El hogar según el plan de Dios (12/18)

Números 16

12. Coré y su familia

Coré nos es descrito como un verdadero revolucionario (Números 16). Pertenecía a la tribu de Leví. En ella, Dios había designado a la descendencia de Aarón para el sacerdocio, y los demás fueron destinados al servicio levítico. Coré no estaba satisfecho con este servicio. Ambicionaba también el sacerdocio. Por tal motivo, se puso de acuerdo con Datán y Abiram, de la tribu de Rubén, para levantarse contra Moisés. Movilizaron a doscientos cincuenta partidarios de entre los dirigentes del pueblo. He aquí la reivindicación que adoptaron: “¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (Números 16:3). Pretendían defender los derechos del pueblo; en realidad, buscaban para ellos mismos una posición de honor y de poder. Se juntaron contra Moisés y contra Aarón.

Moisés se dirigió primero a Coré. ¿Por qué no estaba satisfecho con el servicio de Dios que debía cumplir para el pueblo? ¿Por qué pretendía también el sacerdocio? ¡Era una sublevación contra Dios! Luego, también hizo llamar a Datán y a Abiram, pero éstos respondieron: “No iremos allá. ¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra que destila leche y miel, para hacernos morir en el desierto, sino que también te enseñorees de nosotros imperiosamente?… No subiremos” (Números 16:12-14).

Moisés pidió a Coré que compareciera con sus partidarios ante la presencia de Dios para escuchar su veredicto. Y Dios pronunció un juicio muy claro. El pueblo debió apartarse de los alrededores de las tiendas de Coré, de Datán y de Abiram. Un terrible castigo cayó sobre ellos: Fueron tragados vivos, ellos y sus familias, por la tierra que se abrió bajo sus pies. Los doscientos cincuenta aliados fueron consumidos por el fuego que salió de delante de Jehová.

Para nosotros, creyentes de hoy día, este incidente encierra una seria advertencia. El tiempo actual está más y más caracterizado por un espíritu de contradicción. La obediencia a los padres ya no está más a la orden del día. La desobediencia a las autoridades civiles se generaliza. La autoridad moral con frecuencia ya no es reconocida. La independencia del individuo y el deseo de hacerse valer son cosas que se estiman honrosas.

La Escritura nos advierte que ese mal va a crecer y que vendrán tiempos peligrosos (2 Timoteo 3:1). Sin embargo, no nos faltan advertencias ni enseñanzas. Con nuestras familias ¡debemos tomarlas muy en cuenta!

La Biblia dice claramente que los hijos deben obedecer a los padres en el Señor (Efesios 6:1). Romanos 13 nos enseña que debemos someternos a las autoridades superiores. Resistirles, es desobedecer a Dios mismo. En cuanto a la esfera cristiana, la Escritura nos dice que debemos reconocer, estimar y honrar a aquellos que el Señor ha dado para presidir (1 Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 5:17).

En Números 16:27 vemos que Datán y Abiram se pusieron a la puerta de sus tiendas con cada una de sus familias. Nada se dice respecto a la familia de Coré. Se mantenía allí solo. Números 26:11 nos enseña que los hijos de Coré no murieron. Fueron objetos de la gracia de Dios. Todo hace pensar que no habían consentido a la sublevación, y que después, conforme a la orden de Moisés, se habían apartado de la tienda de su padre, reconocido como un hombre malo (16:26-27).

¡Qué difícil debió de ser para esos hijos hacer esta confesión de fe, y cuánto más simple es la elección para los jóvenes que tienen padres creyentes! Para los hijos de padres incrédulos, esa elección es con frecuencia muy difícil, cuando comprenden que pueden únicamente ser salvos convirtiéndose y creyendo en el Señor Jesucristo. Estando solos, les hace falta mucho ánimo para ir contra la corriente familiar, como debieron hacerlo los hijos de Coré.

El mismo Señor dijo: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí”; y también “cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre… por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mateo 10:37; 19:29). El Señor quiere tener el primer lugar. Nunca he encontrado a nadie que se haya arrepentido de haber hecho esa buena elección. Los hijos de Coré tampoco tuvieron que arrepentirse. Claro que esto no significa que después de su conversión un joven deba dejar de amar a sus padres. Al contrario, procurará, por medio de sus palabras y de su conducta, ganar también a su familia para el Señor Jesús. No obstante, la lección más importante para crecer espiritualmente es la siguiente: renunciar a sí mismo y dar al Señor Jesús el primer lugar en su vida.

Entre innumerables casos semejantes, recuerdo haber encontrado en Guayana a un joven indio de religión musulmana. A la edad de dieciocho años se convirtió y dio testimonio de su fe en el Señor Jesucristo. Su padre lo amenazó, e incluso lo golpeó, sin conseguir que vacile ni que reniegue de su Salvador. Entonces, le fue prohibida la entrada a la casa paterna y lo declararon «muerto». Todo contacto con su familia fue roto. ¡Jamás podré olvidar su cara gozosa y el testimonio que abiertamente daba! Ha sido para mí una gran ayuda en las predicaciones que he dado en ese país.

En Juan 9 leemos el relato de un hombre que nació ciego. Encontró al Señor Jesús, quien lo curó. Declaró públicamente que era Jesús quien lo había curado. Ese testimonio molestaba a los fariseos religiosos. Como no se retractaba, lo expulsaron de la sinagoga. No es raro que la persecución venga del lado «religioso». En aquel tiempo, no era poca cosa el ser expulsado de la sinagoga y, por eso, uno quedaba excluido de todo lo que estaba ligado con la vida del culto judío. Sin embargo, esos ciegos conductores no tenían la más remota idea de todo el bien que había recibido el hombre que ahora tenía bien la vista. El Señor Jesús lo había buscado y hallado, y se había revelado a él como Hijo de Dios. Su respuesta fue: “Creo, Señor”; y le adoró (v. 38).

Los primeros discípulos también fueron muy perseguidos por los jefes de los judíos. No obstante, estaban gozosos de poder sufrir por el nombre de Jesús (véase Hechos 5:41).

Los hijos de Coré y sus descendientes llegaron a ser porteros y cantores en Israel (1 Crónicas 6:33, 37; 9:17-19). Primeramente sirvieron en el tabernáculo, y más tarde, en el tiempo de Salomón, en el templo. ¡Cuán abundantemente fueron recompensados por su fidelidad a Dios!

Doce de los ciento cincuenta salmos fueron escritos por ellos, y particularmente el salmo 84 (véase V.M.). Así, aún nos hablan, aunque muertos desde hace mucho tiempo: “Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos” (v. 5).

 


 

Preguntas de la parte 12

  1. ¿Qué leemos acerca de los hijos de Coré?
  2. ¿Qué problemas pueden surgir cuando los padres andan en mal camino?