiar al niño y a lavar la vajilla. Esto le permite comprender que su mujer puede a veces estar cansada a causa de todos los cuidados y responsabilidades de la casa, así como él a causa de su actividad profesional.

Jocabed parece haber obrado de una manera totalmente independiente, pero ella lo hizo según el plan que juntos habían establecido en la obediencia de su fe ante Dios. Los padres incluyeron de manera evidente a su hija María en su plan. Debían poner al niño en el Nilo bajo la mayor protección posible. Sin embargo, podemos pensar que esos tres (Aarón era aún demasiado pequeño) se pusieron de acuerdo y se arrodillaron juntos para suplicar a Dios que diera una salida favorable.

Gracias a la intervención de Dios, los padres tuvieron la posibilidad de volver a traer al niño a casa. Jocabed pudo amamantar a su hijo. Pero estamos persuadidos de que ella aprovechó esos años, no solamente para alimentarlo, sino también para educarlo en “el temor de Jehová”, como lo dice la Escritura.

No sabemos cuánto tiempo se quedó con ella. La Biblia sólo dice: “Cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón” (Éxodo 2:10). Su madre con seguridad había prolongado y aprovechado este tiempo de la mejor manera posible.

En uno de sus libros, el profesor Waterink relataba una conversación que tuvo lugar entre varias madres con respecto a la educación de sus hijos y a las influencias que se ejercían sobre ellos. De repente, una madre joven gritó: «¡Qué tiempo terriblemente corto tenemos para educar a nuestros hijos!» Ese grito produjo risas. Pero Waterink continuó así: «Antes desearía que todas las madres estuviesen profundamente conscientes del poco tiempo que tienen para educar a sus hijos».

Tenía razón. Desgraciadamente, muchos padres no tienen ninguna idea de las influencias a las cuales sus hijos están expuestos. ¿Sabemos por lo menos las lecturas que caen en sus manos? Por eso, es de mucha importancia que aprendan a resistir a las malas influencias por medio de una sana educación bíblica dada en el hogar, la cual obrará como antídoto.

La palabra de Salomón, en Proverbios 22:6, conserva aún todo su valor: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Esta lección halló su confirmación en la vida de Moisés. La instrucción recibida “en toda la sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22) no ejerció ningún poder sobre él. Me atrevo a poner en duda que haya sacado alguna ayuda para el cumplimiento de la obra que Dios le confió. Algunos piensan que sí, que Moisés, en sus ordenanzas, sacó mucho provecho de la sabiduría de los egipcios. Sin embargo, está claramente dicho que Moisés dispuso el tabernáculo y todos sus utensilios únicamente según el modelo que Dios le había mostrado en el monte.

Las leyes de hoy en día concernientes a la alimentación y a la higiene sobrepasan con mucho a aquellas que se pueden encontrar en los antiguos relatos de Egipto, frecuentemente llenos de insensatez. No obstante, los médicos de nuestro tiempo reconocen su alto valor. Por ejemplo, Moisés prescribió ejecutar la circuncisión el octavo día. Ahora bien, se ha descubierto que es precisamente ése el día en que la pérdida de sangre es menor. Esta sabiduría, Moisés tampoco la aprendió de los egipcios. Era la sabiduría de lo alto, la inspiración del Espíritu Santo. Claro que no pretendo decir con esto que un buen colegio, una formación especializada o una universidad no tengan valor. No corresponde que alguien que se dedicó a la enseñanza afirme tal cosa.

En Hebreos 11:24-26 leemos: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.

Nada se nos dice de la edad en que Moisés tomó esta decisión. La educación que había recibido en el hogar paterno, sin duda influyó en esta elección. Su vida en Egipto y la posición que ocupaba debieron de haber sido una tentación para este joven. Para resistir con la fuerza necesaria, no bastaba con la solidez de una buena educación recibida en el hogar. Era menester tomar una decisión personal y hacer la elección de la fe. Es lo que deben considerar tanto los padres como los hijos que crecen en madurez. La mayor parte de las conversiones y de las elecciones de la fe tienen lugar antes de los veinte años. Más tarde, la experiencia muestra que se hace más difícil entregarse al Señor y romper con el pecado. Los padres de Moisés ciertamente fueron testigos de la transformación interior que éste experimentó.

Un poeta dijo: «El talento se forma en secreto, y el carácter, en la vida cotidiana». Los rasgos de carácter que Moisés manifestó en el momento de su primer acto público en Egipto (Éxodo 2:11-15) no eran apropiados para el servicio al cual estaba destinado. Se equivocó, no en cuanto a su vocación, sino en cuanto al momento de ponerla en práctica. Primero, Dios debía llevarlo aparte, a Madián. Ahí, al lado de las ovejas, aprendió lo que toda la sabiduría de los egipcios no pudo ni habría podido inculcarle: la paciencia y la mansedumbre, condiciones indispensables para conducir a un pueblo tan numeroso, tan difícil, por ese grande y terrible desierto. Eso lo aprendió durante un segundo período que duró cuarenta años. No vemos que Moisés haya tenido contacto con su pueblo durante esos cuarenta años en Madián. Pero Dios, durante todo ese tiempo, no lo había perdido de vista. Cuando juzgó que el momento había llegado, se apareció a Moisés en una zarza ardiente y le dijo: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias… Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel” (Éxodo 3:7, 10).

Como Moisés ya no tenía más el sentimiento de estar a la altura de esa tarea, Dios lo tranquilizó: “Ve, porque yo estaré contigo” (v. 12). Esta promesa debería haber sido suficiente, pero Moisés aún puso objeciones —cinco en total—. Lleno de paciencia y de gracia, Dios proveyó a todos sus temores. Finalmente, cuando Moisés pidió ser dispensado de esa obra, Dios le prometió que le enviaría a su hermano Aarón para auxiliarlo y hablar por él.

Entonces Moisés, con su esposa y sus hijos, volvió a Egipto para cumplir su misión y liberar al pueblo. Cuarenta años antes, había intentado hacerlo sin haber recibido la orden de Dios, y con sus propias fuerzas; fue un fracaso. No había podido soportar la actitud repulsiva de su pueblo, había temido la ira de Faraón y había huido a Madián. Después de estos cuarenta años, estaba en condiciones de asumir la decepcionante reacción del pueblo y no temía “la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27). Todo eso fue por medio de la fe en Aquel que lo había llamado y enviado.

Números 12:3 nos muestra que “aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”. ¿Quién hubiera pensado tal cosa después de su primera aparición pública, cuando, bajo el impulso de la ira, mató al egipcio? Es una lección para nosotros: Un creyente jamás debe alegar excusas bajo pretexto de su mal carácter, de su vivacidad, etc.

La Biblia nos enseña que podemos controlar todos los defectos de la vieja naturaleza por medio del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, que nadie vaya a pensar que la vieja naturaleza puede ser mejorada y que su carácter pueda llegar a ser más noble. Moisés, a pesar del magnífico testimonio de Números 12, no es una excepción. Cerca del fin del viaje a través del desierto, se dejó llevar a la irritación por el pueblo rebelde. En lugar de hablar a la peña, como Dios le había mandado, la golpeó dos veces. Claro, por medio de la gracia de Dios, brotó el agua, pero, como castigo a su desobediencia, Moisés perdió el privilegio de introducir personalmente al pueblo en la tierra prometida (Números 20:7-13).

Su hermano Aarón, quien compartía su culpabilidad, debió soportar el mismo castigo. Se habla de Aarón por primera vez en Éxodo 4:14. La obra de los dos hermanos por el pueblo está resumida en Éxodo 6:26-27.

Además, está también María, la hija mayor. Ella también salió de Egipto. En la orilla del mar Rojo, con un pandero, cantó un cántico con todas las mujeres: “Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido” (15:20-21).

Como profetisa, ciertamente debió de haber desempeñado un papel importante en medio del pueblo. Sin embargo, como sus hermanos, no estaba exenta de debilidad. Movida por la envidia, arrastró a Aarón a rebelarse contra la autoridad de Moisés, y fue golpeada con lepra como castigo. Pero Moisés se mostró presto a perdonar. Hizo esta breve oración: “Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora”. Su petición le fue otorgada. Después de una semana de exclusión fuera del campamento, pudo reintegrarla y volver a ocupar su lugar en medio del pueblo (Números 12).

He aquí, brevemente, lo que se nos dice de los tres hijos de Amram y Jocabed. ¡Qué bendito lugar han ocupado en medio del pueblo! ¡Si sus padres hubieran podido ver todo eso!

Sin embargo, también a ellos se aplica el versículo: “Descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13). Podemos considerar el ejemplo de esa pareja fiel, la cual, en circunstancias tan difíciles, crió a los hijos que Dios les había dado para Su gloria.

 


 

Preguntas de la 9ª parte

  1. ¿Qué lección podemos aprender de Amram y Jocabed en cuanto a la planificación familiar?
  2. ¿Cómo debemos proceder como padre, como madre y como padres?
  3. ¿Qué se puede notar en cuanto a la influencia que los hijos tienen los unos sobre los otros?
  4. ¿Qué decisión correcta tomó Moisés y qué error cometió después?
  5. ¿Qué objeciones puso Moisés cuando Dios le llamó para su misión, y de qué manera Dios le animó?
  6. ¿En qué situaciones Aarón y María fueron un apoyo para Moisés, y en qué otras le causaron problemas?