El ABC del cristiano /19

1 Juan 1:6-10 – 1 Juan 2:1-2

Si alguno hubiere pecado …

Todos hemos tenido una brújula en nuestras manos. Bajo la influencia de una fuerza invisible, la punta de la aguja señala constantemente al norte. Giremos la brújula como queramos, la aguja se mantendrá en la misma dirección mientras no la acerquemos a un imán. Si lo hacemos, la aguja cambia gradualmente su orientación y se desvía hacia el imán. De ese modo, puede alejarse bastante del eje norte-sur y acabar apuntando al este o al oeste.

Si los corazones de los hijos de Dios se encuentran en buen estado, todos se dirigen a una meta, al Señor Jesús en la gloria. Él es el objeto maravilloso que nos ocupa; por el poder invisible del Espíritu de Dios nuestros ojos y afectos se dirigen hacia él (Oseas 11:4; Juan 6:44; 12:32; Cantares 1:4). Ya sea que pasemos por la alegría o el dolor, por la tranquilidad o la tormenta, por la pobreza o la riqueza, por el honor o la deshonra, el Señor siempre nos atrae en pos de él para que no nos alejemos de su presencia.

Los imanes

Pero hay alguien a quien esto no le agrada. Es Satanás. Se nos acerca con pequeños o grandes imanes –distracciones «inofensivas» o tentaciones peligrosas– y caemos en el pecado. Si hubiéramos velado y orado, esto no habría ocurrido. Por desgracia, olvidamos que estamos en la tierra de un enemigo poderoso, astuto y malvado, que nos acecha para sorprendernos y atraparnos en el momento en que no estemos atentos.

Si alguno hubiere pecado …

Esta afirmación –fijémonos bien– está tomada de la primera epístola de Juan (2:1), y se dirige a los hijos de Dios.

Satanás tuerce la Palabra de Dios y nos susurra al oído: «Si alguno hubiere pecado, no es hijo de Dios. Si usted peca ahora, es la prueba de que todo era una ilusión. Si realmente fuera un hijo de Dios, normalmente estaría libre de pecado. Todo esfuerzo es en vano; ¡es igual que los demás!»

Pero la Palabra de Dios dice otra cosa: “Si decimos que no tenemos pecado,1 nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1:8). Y porque esto es así, y porque a menudo nos dejamos distraer de nuestro objeto, el Señor, debemos reconocer, mirando hacia atrás en nuestra vida, que “todos ofendemos muchas veces” (Santiago 3:2). Esto es una advertencia y no pretende hacernos indiferentes al pecado. Para el creyente, el pecado es realmente algo horrible y anormal que no debe cometer. Porque Dios puede guardarnos “sin caída” (Judas 24). Y si hacemos lo que se describe en 2 Pedro 1, no tropezaremos jamás (v. 10, V.M.).

… abogado tenemos para con el Padre

Esta es la forma en que Dios continúa el versículo citado anteriormente. Él hizo posible que el pecador fuera plenamente restaurado. Nuestro abogado para con el Padre toma incluso la delantera: “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32), dice el Señor a Pedro antes de que este lo niegue.

Cuando un hijo de Dios ha pecado, no necesita esconderse como Adán, ni huir del rostro de Dios como Caín. Cuanto antes vuelva a Dios, mejor. Porque el mal no se puede curar en ningún otro sitio.

En el cielo, el Señor Jesús ya está actuando a favor del que ha fallado, incluso antes de que este sea consciente de su pecado. No se nos dice: «Si se arrepiente, tiene un abogado», sino: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre”. La intercesión de Cristo precede al retorno del alma perdida a Dios. Le ayuda. La justicia de Cristo ante Dios y el valor de su expiación por nuestros pecados no se ven disminuidos por nuestros fallos. Y es sobre la base de estas dos cosas que la gracia puede actuar.

Entonces debe producirse un trabajo en el corazón y en la conciencia del que ha fallado, un proceso que durará más o menos tiempo, según los casos. El Señor debe realizar para él el servicio prefigurado por el lavado de pies (Juan 13:1-20). Lo que el pecado ha interrumpido no es la relación filial con el Padre sino la comunión con él. El alma ya no puede disfrutar de su feliz participación con el Señor en la gloria ni de su maravillosa posición en Cristo. La oscuridad en ella puede llegar a ser tan profunda que ni siquiera es realmente consciente de lo que ha sucedido. Por lo tanto, por el poder del Espíritu Santo, el Señor Jesús debe aplicar el agua, es decir, la Palabra de Dios, al corazón y a la conciencia del que ha pecado. Bajo su acción, la luz de lo alto entra en el alma y comienza a iluminar el camino recorrido. Solo entonces el cristiano comienza a ver su pecado, a darse cuenta de su mal estado y a tomar el camino de vuelta.

Confesión y arrepentimiento

El creyente que se ha extraviado ha llegado al punto en que ha confesado todo ante Dios y está sinceramente apenado por lo que ha hecho.

La confesión de los pecados es una condición absolutamente necesaria para la restauración. El que ha pecado no puede decir: «Todos mis pecados están perdonados, ya no tengo que preocuparme por ellos».

Quien habla así confunde dos cosas: la expiación y la comunión. Dios envió a su Hijo para expiar todos nuestros pecados. Esto es un hecho consumado, eternamente válido e independiente de nuestro caminar. Sobre la base de esta expiación hemos recibido una nueva vida y ahora estamos en una relación indisoluble de hijos con Dios. Esto ya no nos lo pueden quitar y nuestra seguridad en Cristo es inquebrantable.

La comunión es un asunto diferente. Pensemos en nuestras familias: un niño ha sido desobediente y ha hecho algo malo. ¿Ya no es hijo de su padre? Por supuesto que lo es. Esta relación no puede cambiar. Por otro lado, ya no hay comunión entre ellos. No se cuentan nada ni intercambian pensamientos sobre sus intereses comunes. Esa relación de corazón a corazón se ve quebrada. El padre no se queda indiferente ante tal situación. Tal vez tenga que recurrir al castigo. ¿Pero será suficiente para restaurar el estado anterior? Todavía no. Sin embargo, la disciplina ablanda el corazón y la conciencia del niño. Al final se acerca a su padre y le dice: «Siento haber hecho eso. ¡Perdóname!». Este perdón no tiene que ver con la expiación de los pecados ante Dios –Jesús ya hizo eso por los creyentes– sino con la interrupción de la comunión que el mal ha producido. La confesión y la petición del niño –«¡Perdóname!»– evitarán que el padre tenga que infligir más correcciones. La comunión se restablece, la corriente de afecto fluye de nuevo de un corazón a otro.

Es imposible que el creyente tenga comunión con Dios mientras su conciencia esté cargada con el más pequeño pecado no juzgado. Debe abrir su corazón y su boca para confesarlo, y así aliviarse de esta carga. Entonces se le concederá el pleno perdón y la limpieza, según la fidelidad y la justicia de Dios. Para disfrutar de la comunión práctica con Dios, que es preciosa por encima de todo, es esencial que practiquemos tener “una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres” (Hechos 24:16).

¿Vuelve el gozo de la comunión inmediatamente? 

El funcionamiento de un interruptor eléctrico es muy sencillo: o está encendido o está apagado. Pero la interrupción de la comunión es más grave; no se puede encender y apagar.

Un periodo de superficialidad y desinterés suele preceder a un lapso o desviación mayor. El enemigo sabe preparar el terreno que quiere tomar para el asalto. Consiguió que Demas, antaño fiel compañero del apóstol, lleno de celo y devoción, amara este mundo. No sabemos cómo lo hizo. El corazón de Demas se fue desviando poco a poco hacia “el mundo” y hacia “las cosas que están en el mundo” (1 Juan 2:15-17). Este amor por el “presente siglo” (Gálatas 1:4) comenzó a desarrollarse encubiertamente. Por fuera, Demas continuaba activo en las iglesias y en el servicio del Evangelio. Pero interiormente, su mente se estaba desprendiendo cada vez más de la persona del Señor y de las cosas que tenemos en él. El apóstol tuvo que escribir finalmente, con dolor: “Demas me ha desamparado, amando este mundo” (2 Timoteo 4:10).

Cuando un creyente es restaurado, después de inclinarse ante Dios y quizás ejercitar su espíritu, todavía tiene que recuperar el terreno cedido. Nunca ha perdido las bendiciones espirituales que tenemos en Cristo, pero su corazón debe volver a empaparse de ellas (como una esponja), y ser penetrado por la conciencia del amor de Dios. Abraham tuvo que desandar el largo camino de Betel a Egipto, que había seguido por su propia voluntad y le había llevado a negar a su mujer, para volver “hasta el lugar donde había estado antes su tienda” (Génesis 13:3). Solo allí encontró el altar, donde su corazón rebosaba ahora de nuevo de alabanza y adoración a Dios. “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1:3-4).

  • 1

    El pecado original, la raíz del pecado, la «carne».