La Iglesia del Dios viviente /3

La edificación por medio de la obra del ministerio

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La edificación por medio de la obra del ministerio

El crecimiento del cuerpo

El minúsculo brote de dos hojas que sale de la semilla, germinará y se desarrollará hasta convertirse en una gran planta con flores y frutos. El niño de pecho que permanece recostado sin poder bastarse a sí mismo se hará hombre con el paso de los años. Asimismo la Iglesia, el cuerpo de Cristo, es un organismo vivo (Efesios 4:11-16). Debe “crecer”, según el pensamiento del Señor.

Pero el cuerpo debe también crecer por dentro. Debe “llegar a”, “crecer” y ser “edificado”.

Al comparar a un niño con un hombre, se verifica fácilmente que el crecimiento del cuerpo sólo es posible cuando cada una de sus partes participa en ello: las manecitas y los piececitos crecieron, los miembros se alargaron, el pecho y los hombros se ensancharon; cada órgano en particular adquirió sus dimensiones maduras. Si hubiere un solo miembro retrasado en su desarrollo, sería un serio obstáculo para el crecimiento y la vida del resto del cuerpo.

 

Sucede lo mismo en el cuerpo de Cristo. Su crecimiento se lleva adelante por el hecho de que cada miembro en particular, todos nosotros (v. 13), participa en la evolución que nos lleva de la niñez al estado adulto (de “varón perfecto”).

La medida de la plena estatura

¿Cuándo se acaba el crecimiento del cuerpo de Cristo y del creyente en particular? En el momento en que todos habremos llegado “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”; hasta que hayamos crecido “en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:13, 15).

En los primeros capítulos de la epístola a los Efesios se nos dice claramente que cada redimido, por la gracia de Dios, ha sido vivificado con Cristo y ha sido resucitado con él. Ahora se lo ve sentado en los lugares celestiales con Cristo Jesús, bendecido con toda bendición espiritual (1:3). Ésta es la maravillosa posición y la parte gloriosa de cada redimido. Visto desde este punto de vista, aquí no se trata de ningún modo de crecimiento.

Pero el cuarto capítulo de esta misma epístola considera estas bendiciones en el aspecto práctico. Cuanto más el creyente toma conciencia de todo lo que le es dado en Cristo y realiza por la fe la plenitud de Cristo, tanto más crecerá prácticamente en todo en Él. Sin embargo, esto sólo tiene lugar a condición de que el viejo hombre esté despojado en cuanto a su pasada manera de vivir (4:22).

El cuerpo de Cristo en su conjunto no llegará nunca aquí abajo al blanco que le ha asignado la Cabeza: la medida de la plena estatura de Cristo. Pero ¡tendamos hacia este elevado y bendito objetivo, y procuremos alcanzarlo con todos los que pertenecen a su cuerpo! Pues, en efecto, madurar forma parte del crecimiento normal de los creyentes, así como pasar del estado de “hijito” al estado de “padre” (1 Juan 2:12-17).

¿Cómo se realiza la edificación del cuerpo?

Para que el cuerpo humano pueda crecer, tiene que estar alimentado con bebida y comida. Esto pone en actividad a ciertos órganos; el alimento se reduce a pequeños trozos, luego es disuelto, y los elementos adecuados se dirigen hacia los varios miembros para regenerar o crear sus células. La constitución y el crecimiento del cuerpo humano dependen pues del alimento diario y de la acción común de todos los órganos, según los maravillosos pensamientos de nuestro gran Dios creador.

La edificación del cuerpo de Cristo se desarrolla de manera parecida con la diferencia de que el alimento no tiene su origen en la sabiduría humana, ni en una mezcla de verdad y de filosofía: tal «alimento» nos lleva lejos de Cristo, hacia el hambre y la ruina como puede comprobarse evidentemente en la historia de la Iglesia. Sólo la Palabra de Dios sirve para la edificación del cuerpo de Cristo, y todo servicio eficaz consiste en presentar esta Palabra.

Este alimento divino tiene que estar suministrado a los miembros, a cada uno en particular, por el trabajo harmonioso de las distintas partes del cuerpo, de tal manera que pueda ser asimilada y que estimule el crecimiento. “Que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:15-16).

Cada uno de nosotros debería preguntarse a sí mismo: ¿Estoy funcionando como coyuntura que ayuda a los demás en el cuerpo de Cristo, en mi familia, entre mis amigos, según se presente la oportunidad? Que entre los creyentes también se manifieste por medio de nosotros el olor del conocimiento de Cristo (2 Corintios 2:14).

Los dones del Señor para su cuerpo

Pero el servicio en general de cada uno de los miembros de que acabamos de hablar no sería suficiente solo. El Señor glorificado, además, da a toda su Iglesia —no solamente a una «iglesia» en particular o a un grupo de creyentes— dones “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12). Sólo por medio de estos dones es posible el verdadero servicio de la Palabra. Aquel que ha recibido tal don del Señor, la Cabeza del cuerpo, es capacitado, como también responsable delante de Él, para utilizarlo y servirlo fielmente.

No confundamos esos dones con las capacidades naturales que un hombre pueda poseer aun antes de su conversión. En la parábola de Mateo 25:14-30, el siervo recibe los talentos “conforme a su capacidad”. De eso se puede concluir que el Señor, al asignar los dones espirituales, toma en cuenta las capacidades naturales presentes. Pero un don natural en sí no constituye a nadie siervo de la Palabra, reconocido por la “Cabeza del cuerpo”.

El dispensador de los dones espirituales es de hecho el Señor, pero son repartidos por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:11). Sólo pueden ser ejercitados de manera útil bajo la dirección del Espíritu de verdad y de amor. El don es una capacidad espiritual que se acredita en la presentación misma de la Palabra, de manera que pueda traer bendición a las almas.

Examinemos brevemente estos dones que sirven para la edificación del cuerpo por medio del ministerio de la Palabra. Son enumerados por orden en Efesios 4:11: “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”.

Apóstoles y profetas

Pedro, Juan y Pablo eran tanto apóstoles como profetas1

del Nuevo Testamento, y sus escritos apostólicos también tienen carácter profético (Efesios 2:20; Romanos 16:26).

El don de apóstol estaba ante todo en relación con el gobierno en el seno de la Iglesia y revestía de autoridad su servicio y sus hechos. En calidad de profetas, revelaban los pensamientos y la voluntad de Dios concerniente al gran misterio de la Iglesia y las cosas futuras. Hubo otros profetas, como por ejemplo Marcos y Lucas: inspirados por el Espíritu Santo, comunicaron los pensamientos de Dios, pero sin tener un ministerio apostólico. Según Hechos 1:21-26, el apóstol tenía que ser un testigo del ministerio y de la resurrección del Señor Jesús (1 Corintios 9:1; 15:5-8). Ya por esta razón una sucesión apostólica es imposible, al contrario de lo que pretenden hoy en día varios grupos de la cristiandad. Además, no hallamos ningún indicio en la Palabra de Dios que el Señor haya previsto sucesores de los apóstoles.

Los apóstoles y los profetas tuvieron que cumplir su misión en aquel tiempo. Por medio de ellos, el Señor puso el fundamento y empezó la edificación de la Iglesia; por medio de ellos la sustentó, y le prodigó todos los cuidados necesarios, y le dio “la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2:42).

Por medio de los apóstoles también completó la Palabra de Dios (Colosenses 1:25). Poseemos ahora la “doctrina de los apóstoles” completa en el canon de las Sagradas Escrituras. Así pues, estamos bajo la autoridad de la Palabra de Dios, que ahora es completa. Esta autoridad ha reemplazado a la de los apóstoles.

Evangelistas

El evangelista predica el Evangelio de la redención, de la gracia de una salvación perfecta en Cristo. Por este medio, libera a las almas del poder de Satanás y las trae a Dios; puesto que la obra del Espíritu acompaña a la Palabra de manera que esta última penetre con fuerza en el corazón y en la conciencia del auditor.

La actividad del evangelista no está limitada a un lugar preciso (Marcos 16:15). Su campo de trabajo es el mundo y, en una menor medida, la Iglesia de Dios. Sin embargo, el evangelista no debe descuidar el hecho de que las personas salvadas son agregadas al cuerpo de Cristo. Si no se preocupa de ver a los hijitos en la fe comprometerse realmente en el camino de la congregación de los hijos de Dios conforme a las enseñanzas de la Palabra, su servicio no corresponde, en un punto importante, al pensamiento de Dios.

Cada creyente es una “carta de Cristo” que, como tal, debe ser “conocida y leída por todos los hombres” (2 Corintios 3:2-3). Cada uno es exhortado “ante todo” a hacer “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres” a fin de que “sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:1-4). Cada uno debería estar lleno de amor por las almas y listo para dirigir hacia Cristo a las personas que encuentra. El testimonio personal y los esfuerzos de cada uno en particular —por ejemplo para distribuir tratados— son de gran importancia para la propagación de las Buenas Nuevas de Jesucristo. La eternidad lo hará ver.

Cuando el Señor da evangelistas a su Iglesia —hom­­bres que poseen un don espiritual particular para anunciar la Palabra de Dios en este mundo de manera eficaz— no quiere de ninguna manera disminuir por eso la responsabilidad personal particular de cada individuo.

Pastores y maestros

Después de ser llevados a la Iglesia de Dios por medio de la obra del Espíritu Santo, los creyentes se benefician aún de otros ministerios aparte del de evangelista. Desde entonces reciben cuidados, comida y son enseñados a no permanecer como “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres” (Efesios 4:14). Como ya lo hemos visto, ellos también —“todos”— han de llegar, por crecimiento continuo, “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

Con este fin, el ministerio de los pastores y de los maestros nos es particularmente útil.

El don de “maestro” en un hermano se manifiesta por la capacidad de escudriñar la Palabra de Dios, y de discernir claramente las doctrinas que contiene así como la relación entre sus diferentes partes. Por el poder del Espíritu, el maestro también puede comunicar estas doctrinas y estos pensamientos de Dios a otros con claridad, y difundir así la luz del conocimiento de la Palabra. Sea dicho de paso: aún hoy en día podemos sacar gran provecho de este don por medio de la lectura de los libros y escritos que nuestros predecesores nos han dejado.

El “pastor” igualmente tiene más o menos el don de enseñar. Pero, además de eso, tiene la gracia de discernir las necesidades y el estado de cada uno de los creyentes de quienes se ocupa, y de ayudarles con tacto y sabiduría. También va hacia los descarriados, procurando volverlos a traer al rebaño y al camino derecho.

Los evangelistas, los pastores y los maestros son pues siervos que el Señor emplea para juntar y edificar a los creyentes. Son canales por medio de los cuales la bendición se derrama de la Cabeza hacia los miembros, en el poder del Espíritu Santo. El Señor tiene cuidado de que estos dones se conserven en su Iglesia, ya que está llamada a crecer hasta su venida.

Orden divino u orden humano

Puede que varios lectores encuentren que los pensamientos que acabamos de expresar sean infrecuentes. Porque desde hace siglos existe en la cristiandad una concepción muy diferente de lo que se llama comúnmente el «servicio divino». Conforme a esta concepción humana, un joven decide ejercer la profesión de pastor o cura. Según pertenezca a tal iglesia o tal comunidad, irá a una facultad de teología o a un seminario. Después de aprobar sus exámenes, será «consagrado» u «ordenado» por sus superiores. En «su iglesia» o «su comunidad», él es el ministro, el pastor o el cura; es escogido y colocado por hombres. Todo el peso del ministerio de la Palabra y del cuidado de las almas descansa de ahora en adelante en él, aun si se diera la posibilidad de que ningún don espiritual le hubiese sido conferido por el Señor. En general, nadie puede participar libremente en el ministerio de la Palabra en «su comunidad» sin su acuerdo o aprobación; no se puede siquiera hablar de esto con relación a un «laico», aun si éste hubiere recibido del Señor mismo el don de evangelista, de pastor o de maestro.

El dilema entre el orden divino y el orden humano no debería causar ningún problema en el creyente. ¿Cómo podríamos adherir a un sistema humano de ministerio en el cual el mantenimiento del orden divino, tal como está descrito claramente en las Escrituras, está derribado y fuera imposible realizarlo?

La preparación del siervo y el ejercicio de un don

Dios prepara a los que recibirán y ejercerán dones. Las Escrituras nos lo explican claramente mediante unos ejemplos.

Dios “apartó desde el vientre de su madre” a un Saulo de Tarso y lo “llamó por su gracia” (Gálatas 1:15) para ser apóstol de las naciones. Durante largos años Saulo no sabía nada de eso. Vivía en un contexto muy distinto. Instruido en Jerusalén “a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley” de sus padres, se hizo celoso de la ley y persiguió a la Iglesia. Pensaba servir a Dios “prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres” (Hechos 22:3-5; Filipenses 3:5-6).

¿Poseía ya el don de apóstol, u otro don del Señor para su Iglesia? ¡De ningún modo! Esos dones no son dados sino para la edificación del cuerpo de Cristo, mientras que Saulo de Tarso perseguía y asolaba a la Iglesia de Dios (Gálatas 1:13). Le faltaba la conversión.

Primera condición: la conversión

Sólo por el camino del arrepentimiento, de la conversión y de la fe en Jesucristo el hombre es llevado a la Iglesia de los que son “llamados” a salir fuera del mundo. Sólo tal hombre pertenece al cuerpo de Cristo y puede ser así colocado por Dios en un servicio particular (1 Corintios 12:18-24). Todo aquel que no ha nacido de nuevo y no pertenece a Cristo, no puede poseer el Espíritu Santo ni ningún don de este Espíritu (Romanos 8:9).

No obstante, en la cristiandad algunos ni siquiera satisfacen esta primera condición para poseer un don espiritual, y sin embargo son reconocidos como pastores, siervos de Dios y maestros. Uno puede preguntarse seriamente: ¿no son ellos justamente los que destruyen “la fe” de los cristianos y anulan la autoridad de la Palabra? Cristo no los ha llamado para ser sus siervos. Por mucho que posean dones naturales brillantes para comprender y para hablar, por mucho que aparentemente sirvan una buena causa, han contribuido ampliamente, por su actividad, a la ruina de la cristiandad.

Pero a Saulo le correspondió el camino de Damasco. Allí encontró al Señor resucitado, delante de quien cayó en el polvo, condenando su vida anterior. Allí agradó a Dios revelar a su Hijo en él (Gálatas 1:16) y enseñarle la maravillosa relación del Señor con su Iglesia. ¡Qué cambio tan inmenso! El Señor pudo desde entonces decir de él: “Instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel” (Hechos 9:15).

Segunda condición: seguir a Jesús

Cuando Jesús quiso nombrar a doce discípulos para servirle en su gran obra, bajó al mar de Galilea. Allí llamó a Simón, Andrés, Jacobo y Juan, y les dijo: “Venid en pos de , y haré que seáis pescadores de hombres” (Marcos 1:17). Estos sencillos pescadores tenían que seguirle tal como estaban. Él quería hacer de ellos instrumentos útiles que anunciaran su maravillosa gracia a los hombres. Su preparación y formación consistían en seguirle cada día y en aprender de él. Él mismo quería enseñarles todo lo necesario. El pasaje de Marcos 3:14 expresa el asunto de una manera un poco distinta: “Estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar”. Solamente la relación en el secreto con el Señor Jesús capacita para Su servicio al siervo que ha recibido un don y un llamamiento especial. Y de allí el siervo saldrá, en el poder del Espíritu que habita en él, para ser un testigo de Cristo entre los hombres.

Tercera condición: el estudio de la Palabra de Dios

Los jóvenes cristianos se parecen a menudo a caballos fogosos que no soportan permanecer demasiado tiempo en la cuadra. Quieren ser activos y hacer enseguida «cosas grandes».

Pero ¿con qué quieren servir? Cierto, en la casa de Dios hay toda clase de tareas que cumplir, las que exigen ante todo un corazón lleno de amor y manos diligentes. Basta buscar tales oportunidades y seguramente se les presentarán. Pero si se trata de servicios que tienen como objeto la edificación del cuerpo de Cristo, entonces sólo puede ser utilizado aquel que conoce la Palabra de verdad y sabe explicarla y aplicarla. El siervo del Señor debe primeramente alimentarse él mismo de la Palabra, “permanecer” en ella, “aprovecharla” y ser “sabio para la salvación”. En la medida que la Palabra le haya servido a él, la podrá transmitir a otros.

El apóstol experimentado daba por el Espíritu de Dios un sabio consejo a Timoteo, su joven compañero de obra: “Ocúpate en la lectura... ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:13-16). “Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo... Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad... Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo... que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación... toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar... a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 2:7, 15; 3:14-17).

Cuarta condición: aprender en la escuela de Dios

Si oprime el interruptor, la luz se enciende enseguida. Pero entre el momento en que se recibe un don del Espíritu y el momento en el cual se despliega plenamente, a menudo pasa un largo período de ejercicios en la escuela del Maestro, el cual lleva al alumno hacia un blanco del que todavía no tiene la menor idea. El divino Maestro escoge las materias para su alumno. Muchas lecciones son negativas: es preciso que sean quebrantadas la voluntad propia, el elevado concepto de su propia fuerza, de su propia sabiduría y de su propia capacidad. El alumno tiene que estar convencido en lo más profundo de sí mismo de que en él, o sea en su carne, “no mora el bien” (Romanos 7:18). Tiene que aprender a ser vigilante en cuanto a la carne y a andar por el Espíritu. Éstas son evidentemente lecciones elementales por las cuales pasan todos los hijos de Dios; pero cuando alguien no aprende estas cosas ¿cómo podría el Señor hacer de él su instrumento particular?

Quinta condición: el servicio en las pequeñas cosas

Los creyentes de la iglesia de Tesalónica se habían convertido todos “de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9). A pesar de que no hacía mucho tiempo que habían entrado en este camino, sin embargo estaban todos, de una manera o de otra, activos en la obra del Señor, aunque fuera modestamente. Esta obra la tomaban muy en serio y consistía quizás ante todo en hacer peticiones por los hombres de su medio ambiente pagano, en hacer peticiones para el servicio del apóstol y de sus compañeros de obra y en dar un testimonio fiel hacia sus prójimos.

¿Cómo puede un creyente ser llamado a tareas mayores cuando le faltan tales manifestaciones de dedicación para con Dios y de interés por toda la obra del Señor? Aquel que, en su país, no tiene la preocupación por las almas perdidas no se convertirá en misionero por el mero hecho de salir a otras latitudes con la cabeza llena de conocimientos y con el estetoscopio de un médico. Llegando al campo misionero, tal hombre continuaría siendo el evangelista inexperimentado y descalificado que era en su país.

De la misma manera, los dones espirituales no se desarrollan de un modo incoherente. Pero a quien da pruebas de sus aptitudes en las cosas pequeñas, el Señor, si así lo desea, le puede confiar otras tareas. Esteban y Felipe formaban parte, al principio, de los hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, encargados de “servir a las mesas” (Hechos 6:2-5). Luego le fue rápidamente dado a Esteban el hacer grandes prodigios y señales entre el pueblo. En cuanto a Felipe, vino a ser un “evangelista” (Hechos 21:8).

Las direcciones personales del Señor

Cuando Pablo empezó a seguir a Jesús, hizo la pregunta siguiente: “¿Qué haré, Señor?” El Señor le dijo: “Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas” (Hechos 22:10). En adelante, encontraba la primera indicación personal del Señor sobre el camino que tenía que proseguir. En Damasco, según esa primera palabra del Maestro, recibió más luz sobre el servicio que le estaba ordenado. Más tarde, en Antioquía, fue mandado con Bernabé “por el Espíritu Santo” (Hechos 13:2, 4) para hacer el primer viaje de evangelización. Durante sus viajes, el Señor nunca lo dejó sin directivas (Hechos 16:6-12).

Igualmente hoy en día, el Señor no ha dejado de dar por el Espíritu directivas claras a sus siervos. Uno es dirigido hacia un camino de servicios escondidos. En cambio, otro es llevado a Damasco donde el Señor le enseña el carácter de su servicio particular en la Iglesia de Dios. Puede que al lado de este servicio siga con su actividad profesional habitual. Es lo que hizo el apóstol Pablo por mucho tiempo (Hechos 18:3; 20:34-35). Sirvió a costa de muchos sacrificios y sufrimientos (1 Corintios 9:12, 15, 18; 1 Tesalonicenses 2:9). Si el Señor da trabajo al punto de que uno se vea obligado a abandonar su actividad profesional, es preciso hacerlo en la obediencia y la confianza en el Señor. Él no deja ni desampara a sus siervos. En 1 Corintios 9 aprendemos de qué manera quiere hacer frente a las necesidades vitales de los que “anuncian el evangelio” y “siembran... lo espiritual” (v. 14, 11).

Cada creyente es un “siervo de Jesucristo”. En todo su servicio, tanto para las grandes como para las pequeñas decisiones, debería actuar sólo con la íntima convicción de que así se lo ha ordenado el Señor.

Sigue siendo provechoso, en el curso del ejercicio de nuestro servicio, escuchar los reparos de hermanos experimentados y espirituales y sopesar sus consejos delante del Señor. Si un siervo tiene de veras a pecho la gloria del Señor y el bien de su Iglesia, ¿cómo haría poco caso de las preocupaciones de sus hermanos con el motivo de que no tienen que meterse en sus asuntos?

Pero sobre todo, queremos atenernos firmemente al principio bíblico: el que ha recibido un don del Señor para la edificación de su Iglesia es responsable de ejercerlo en Su dependencia.

Enseñanzas sacadas de la historia de la Iglesia

En el curso de los siglos, las tendencias del corazón humano han hecho que el estado de la Iglesia de los primeros días, agradable entonces a Dios, evolucione en la ruina de la cristiandad actual. Esta misma tendencia también está presente en nuestros corazones. Por eso, hemos de estar vigilantes si no queremos alejarnos de ninguna manera del orden en la casa de Dios, tal como nos está descrito en su Palabra.

Es así como en la cristiandad se ha llegado a hacer la distinción entre un estado «secular» y un estado «eclesiástico», formándose una clasificación de creyentes «laicos» y un «clero», mientras que todos aquellos que son nacidos de nuevo y por eso poseen el Espíritu Santo deberían ser creyentes “espirituales” (Gálatas 6:1), perteneciendo tanto al “sacerdocio santo” como al “real sacerdocio” (1 Pedro 2:5, 9).

Este doble peligro también nos amenaza. Unos tienen tendencia a dejar todo el trabajo sólo a los hermanos que desean servir al Señor con dedicación. Tienen la impresión de que ellos mismos pertenecen a otra clase, precisamente a los “laicos”. Según ellos, éstos tendrían el derecho de permanecer pasivos en las cosas espirituales, pero a la vez de estar tanto más activos en las cosas terrestres y mundanales. Ahora bien, el pasaje siguiente se aplica a todos: “Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1).

Por otro lado, aquellos a quienes el Señor ha confiado un servicio público de la Palabra deben abstenerse de seguir la tendencia del corazón natural de querer hacerse valer, y de tomar una posición hacia sus hermanos que de ninguna manera les corresponda. Pedro escribió a los ancianos: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:2-3). Había entendido la exhortación de su Señor: “Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos... Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo” (Mateo 23:8-11).

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Nota del Editor: Los lectores que quisieran profundizar con más detalle estas importantes verdades pueden llevar a cabo un curso bíblico gratis sobre la Iglesia o Asamblea, escribiendo a Creced (al correo electrónico revista@creced.ch, o por medio del formulario de contacto) para recibir la primera lección. También es posible hacer el curso online.

  • 1N. del E.: Aquí, “los profetas”, no se refiere a los del Antiguo Testamento, sino a los que fueron suscitados después de Cristo. Hablaron directamente a sus contemporáneos de parte de Dios. Hoy en día, el que profetiza aplica la Palabra según las necesidades del momento que Dios le hace discernir en la Iglesia (véase 1 Corintios 14:3).