El ABC del cristiano /20

Caída y restauración -2

Soy infeliz

Usted dice: «Soy muy infeliz. Las cosas que antes me llenaban de alegría, por desgracia, vuelven a ejercer su atracción sobre mí. Es cierto que alabo al Señor por su obra en la cruz y disfruto leyendo la Palabra de Dios. Pero no puedo fijar mis pensamientos en Cristo. Debo concluir que él no es realmente el objeto de mi corazón. No me entiendo. Entonces, ¿qué debo hacer?»

Quiero intentar ayudarle. Me alegro de que se dé cuenta de que se pasa algo y que quiera salir de ese estado. Sería mucho peor si esta situación persistiera sin que buscara una solución.

La causa principal de su triste condición es probablemente que ha adquirido el hábito de mirarse más a sí mismo que a Cristo. Se fija en lo que piensa, en lo que siente, en lugar de mirar lo que Cristo ha dicho, ha hecho y está haciendo. Se hace el centro de todo, en lugar de dejarle ese lugar a Él.

Lea atentamente lo que dijo el Señor en Juan 15:1-10. Allí encontrará el secreto del verdadero discipulado y de llevar buen fruto. Observe especialmente el mandato que aparece varias veces: “Permaneced en mí”; “Separados de mí nada podéis hacer” (v. 5).

Por sus palabras parece que se ha alejado del Señor y no ha permanecido en él.

Del pasaje citado se desprende claramente que, si presta atención a las palabras del Señor, sus dificultades desaparecerán, y la alegría será su porción, y ya no la tristeza. Nótese lo que añade el Señor: “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (v. 11). Si su gozo no está “cumplido”, debe ser porque ha olvidado lo que el Señor dijo en los versículos 1-10 sobre el hecho de permanecer en él.

¿Qué significa “permanecer en Cristo”? Nada más que ser constantemente consciente de su cercanía. ¿Cree que el Señor está con usted? Antes de dejar este mundo, dijo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20). Por otra parte, también les dio a los discípulos esta seguridad: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:18). Cuando estaba en Roma, Pablo dijo: “El Señor estuvo a mi lado” (2 Timoteo 4:17). ¿Está con usted?

Para un creyente, la promesa de la presencia del Señor no es algo misterioso, sino una realidad simple y segura, y goza de ella mientras confía por fe en esta promesa. Recuerde siempre que el Señor está con usted y le apoya. ¿Le cree o no?

La lectura de la Palabra y la alabanza al Señor por su obra no deben hacerse solo por el sentido del deber. Puede que su vida se haya vuelto aburrida porque ha olvidado que él está muy cerca de usted. Si esto es así, es porque no ha permanecido en él, y no es de extrañar que su corazón se haya vuelto frío e infeliz. El objetivo de Pablo era “conocerle” (Filipenses 3:10). Aspire a conocerlo, pero no sea como esos discípulos que “no sabían que era Jesús” (Juan 21:4), ¡aunque estaba allí mismo en medio de ellos!

No olvide que, en usted, esto es, en su carne, “no mora el bien” (Romanos 7:18). No espere que su carne se convierta en buena, y que permanezca así. Tratar de hacer brotar la vida y el amor de una cosa muerta es hacer un esfuerzo en vano. Ha muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3).

Por lo tanto, permanezca en Cristo. Manténgase en contacto constante con él de forma personal y viva. Entonces todo en su vida ocupará el lugar que le corresponde, y Cristo mismo habitará en usted. El Señor dice: “Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Juan 15:4). Que su oración sea: «Señor Jesús, muéstrate ante mí como una realidad viva y radiante». Y cuando lea la Escritura, ore: «Señor, muéstrate ante mí».