¿Qué noticia?
“Todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (Hechos 17:21). Durante siglos, la principal ocupación de los «intelectuales» de la ciudad de Atenas fue debatir y discutir todos los posibles problemas mundiales y existenciales. Siempre hubo un gran filósofo que se levantó y desarrolló ideas o doctrinas con elocuencia y persuasión. Cada uno tenía sus propios seguidores, su propia escuela; y cuando los jóvenes de diferentes academias se reunían, era una oportunidad codiciada para medir y refinar las fortalezas intelectuales de cada uno frente a las de los demás.
Lo que impulsaba a la gente a confrontar sus opiniones era el hecho de que estos sistemas filosóficos seguían siendo superficiales, y ninguno de esos grandes pensadores podía realmente presentar sus ideas como una verdad absoluta. Esto dejaba a las mentes más pequeñas una gran libertad para desarrollar sus propias opiniones, lo que, en esta época, les dio gloria y respeto.
Un día apareció un forastero en la plaza pública que discutía con los que concurrían, como era costumbre en Atenas. Pero no trajo una filosofía desconocida o un nuevo tema de discusión para la gente que estaba allí, sino que les anunció el Evangelio, un mensaje totalmente diferente, nunca antes escuchado. Este desconocido era Pablo, el gran apóstol a las naciones.
Diferencias inconciliables
Es muy importante que todos entiendan exactamente la diferencia entre la sabiduría de los hombres y el Evangelio de Dios (1 Corintios 1 y 2).
La sabiduría de los hombres es el resultado del sentido común y la imaginación. El pensador más valioso, como alguien dijo, es como una araña que teje su tela con la sustancia que extrae de su propio cuerpo.
El hombre no puede conocer a Dios a través de la sabiduría del mundo: los dioses de los sabios griegos eran criaturas imaginarias hechas de pensamientos y pasiones humanas.
Otra característica de la sabiduría humana es que no quiere reconocer la corrupción total del hombre. Quiere persuadirse de que, mediante la reflexión y un esfuerzo de voluntad, el hombre puede ser dueño de su propia vida. Por lo tanto, sostiene el principio de que uno puede redimirse, y no tiene en cuenta el hecho de que, como su punto de partida se basa en supuestos falsos, conduce así a los hombres hacia un objetivo que no es el verdadero. Por lo tanto, es “insensatez” para con Dios (1 Corintios 3:19), que conoce al hombre en toda su culpabilidad e incapacidad de hacer el verdadero bien.
El Evangelio no proviene del hombre, sino del único Dios verdadero, que creó este mundo y todo lo que hay en él. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (2:9).
Se basa en algo único e inédito: el Hijo de Dios fue hecho hombre, según el consejo eterno de Dios, se entregó a sí mismo como sacrificio en la cruz, y con ello realizó la obra de la redención.
El Evangelio es el resumen de los infinitos resultados de esta obra, que se hizo por nosotros. Pero Dios no ha dejado a la mente del hombre el análisis y la estructuración de estos maravillosos resultados. Cómo Dios se dio a conocer en Cristo, y lo que ha “preparado” en él, Dios lo reveló por el Espíritu (v. 10) a los apóstoles y profetas. Esta revelación la tenemos hoy en los escritos inspirados de la Palabra de Dios, que ya está “cumplidamente” anunciada (Colosenses 1:25).
Pablo llama al Evangelio “la palabra de la cruz” (1 Corintios 1:18). Los pecados del que obedece al Evangelio (Romanos 10:16) por la fe no solo han sido expiados y borrados en la cruz, sino que el propio creyente ha encontrado allí el fin de su viejo hombre: está “juntamente crucificado” (Gálatas 2:20) y “muerto con Cristo” (Colosenses 2:20). ¿Qué tiene entonces que ver el Evangelio con la sabiduría de los hombres, que busca vanamente al viejo hombre corrupto para hacerlo “sabio”, “noble” y “poderoso” (1 Corintios 1:26)?
Proclamar un Evangelio puro
Pablo tuvo cuidado de predicar un Evangelio puro, sin añadir palabras sabias. Solo así el Evangelio puede salvar a los hombres y revelarse como el poder de Dios. El apóstol se propuso no saber entre los sabios de Grecia “cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado”. En medio de estos hombres elocuentes y llenos de sí mismos, él estaba “con debilidad, y mucho temor y temblor” (1 Corintios 2:2-3). Para él era una batalla; no hubiera querido de ninguna manera ponerse en el terreno de ellos. Su palabra y su predicación no fueron “con palabras persuasivas de humana sabiduría”, sino –y este es un punto crucial en la predicación del Evangelio– “con demostración del Espíritu y de poder” (v. 4). La verdadera fe no se apoya en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Si el apóstol nunca dejó de resistir con fuerte convicción a la mezcla de ley y gracia propagada por muchos falsos maestros judíos, también resistió resueltamente a la intervención de la sabiduría humana. El Evangelio es “sabiduría de Dios”. Aunque se haya proclamado durante dos mil años, no tolera adiciones ni supresiones de ningún tipo, vengan de donde vengan. Es la verdad completa y divina.
El cristiano y el deseo de novedades
El mensajero de Dios puso la cruz de Cristo ante los ojos de aquellos griegos para los cuales los pensamientos humanos eran tan importantes. La cruz condena y juzga al hombre natural con su sabiduría, sus visiones del mundo y toda su actividad. Para ellos era locura, “pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Corintios 1:18). La cruz nos separa del mundo (Gálatas 6:14), nos liberta del viejo «yo», de la ley (2:19-20) y del pecado (Romanos 6:22). Pero es importante reconocer y practicar esta liberación en todos los ámbitos, incluso en la “sabiduría de este mundo” (1 Corintios 3:19). Porque esta se esconde muy fácilmente detrás de las cosas nuevas que buscan atraernos y distraernos por todos lados.
En general, los jóvenes no tienden a considerar que lo que ha existido hasta ahora es inmutable. Están abiertos a lo nuevo. El progreso de la tecnología, la ciencia y la investigación se deben en gran medida a esta aspiración hacia lo nuevo. Pero estemos alertas, no permitamos que esta necesidad de decir u oír “algo nuevo” entre en el ámbito espiritual. Porque si la verdad de Dios, tal como la tenemos en la Biblia, “la palabra de verdad” (Efesios 1:13), es definitiva e inmutable, y si nuestro Dios no ha añadido ninguna revelación nueva desde hace veintiún siglos, lo nuevo solo puede venir del hombre.
Quien examine el curso del cristianismo desde los días de los apóstoles encontrará la confirmación de esto. Todas las cosas nuevas que se han ido añadiendo a la doctrina cristiana han cubierto los cimientos de la “doctrina de los apóstoles” (Hechos 2:42) con un montón de escombros que han oscurecido espantosamente la luz de la verdad. Por otro lado, los movimientos y avivamientos que han venido de Dios han demostrado su autenticidad en el sentido de que han llevado de vuelta a los creyentes a la doctrina pura de la Palabra.
Varios de nosotros tenemos como ancestros a aquellos que se lamentaron por este estado de la cristiandad. Buscaban, a través de grandes ejercicios de corazón y conciencia, restaurar la verdad de Dios a su forma original, y someterse a ella en todas las cosas. El Señor les mostró su aprobación y derramó abundantes bendiciones sobre ellos y a través de ellos. Estos creyentes no buscaban algo nuevo, sino “lo que era desde el principio” (1 Juan 1:1).
¿Cómo nos comportamos ahora? ¿Dejamos de nuevo que la Palabra quede enterrada bajo los escombros y que los escritos de estos hermanos queden sepultados bajo el polvo?
No, se nos exhorta a “contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” y a edificarnos sobre nuestra “santísima fe” (Judas 3, 20). No nos detengamos en las nuevas ideas de moda entre los hombres; el gozo del creyente no se encuentra en los debates y las discusiones, sino en la Palabra de Dios (Salmo 119:111), en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), en el Señor (Filipenses 4:4), en la comunión verdaderamente con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Juan 1:3), y en la obediencia (Juan 15:10-11).
Por tanto, debemos tomarnos muy en serio el entrar cada día en la esfera infinitamente alta de los pensamientos de Dios y someternos a su voluntad. Entonces podremos descubrir nuevas glorias cada día, y también disfrutarlas con los demás. ¡Permanecer eternamente en esta santa atmósfera será nuestra dicha celestial, siempre renovada!