El Espíritu Santo /1

Primera parte

El “otro Consolador”

Son tantas las opiniones erróneas que han surgido en medio de la cristiandad actual referentes al Espíritu Santo y a su actividad en la tierra, que es necesario referirse sin cesar a las enseñanzas que guardan armonía con las Sagradas Escrituras. Nos ayudan a distanciarnos de tendencias malsanas y a examinarnos para saber si estamos abiertos a una real actividad del Espíritu o no.

Que el tema cuyo estudio vamos a emprender nos ayude a recordar las verdades conocidas de muchos creyentes, pero que son tan fácilmente perdidas de vista.

El Espíritu Santo es una persona de la Deidad

Cuando Jesús se hizo bautizar en el Jordán, Dios fue revelado en su Trinidad: el Hijo de Dios estaba allí como hombre en la tierra, y empezaba su servicio; la voz de Dios el Padre vino del cielo, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”; el Espíritu de Dios descendió “como paloma” sobre el Hijo de Dios hecho hombre (Mateo 3:13-17). Cuando el Señor Jesús, antes de su ascensión al cielo, encomendó a sus discípulos la gran misión de llevar el Evangelio al mundo entero, les dio la siguiente orden: “Por tanto, id... bautizándolos (a las naciones) en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19): un carácter importante del bautismo cristiano.

Numerosos pasajes del Nuevo Testamento demuestran que el Espíritu Santo no es solamente una «influencia» indescriptible que dimana de Dios, ni una «influencia» sobrehumana que él generara. Es más bien una persona, autónoma en pensamiento, en palabras y en hechos. Las expresiones siguientes aparecen repetidas veces: “el Espíritu todo lo escudriña”, el Espíritu habla, da testimonio, enseña, ordena, guía; el Espíritu envía a Bernabé y Pablo, arrebata a Felipe, intercede por nosotros, etc.

En la cristiandad actual, ¡cuántas cosas cuyo origen es de hecho humano, impuro o aun demoníaco, son atribuidas al Espíritu de Dios! No se puede, pues, insistir suficientemente en la verdad de que el Espíritu tiene los mismos caracteres que los del Padre y del Hijo. Como Dios —el Padre y el Hijo— es santo (Juan 17:11), así también la Palabra lo llama expresa e intencionalmente el Espíritu Santo (Lucas 1:35), en contraste con el espíritu del hombre que no es santo, o bien con los espíritus maléficos. Permanece separado de la injusticia o de la impureza bajo todas sus formas. — Como el Señor Jesús dice de sí mismo: “Yo soy... la verdad” (Juan 14:6), de la misma manera el Espíritu es llamado repetidas veces “el Espíritu de verdad” (14:17). — Dios es amor y el Espíritu es igualmente un Espíritu de amor (2 Timoteo 1:7). — El fruto del Espíritu, todas sus manifestaciones en la vida del creyente están en perfecto acuerdo con el carácter de Dios (Gálatas 5:22-23).

El Espíritu Santo, el “otro Consolador”1 , iba a venir a la tierra

Dios no mandó a su Hijo al mundo para que se quedara en la tierra. Jesús sabía “que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre” (Juan 13:1). Esta hora llegó cuando Jesucristo hubo cumplido el mandato que Dios el Padre le había encomendado en su primera venida al mundo, y esto para Su plena gloria y Su entera satisfacción.

Pero ¿que le pasó a la “manada pequeña” que creía en él y que él dejó en el mundo cuando partió? Hasta entonces, la había guardado y protegido de acuerdo con el nombre del Padre, de manera que ninguno de los suyos pereciese, salvo Judas, el hijo de perdición (Juan 17:12). Jesús se hallaba todo el tiempo cerca de sus discípulos; allí es donde se le podía ver. Estaban bien guardados en su mano y por su amor maravilloso. Les enseñaba, contestaba sus preguntas y resolvía sus problemas. Siempre podían llegarse a él con sus desamparos, sus angustias, sus dificultades y sus necesidades. En su proximidad, su corazón hallaba siempre sosiego, paz y gozo. El Señor era para ellos un Consolador perfecto. De esto los evangelios dan testimonio. Entonces comprendemos muy bien que la noticia de su regreso al Padre, donde ya no lo podrían ver, los llenara de tristeza (16:19-22).

Pero el Señor mismo sabía que, después de su partida, “otro Consolador” (14:16-17) vendría hacia los suyos y que estaría cerca de ellos por la eternidad. No solamente estaría cerca de la “manada pequeña” de aquellos días, sino también con la Iglesia entera que estaría en la tierra desde entonces y hasta su regreso. Este “otro Consolador” sería el Espíritu Santo que el Padre iba a enviarles en el nombre de Jesús (14:26)

Este cambio ¿les produciría una pérdida a los discípulos? Lo pensaban, porque ¡aún sabían tan pocas cosas sobre la persona del Espíritu Santo y su oficio! Pero el Señor Jesús conocía el cambio maravilloso que resultaría de la morada del Espíritu en los creyentes; por eso les dice: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (16:7).

Jesús describe la obra del Espíritu entre los suyos

Antes de subir al cielo, el Resucitado dijo a sus discípulos: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:46-49; compárese con Hechos 1:8). Tenemos el privilegio de ser testigos suyos en un mundo que ha despreciado a Cristo y que lo ha desechado con odio. Por eso se necesita la fuerza divina que es dada a los suyos en el poder del Espíritu Santo. Los doce discípulos no iban a tardar en ver lo que esta fuerza era capaz de hacer: los mismos que, en los días que siguieron la resurrección, habían cerrado las puertas por miedo de los judíos (Juan 20:19, 26), se mostraron llenos de valor frente a la multitud en el día de Pentecostés. Pedro mismo, el que había tenido miedo de confesar a Cristo en el patio del sumo sacerdote, anunciaba entonces, lleno del Espíritu Santo, el Evangelio de Cristo resucitado con gran poder a los judíos reunidos en Jerusalén de entre numerosas naciones, de manera que este día “tres mil personas” fueron agregadas (véase Hechos 2:38-41). Y desde estos primeros días de la historia de los apóstoles, siempre se ha comprobado que el “poder desde lo alto” se halla allí donde hay creyentes que buscan cumplir con la misión del Señor con dedicación y confianza en Él.

En Juan 14 a 16, el Señor describe muy especialmente la misión que, al llegar a este mundo, el Espíritu Santo iba a cumplir para los creyentes que están aquí abajo. Notemos algunas expresiones:

“El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (14:26). Esto se refiere primeramente al hecho de que, después de la venida del Espíritu, los apóstoles entendieron el significado de las palabras que habían oído de la boca de su maestro. Les recordó también a los autores de los evangelios todo lo que había acontecido durante el ministerio del Señor y los dirigió de tal manera que cada uno de sus escritos llevara un carácter particular.

Aparte de eso, el deseo del Espíritu de verdad es el de guiar a los creyentes “a toda la verdad” (16:13), en todo lo que nos es dado en Cristo resucitado y glorificado para el tiempo actual y para la eternidad. Así como fue con el Señor Jesús en este mundo, el Espíritu “no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere”. Al principio utilizó a los apóstoles para esto, especialmente al apóstol Pablo; hizo que comprendieran toda la verdad, y los hizo capaces de enseñar a los creyentes verbalmente y por carta. Por medio de sus escritos inspirados del Nuevo Testamento (la Palabra de Dios está completa; ya no hay nada que agregarle; Colosenses 1:25), nos enseña a nosotros, los creyentes de los tiempos actuales, y no cesa de recordarnos lo que en ellos está escrito. El Espíritu Santo da fuerza y dirección para el servicio de la Palabra (1 Pedro 4:11; 1 Corintios 12:4), y es “la unción” (1 Juan 2:27) que capacita aun a los “hijitos” en la fe para recibir la enseñanza que es conforme a la verdad.

En relación con la gloria del Señor, y con su venida para establecer su reino, el Espíritu iba a anunciar “las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13) por medio de los escritos del Nuevo Testamento.

Una de las metas principales de la obra de este “otro Consolador” consiste en colocar frente al corazón de los creyentes a la persona del Hijo de Dios, nuestro Señor y Redentor. En efecto, “el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16-17) halla su realización con la morada de Cristo, por la fe, en nuestros corazones. Así, el Señor Jesús dice del Espíritu: “él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26). “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (16:14).

La venida del Espíritu Santo

Diez días después de la ascensión del Señor al cielo, su promesa se cumplió: el Padre envió al “otro Consolador” para morar con los suyos y estar en ellos a fin de cumplir con todo lo que Jesús había dicho (Juan 14:16-17).

Este poderoso acontecimiento no pasó inadvertido (Hechos 2:1-21). En este día, los creyentes “estaban todos unánimes juntos”; oyeron de repente “un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos ellos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”.

El rumor de esto se propagó por toda Jerusalén. Todo el pueblo de los judíos tenía que saber que la palabra del profeta Joel se acababa de cumplir (Joel 2:28-32).

Luego Pedro, con el poder del Espíritu, llamó a los “varones israelitas” al arrepentimiento y les anunció el Evangelio de Jesucristo.

Millares de judíos creyeron al Evangelio y fueron salvos. Pero los dirigentes y la gran masa del pueblo que habían crucificado al Señor rechazaron también el testimonio del Espíritu Santo, persiguieron a la Iglesia y acabaron por dispersarla. En consecuencia, Dios abandonó a su pueblo terrenal. Pero, por su transgresión vino la salvación a los gentiles (Romanos 11:11).

Detengámonos ahora, y tomemos el tiempo para preguntarnos: ¿Qué significa para el creyente individualmente la presencia del “otro Consolador” en la tierra? ¿Y qué significa para la Iglesia del Señor? Las respuestas a estas preguntas son familiares a varios de nuestros lectores, pero estas verdades ¿no se nos escapan muy fácilmente en nuestra vida cristiana, a pesar de su importancia práctica fundamental? ¡Cuántas dificultades tenemos para hacerlas volver siempre a nuestros corazones y para examinarnos, para ver si nuestro comportamiento está conforme a ellas! Ya hemos hablado de la manera en que el Señor describe la acción del Espíritu entre los suyos. Para contestar a nuestras dos preguntas, refirámonos a los escritos inspirados del apóstol Pablo; conservan toda su vigencia hoy en día.

Nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo

En Romanos 8, que citaremos repetidas veces en relación con este tema, se dice expresamente en el versículo 9: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Poseer el Espíritu no es, pues, el privilegio de algunos cristianos adelantados. Cuando el hombre cree en el Evangelio y se vuelve a Dios, es nacido “de agua y del Espíritu” (Juan 3:5). Al creer es también “sellado con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).

Ahora mora en el corazón purificado por la fe (1 Corintios 3:16). El cuerpo con el cual el redimido servía hasta entonces al pecado es hecho ahora el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).

Esto tiene consecuencias maravillosas y de gran alcance: el creyente es llevado a una nueva posición. Estaba “en la carne”, pero ahora está “en el Espíritu” (Romanos 8:9, V.M.). Ya no es “deudor” (Romanos 8:12) o esclavo de la carne para obedecer a sus concupiscencias, sino que ahora pertenece a Dios, al Espíritu de Dios, a fin de que esté lleno del pensamiento del Espíritu que “es vida y paz” (8:9, 6).

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (nos hace captar esto). Ya no somos esclavos bajo la ley, sino que hemos recibido “el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (8:15-16). Esto caracteriza ahora nuestra relación con Dios. Y en los que son hechos “hijos”, el Espíritu logra producir fruto y obras para la gloria del Padre, no por obligación, sino suscitando y manteniendo en sus corazones los sentimientos e intereses apropiados.

Además, para cada creyente individualmente, el Espíritu Santo de la promesa es “las arras de nuestra herencia”, dadas a los que son coherederos con Jesucristo, hasta la redención futura de la posesión adquirida por Cristo (Efesios 1:14). La morada del Espíritu es pues también la prueba segura del derecho de los gentiles a la herencia, mientras que anteriormente no tenían ninguna promesa.

Consecuencias prácticas

¡Nuestro “cuerpo es templo del Espíritu Santo”! ¡Cómo enumerar todas las consecuencias prácticas de esta realidad bendita, innegable pero inexplicable para la mente humana!

Antes de abordar este tema más en detalle, volvamos a la diferencia que hay entre la vida nueva y el Espíritu Santo. Aun cuando seamos participantes de la naturaleza divina, y poseamos la vida de Dios, por ser nacidos de él, esta vida sin embargo no es el Espíritu Santo; porque él es una persona de la Deidad. Por eso leemos: “Para que os dé... el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16). El Espíritu es el poder de la vida que hemos recibido.

Andar en el Espíritu (Gálatas 5:16-26)

Aun cuando ya no estamos “en la carne”, sino “en el Espíritu”, la carne está aún en nosotros y se manifiesta por sus malas obras (Gálatas 5:19-21) si no se le opone ningún impedimento eficaz.

Prescripciones legales no nos preservan de aquellas malas obras; ya lo hemos experimentado lo suficiente. Pero la obra de Cristo nos ha traído la liberación. No es sólo la propiciación por nuestros pecados; nuestro viejo hombre también encuentra su fin en la muerte del Señor en la cruz. Es la enseñanza de Romanos 6, Colosenses 3 y de otros pasajes. La carne, con sus pasiones y deseos, está crucificada (Gálatas 5:24).

El Espíritu que mora en nosotros nos ayuda a mantenernos conscientes de esta verdad preciosa, y nos manda a ponerla en práctica por la fe. Él es quien desea mantener nuestros corazones en una relación constante con el Señor glorificado, así como en el gozo de los resultados de su obra y, por consecuencia, en Su gozo.

Se objetará tal vez que ¡no es siempre fácil detectar los impulsos de la carne! No obstante leemos: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:16-17). Cuanto más el deseo de nuestro corazón es andar en el Espíritu, paso por paso, tanto más detectaremos, en su luz, los impulsos de la carne, y tanto más nos alejaremos de ellos enérgicamente “para que no hagamos lo que quisiéremos”, o sea lo que la carne quisiera.

¡Ciertamente “el fruto del Espíritu” es todo lo contrario de las obras de la carne! No dejemos de procurar ardientemente andar en este mundo en el Espíritu, y de poner esto en práctica mientras estemos en este cuerpo, ¡a fin de que nuestra vida esté llena de “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”! (v. 22-23). El Espíritu no nos obliga, necesita corazones bien dispuestos.

La dirección del Espíritu

Disfrutamos aún de otra realidad bendita: el Espíritu de Dios quiere dirigir personalmente al creyente en su vida y su servicio para el Señor, y esto de manera continua. Los redimidos de quienes el cuerpo es el templo de Dios ya no son de ellos mismos (1 Corintios 6:19) sino que le pertenecen al Señor: “Ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí” (Romanos 14:7). De manera que el estado normal para cada uno de nosotros es avanzar en completa dependencia de Dios y de su Espíritu, y Cristo como hombre nos ha dejado un ejemplo perfecto, para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:21). Es un camino en el cual se halla un gozo cumplido (Juan 15:11) pero que es totalmente distinto de nuestro camino antes de nuestra conversión.

Existen pocos pasajes que hablen de la dirección del Espíritu. Pero ¿no es notable que estos versículos —Romanos 8:14 y Gálatas 5:18— estén precisamente en relación con la exhortación a no andar ya más en la carne sino en el Espíritu? Ahí es donde empieza la dirección del Espíritu. Aquel que no le hace caso y sigue andando en la carne se opone constantemente al Espíritu. Cualquiera sea su celo por las buenas obras, así como la piedad de su lenguaje, no anda en el Espíritu.

Aun cuando esta primera condición para ser guiado por el Espíritu fuese cumplida, no será siempre fácil discernir esta dirección. El apóstol Pablo, tan fiel en su andar, constituye un ejemplo patente de esto (Hechos 16:6-12). Pensaba que el camino de Dios lo llevaba a Asia, pero el Espíritu Santo le impidió ir allá; y cuando creía que su campo de actividad siguiente era Bitinia, el Espíritu no le permitió acudir a ese lugar. Por fin —sin duda Pablo había orado todo este tiempo para ser dirigido— un varón macedonio le rogó en una visión, diciendo: “Pasa a Macedonia y ayúdanos”. De eso concluyó que el Señor les había llamado allá, a él y a sus compañeros, para anunciarles el Evangelio. El Espíritu no quiere trasladarnos, a nosotros cristianos, de un campo a otro como unos peones, sino que quiere que estemos dirigidos por la Palabra de Dios (Salmo 32:8). No obstante, para esto hace falta conocer y entender sus pensamientos. Aquel que desea dejarse dirigir por el Espíritu en todas las cosas vivirá experiencias maravillosas.

Servir por el Espíritu de Dios

Durante una fiesta, Jesús alzó la voz, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él” (Juan 7:37-39).

Esta voz resuena aún hoy en día. Todo aquel que viene a Jesús y lo recibe por la fe, puede disfrutar de las bendiciones fundadas en su muerte y su glorificación que el Espíritu Santo presenta sin cesar delante de los creyentes. Sólo Jesús puede apaciguar las necesidades del corazón del hombre.

El llamamiento del Señor: “Venga a mí y beba” se nos repite incansablemente a nosotros los creyentes. El que cree, ríos de agua viva correrán de su interior. Para eso se necesita el poder del Espíritu que mora en nosotros. Puede alimentar nuestro corazón por el conocimiento de la persona de Cristo, y de esta manera inclinar nuestro espíritu para producir en él el deseo y la necesidad de comunicar a otros las bendiciones recibidas.

Es el secreto y la fuente de todo verdadero servicio para el Señor entre los hombres. Dondequiera que estemos, quienesquiera que seamos, ya sea que hayamos recibido un solo talento o cinco, de nuestro interior pueden correr ríos, dice el Señor.

 

  • 1N. del E.: Esta expresión “otro Consolador” está tomada de Juan 14:16, y es importante como prueba de la personalidad distintiva del Espíritu, puesto que el empleo de un pronombre personal en relación con él —“otro”—, lo compara con la persona misma del Señor. “Otro” Consolador, aparte del Señor mismo en la tierra, de modo que, si el Señor tiene su propia personalidad, se puede deducir que el Espíritu también la tiene.