La Iglesia del Dios viviente /7

El lugar de la mujer en la Iglesia de Dios

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El lugar de la mujer en la Iglesia de Dios

En la ley de Moisés, los animales del mar y de los ríos que tenían “aletas y escamas” (Levítico 11:9) eran considerados puros. Las aletas permiten que los peces tomen la dirección correcta y naden contra la corriente. Las escamas les sirven como una especie de coraza contra los peligros del medio ambiente.

Para todos los que siguen al Señor Jesús, el mundo con sus ideas, con sus principios, con sus objetivos y con sus gozos, se ha vuelto un elemento extraño y peligroso. El Señor mismo lo confirma: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16). Aquel que no sigue al Señor rechazado por el mundo con la energía de la fe, y que no busca de todo corazón “cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2), es llevado por la fuerte corriente del mundo, y cae cada vez más bajo su perniciosa influencia. Es preciso que el mundo no halle ningún punto débil en nuestra coraza por el cual sus elementos dañinos puedan penetrar.

Mucha tirantez que tiene lugar entre los hijos y los padres, entre los hermanos y hermanas jóvenes y mayores, se debe al hecho de que los jóvenes no toman en cuenta las enseñanzas de la Palabra infalible, deseando seguir sus propias ideas modernas en puntos que ellos estiman «de poca importancia». Si los que pertenecen al Señor tuvieran cuidado, cada uno por sí mismo, de “no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:2), habría armonía perfecta entre los jóvenes y los mayores. Entonces se encontraría muchas veces que lo que parece ser falta de corazón y estrechez en los de mayor edad, es el resultado de la instrucción de la Palabra que tiene su fuente en el corazón de Dios.

Un ejemplo particularmente patente de tal corriente es el feminismo, el cual se extiende más y más en el mundo desde hace algunas décadas, y que brega para que la mujer ocupe la misma posición que el hombre en la sociedad. Esta corriente ni siquiera tiene su origen en los países paganos donde la mujer era considerada como la esclava del hombre y tratada como tal. Al contrario, se ha desarrollado sobre todo en nuestros países de occidente donde, desde hace mucho tiempo, el cristianismo ha liberado a la mujer de la esclavitud. La reivindicación actual para la igualdad de los derechos no procede de la Palabra de Dios, como lo vamos a ver. Su fuente se halla en una apreciación humana de la justicia. Este movimiento es una corriente mundana tanto más peligrosa para los hijos de Dios cuanto sus metas nos parecen nobles. Será pues útil, en relación con nuestro tema principal, hacer la siguiente pregunta:

¿Qué lugar tiene la mujer en la Iglesia de Dios?

Para hallar la respuesta correcta, es preciso que quede bien claro cuál es el lugar que Dios dio a la mujer en la creación, y cuáles son las consecuencias de la caída para ella.

Su lugar en la creación

Adán fue creado primero (1 Timoteo 2:13). Dios lo formó a partir “del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida” (Génesis 2:7). “Lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase”. Al mismo tiempo, le prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Después de que el hombre hubiera vivido cierto tiempo cumpliendo su tarea, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:15-20).

Dios creó pues “por causa del varón” (1 Corintios 11:9) a un ser que le fuese de “ayuda idónea” y le complementase para cumplir la misión que le había confiado. Esta particularidad de la mujer no caracterizaba solamente a Eva, la mujer de Adán, sino que confiere el rasgo distintivo de cada representante de su sexo mientras existan la tierra y las leyes de la naturaleza establecidas por Dios. Por eso, 4000 años más tarde el apóstol Pablo, por el Espíritu Santo, confirma este hecho como fundamento de la posición de la mujer respecto del hombre (1 Corintios 11:9). La mujer tiene una estatura menor y es de constitución más delicada, también se diferencia del hombre en su manera de pensar y de sentir las cosas. Esto ya es una prueba de que fue creada para ocupar otro lugar en el mundo.

Eva no fue creada del polvo de la tierra independientemente de Adán, sino que “de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer... Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona (Ishshah), porque del varón (Ish) fue tomada” (Génesis 2:22-23). Este acto de creación no sólo confirma la posición de subordinación de la mujer, sino que constituye también una imagen de la maravillosa relación de Cristo con su Iglesia, relación establecida por su muerte. Y esta relación es también el modelo dado por Dios para las relaciones entre el hombre y la mujer en la pareja. El respeto del orden divino no impide al hombre amar a su mujer “como a su mismo cuerpo” y de sustentarla y cuidarla (Efesios 5:22-23, 28-29), más bien le incita a hacerlo.

El orden de la creación da a la mujer la posibilidad de alcanzar su plenitud conforme a su ser. La desdicha viene por el pecado que nos incita a despreciar los pensamientos de Dios.

Las consecuencias de la caída

Satanás sabía muy bien que Dios había dado a Adán el mandamiento respecto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero aquel que, en el curso de los siglos, se ha manifestado como un buen conocedor de las debilidades del hombre, se presentó como tentador ante Eva, y no ante Adán. La encontró en el terreno de la igualdad de derechos, y Eva abandonó pronto su lugar de dependencia. En esta circunstancia fatal para la humanidad, Eva entró en negociaciones con nuestro declarado enemigo, como si esto fuera de su competencia. Le dijo: “podemos comer...”. La catástrofe sobrevino en el momento en que ella tomó la posición de jefe en lo que se refiere a las relaciones del ser humano con Dios (Génesis 3:1-6).

Por eso, aparte de la maldición pronunciada por Dios respecto a Adán en relación con la tierra, la mujer también sufrió consecuencias que sólo conciernen a su sexo: “Con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16). Cierto, Adán pecó con los ojos abiertos, y su falta fue mayor que la de su mujer. Sin embargo, no es él quien fue engañado, sino Eva cuando actuó en independencia (1 Timoteo 2:11-14). Por eso Dios le dijo: “él se enseñoreará de ti”. En otras palabras: no debes más dejar tu propio lugar de sujeción.

¿No ha cambiado todo para nosotros, los creyentes?

Para numerosos cristianos, como para los creyentes de Corinto, la diferencia entre el hombre y la mujer habría desaparecido aquí abajo y la mujer estaría en un plano de absoluta igualdad con el hombre, en vista de su posición en Cristo delante de Dios, donde todos son iguales. En sus escritos inspirados por Dios, el apóstol Pablo refutó claramente este erróneo punto de vista (1 Corintios 11:2-16). Mientras estamos en este cuerpo, el orden de la creación instaurado por Dios permanece vigente para nosotros. Y no podemos sustraernos a la maldición que vino sobre la creación. La declaración “no habrá más maldición” (Apocalipsis 22:3) será válida en la tierra sólo después del arrebatamiento de la Iglesia, la esposa de Cristo, y del establecimiento del reino milenario.

Según Dios, el lugar de la mujer en la Iglesia de Dios en la tierra corresponde al lugar que ella tiene en la creación y a las consecuencias de la caída.

Señales exteriores de la jerarquía divina

Hay una jerarquía divina:

  1. El jefe o cabeza de la mujer, es el varón.
  2. El jefe o cabeza de todo varón, es Cristo.
  3. El jefe o cabeza del Hijo del hombre ungido como Cristo, es Dios (1 Corintios 11:3).

Los hombres deberían respetar este orden; pero entre ellos todos los cimientos de la verdad vacilan. Cuando se trata de creyentes que han purificado sus almas por la obediencia a la verdad (1 Pedro 1:22) y que son llamados a resplandecer como luminares en medio de una generación maligna y perversa (Filipenses 2:15), Dios espera tanto más que se sometan a esta jerarquía en sus corazones, y no solamente esto, sino que la manifiesten exteriormente mediante señales visibles:

“Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza” (1 Corintios 11:4). Pues el hermano tiene que ser consciente de que no es a causa de una costumbre libertadora actual que se puede presentar delante de Dios con la cabeza descubierta, sino por una razón muy distinta: Hemos recordado que el hombre y la mujer constituyen en su relación una imagen de Cristo y de la Iglesia. Por eso el hombre que ora o profetiza no debe cubrir su cabeza porque en esta imagen representa a Cristo quien, como cabeza de la Iglesia, no está sometido a ningún dominio, sino que tiene el dominio. El hombre es “imagen y gloria de Dios” y afrentaría a Cristo, su cabeza, si orase o profetizase con su cabeza cubierta. La gloria de Cristo debe ser vista y no cubierta.

Una primera señal exterior

“Toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza” (1 Corintios 11:5). Negaría por eso que el hombre es su cabeza y que le está sujeta. Al contrario, debe reconocer en su corazón que este orden es Dios quien lo quiso y testificar, mediante la señal exterior de la cabeza cubierta, que ella (que representa a la Iglesia) está sujeta al hombre, su jefe, y que está así bajo su autoridad.

Una segunda señal exterior

En 1 Corintios 11 se da por sentado que la mujer tiene el cabello largo. Esta señal está también estrechamente ligada a lo que significa cubrirse la cabeza (1 Corintios 11:6), pero tiene también otro alcance espiritual. El cabello largo le es dado a la mujer en lugar de velo (1 Corintios 11:15). La persona que lleva un velo está escondida detrás de él. Pero al mismo tiempo este velo es “honroso”, o sea, un adorno, un ornato. ¿Cuál es pues el verdadero adorno de la mujer? En 1 Timoteo 2:9-10 está dicho respecto de esto: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia...”. Y en 1 Pedro 3:1-6: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que... sean ganados... considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo... sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible... porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres... estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor”.

Vemos aquí un atavío detrás del cual el ser interno, el del corazón, está escondido, de la misma manera que el ser externo está escondido detrás del velo del cabello largo. Este atavío moral mencionado en los versículos arriba citados está puesto en evidencia por el ser “interno, el del corazón” y por eso es al mismo tiempo la prueba de su presencia y de la vida que mora en él. Ocurre exactamente lo mismo con el cabello largo y el ser que está escondido detrás. Así, el cabello largo es una imagen del ornato incorruptible de un espíritu afable y apacible que se manifiesta como está descrito en los versículos que acabamos de citar. Pero si ahora una mujer o una joven no tiene el cabello largo, esto equivale a decir: «me falta el adorno espiritual». Por eso está escrito: “Porque si la mujer no se cubre” (es decir, no reconoce su sumisión), “que se corte también el cabello”. Una hermana, meditando con calma en estas cosas delante del Señor ¿cómo no se vería atraída por este adorno espiritual y no lo adoptaría exteriormente?

Por causa de los ángeles

Quienes desechan tan fácilmente cosas que ellos mismos califican como «detalles» sin importancia, podrían formularse la siguiente pregunta: «¿Por qué Dios se apega a esta señal exterior? ¿No ve el corazón solamente?» La Palabra de Dios dice: “por causa de los ángeles” (1 Corintios 11:10). Aparte de los hombres, los ángeles son los únicos seres de la creación dotados de discernimiento e inteligencia. Cierto, no pueden comprender el consejo de Dios para con los hombres, la maravillosa y gloriosa relación entre los redimidos y Dios, así como lo leemos: “cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 Pedro 1:12), puesto que fueron reveladas “a sus santos”, y no a ellos. Sin embargo, conocen el orden de Dios en la creación. “Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles”.

Esta breve explicación de la Palabra de Dios basta a la fe sencilla. No obstante, que aquel que encuentre dificultad en inclinarse frente a estas directivas se examine para ver si no le falta precisamente el estado de corazón que se expresa mediante estas simples señales exteriores.

La mujer no debe enseñar

Todos los que siguieron atentamente lo que acabamos de decir entenderán por qué el apóstol, por el Espíritu Santo, da la instrucción siguiente: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Timoteo 2:11-12). Y también: “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas” (1 Corintios 14:34). En el curso de sus explicaciones, Pablo alude nuevamente al orden enla creación y al papel principal que Eva desempeñó en la caída (1 Timoteo 2:13-14).

Ninguna hermana que se somete a estas directivas enseñará públicamente en un lugar donde los hombres están presentes, porque haciendo así tomaría la dirección. Puede haber circunstancias y situaciones en las cuales una hermana que busca servir al Señor con celo y dedicación tenga grandes ejercicios de corazón para mantenerse detrás de esta barrera. Pero nuestro servicio agrada al Señor sólo cuando nos sometemos en todo a su Palabra y a su voluntad.

Una hermana que se atiene a este orden no orará en público en las reuniones de la iglesia; porque se constituiría en boca de los hermanos presentes y, por ende, tomaría la dirección.

El verdadero campo de actividad de la mujer creyente

¡Que nadie vaya a pensar después de todas estas declaraciones que una hermana tenga menos valor que un hermano para el corazón del Señor! “Amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Juan 11:5). ¡Y que nadie piense que la vida y el servicio de una hermana vayan a ser menos importantes para el Señor que la vida de un hermano que le sirve más públicamente! Él no aprecia nuestro servicio según el alcance del sonido de la voz, ni según el eco que halla entre los hombres. Aquí se trata únicamente del lugar que debe tomar la mujer creyente que pertenece a la Iglesia de Dios. Ahora queremos definir brevemente el verdadero campo de su actividad que se ejerce más bien en el seno de la casa que en público. Abundantes ejemplos de la Palabra de Dios lo confirman.

En el matrimonio en calidad de mujer y madre: La mayoría de las hermanas han hallado en su propia familia el campo de actividad que corresponde enteramente a su naturaleza y a su ser. A la mujer piadosa se le ofrecen posibilidades para desarrollar plenamente sus numerosos dones y capacidades que en muchos aspectos son distintos de los del hombre. Qué bendición cuando, más allá de las diversas tareas domésticas, ella no olvida las grandes metas de su elevada misión, tan bien descritas en Proverbios 31 y que podemos aplicar a la familia cristiana.

No solamente es una gran ayuda para su marido en las necesidades exteriores, sino también para la tarea a la cual el Señor la ha llamado. “El corazón de su marido está en ella confiado, y no carecerá de ganancias. Le da ella bien y no mal todos los días de su vida” (Proverbios 31:11-12). Si “su marido es conocido en las puertas, cuando se sienta con los ancianos de la tierra” (Proverbios 31:23), es gracias al apoyo de ella. Por supuesto que el hermano no tiene que buscar un sitio de honor en este mundo sino que aspirará a servir al Señor en su obra. ¡Cuán animado estará si su mujer lo sostiene, lo acompaña en la oración y está lista para hacer sacrificios para que su marido pueda cumplir su servicio sin estorbos!

¡Qué importancia tiene también la educación de los hijos “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4), que descansa en gran parte en la madre! También en eso “abre su boca con sabiduría”, sabiduría que habrá extraído de la Palabra de Dios y en su relación personal con el Señor, “y la ley de clemencia está en su lengua” (Proverbios 31:26). Así es cómo Moisés, Samuel, Timoteo y muchos otros, de quienes el ministerio ha sido de bendición para el pueblo de Dios, han recibido desde su más tierna infancia, impresiones profundas y duraderas a través de la enseñanza de su madre.

“Alarga su mano al pobre, y extiende sus manos al menesteroso” (Proverbios 31:20), practica la hospitalidad (Romanos 12:13), y sin desatender estas tareas importantes, tiene aún tiempo —la mujer en Proverbios 31 tenía criadas— “considera la heredad, y la compra”. Para ella los intereses del Señor están en el primer plano y todos los frutos de su trabajo son para él.

El servicio de las hermanas solteras: Lo que debería ser la meta principal de las esposas y de las madres también puede caracterizar a las solteras. “La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor” (1 Corintios 7:34) nos dice la Palabra. Si considera su vida desde este ángulo ¡cuántas consecuencias tan ricas brotarán de ello!

Fundamentalmente, el campo de actividad de las solteras es similar al de sus hermanas casadas. La hermana soltera tal vez se ocupará de la escuela dominical o tendrá otro servicio con los niños. Cuidará, particularmente por medio de visitas, de los enfermos y de sus familias. Tendrá a pecho toda la obra del Señor, y acompañará a sus servidores con sus oraciones e intercesiones. Si “considera” con interés detenido esta gran “heredad”, “la comprará” (Proverbios 31:16). El Señor no dejará de mostrarle tareas que cumplir en su ambiente próximo o lejano, tareas que corresponderán al lugar que Dios le ha atribuido en la iglesia, y que a veces ningún hermano puede cumplir. ¡Ojalá que haya muchas de estas hermanas dedicadas y que no hacen caso de sí mismas en la obra del Señor!

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Nota del Editor: Los lectores que quisieran profundizar con más detalle estas importantes verdades pueden llevar a cabo un curso bíblico gratis sobre la Iglesia o Asamblea, escribiendo a Creced (al correo electrónico revista@creced.ch, o por medio del formulario de contacto) para recibir la primera lección. También es posible hacer el curso online.