El ABC del cristiano /21

El Padre nos educa

La era

“Su aventador está en su mano, y limpiará su era...” (Lucas 3:17).1

¡Cuántas veces en el Evangelio, el Señor Jesús habla de la siega! Mira los campos y dice: “Ya están blancos para la siega” (Juan 4:35). Vio en su mente todo lo que la gracia obraría en virtud de su sacrificio en la cruz para salvar almas en este mundo por la eternidad.

Considerando en otra parte la grandeza de esta mies, exhorta a sus discípulos a rogar al Señor “que envíe (empuje, versión francesa J.N.D.) obreros a su mies” (Lucas 10:2): si, por una parte, Dios es el único que puede obrar la salvación de un alma, por otra parte, quiere servirse de los suyos para difundir el Evangelio y atraer a los pecadores hacia él. No solo se nos dice que pidamos al Señor que envíe obreros a su mies, sino que los empuje hacia ella. Porque tantos obstáculos surgen cuando se siente el llamamiento al servicio del Señor, que se necesita toda la acción de su Espíritu para “empujarlos”.

Pero el Señor no recoge inmediatamente hacia él en el cielo a los que son salvos. Casi siempre, los deja en la tierra por un tiempo más o menos largo, para enseñarles, formarlos, disciplinarlos si es necesario, y prepararlos para la gloria. Es el momento de la “era”.

Bajo el gran cielo azul pálido de Sudamérica, donde flotan algunas nubes, los campos a segar se extienden hasta donde alcanza la vista. Las grandes cosechadoras avanzan, cortando las mazorcas a su izquierda, dejando caer a su derecha los sacos llenos de grano que un camión recogerá más tarde.

Este no era el caso cuando el Señor Jesús estaba en la tierra. La siega se realizaba con una hoz, y las espigas de trigo llevadas a la era, debían someterse a una doble operación. En primer lugar, eran trilladas; una figura de la disciplina del Padre, de la cual todos han sido participantes, “para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12:10). No se trata de un castigo, sino de las diversas pruebas por las que el Padre hace pasar a sus hijos, para que se den cuenta prácticamente de la separación del mal, y que su vida corresponda a la santidad con la que ya los ha revestido. No tienen que alcanzar la santidad, sino demostrar que «son» santos.

El trigo trillado luego se aventaba. La era solía estar en una colina, expuesta al viento. El trigo era arrojado por el aventador, y el aire se llevaba la paja. De ahí la expresión del Salmo 1: “Los malos... son como el tamo2que arrebata el viento” (v. 4). ¿A quién se le ocurre recoger en el granero, granos de trigo aún envueltos en una paja sin valor? Todo lo que no le importa a Dios debe ser eliminado de la vida del creyente. Esto es lo que hace el Espíritu Santo, en el cual el Señor bautiza a los que creen en él, como dice Juan (Lucas 3:16). El trigo nos habla de Cristo mismo. La paja debe ser eliminada para que Cristo pueda ser visto en los suyos. Los “valles” –tantas deficiencias en nuestro caminar– deben ser rellenados; los “montes y collados” –el orgullo y la vanidad– deben ser bajados; los “caminos torcidos” –tan comunes en nuestra vida– deben ser enderezados; y los “caminos ásperos” –en los que tropiezan aquellos para quienes somos tan fácilmente una piedra de tropiezo– deben convertirse en caminos allanados (v. 5).

En la era de Ornán, David, cubierto de cilicio, fue a confesar su pecado: “Yo mismo soy el que pequé, y ciertamente he hecho mal... sea ahora tu mano contra mí” (1 Crónicas 21:17). También allí experimentó toda la gracia de Dios, en cuya mano había deseado “caer” (v. 13). En el monte de Moriah, en el cual se ofreció a Isaac, donde se edificó el templo de Salomón, no lejos del Gólgota, David ofreció el holocausto sobre el que descendió el fuego desde los cielos (v. 26).

En la era de Booz, Rut vino por la noche a acostarse “a sus pies” (Rut 3:8). Extranjera, encontró compasión con quien pudo redimirla, y más tarde la tomó por esposa.

En la era de Atad hubo grande y muy triste lamentación (Génesis 50:10). En la era de Nacón, la muerte le sobrevino al que se había atrevido a poner las manos sobre el arca de Dios (2 Samuel 6:6-7).

En una era, finalmente, Gedeón puso el vellón, figura del Cordero de Dios que, habiendo glorificado plenamente a Dios en su vida, podía ser objeto de su favor: el rocío empapó el vellón. Pero en la noche siguiente, el vellón quedó seco: el juicio y el abandono cayeron sobre aquel que, hecho pecado por nosotros, tuvo que soportar la ira divina en la era, para que la bendición de Dios se extendiera a nosotros, y entonces “en toda la tierra hubo rocío” (Jueces 6:37-40).

La era de la disciplina, del juicio del mal, de la separación de todo lo que es de la carne, pronto dará paso al “granero”, a la felicidad eterna, que disfrutará más que ningún otro aquel que “volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Salmo 126:6).

Para quebrar nuestra voluntad, Dios suele quebrar nuestro cuerpo o nuestra cabeza o nuestro corazón; a veces incluso dos de estos tres elementos, si no los tres juntos. ¡Entonces no nos queda nada! De hecho, nos quedamos con el Señor, para gloriarnos en él; él permanece en nosotros para gloriarse en nuestra debilidad.

  • 1

    Este versículo se refiere principalmente a Israel, que aquí es llamado “era” de Dios. Quien de entre el pueblo escuchaba a Jesús y lo aceptaba por fe, constituía para él “trigo” que recogía en el “granero”. Pero la parte incrédula del pueblo era como la “paja” sobre la que iba a venir el juicio. En el siguiente capítulo, esta imagen se aplica también a los caminos de Dios en disciplina hacia los suyos.
    Ahora estamos en el tiempo de la “era”, todavía no en el del “granero”, donde el Señor pronto reunirá a todos los que son suyos. 

  • 2

    N. del E.: la palabra “tamo” significa restos de paja y polvo fino, resultantes de la trilla de granos como el de trigo.